sábado, julio 31, 2004

El pedigüeño de libros


El gato.


Ven, bello gato, ven, amansa mis enojos,
por un momento esconde las uñas de tu pata
y deja que me hunda en tus bellos ojos
mezcla de metal y de ágata.


Cuando mi mano acaricia
tu lomo elástico y tu cabeza,
y siente la profunda delicia
que hay en tu eléctrica pereza,

a mi amante parece que aguardo.
Su mirar es, ¡oh bestia amada!,
profundo y frío como un dardo.

Y desde la cabeza a los pies
un aire sutil ella es,
una nocturna enjcrucijada.


Charles Baudelaire en "Spleen e ideal" XXXIV, libro primero, por así decir, de "Les fleurs du mal" (1857). Admirador de los para él, misteriosos y seráficos gatos, Baudelaire vuelve a ellos en LI y LXVI del mismo libro. Autor triste y cansino, decadente y parnasiano, enfermizo y sin embargo formalmente exquisito, atina definitivamente con el titulo, puesto que "spleen" viene a dar significado a la melancolía irredenta y al tedio de la vida. Con todo, "Las flores del mal" es un libro, para mi presurrealista, lleno de imágenes con una tensión desbordante. Una celebración -sin la manía repetitiva de otros poetas- depurada del estilo...


RECORDANDO UN CLASICO DE LA BIBLIOFILIA:

Menciono arriba a un gato porque con el mío estoy. Solos y llenos de polvo los dos, con ese entendimiento oblicuo que nos une y caracteriza. Acabo de sacarle del transportin (Don Gato nunca se queda solo en casa, es de la familia y con ella viaja) en el que le he traído, y, enfurruñado, me trata como a un apestado. Ya se le pasara. Estamos en cuarto umbrío en el que el polvo hace equilibrios sobre los rayos de sol que la distancia difumina. Yo, desprecinto cajas a la caza de un índice de consulta de los catálogos de los bibliofilos Salvá y Heredia. Don Gato, mucho más avisado que yo, enreda con los cordeles que voy apartando o se introduce, sin pudor y con alborozo y ganas de joder, en las cajas que abro para husmearlo todo. No se si encontrare lo que busco antes de cansarme y dejarlo. Para esta posada lo mismo da, que, en tanto doy golletazo a la segunda parte sobre Troya que os he prometido, voy a poneros, a la par que me zampo unos bocadillos y me tomo unas cervezas, el contenido de un opúsculo que he encontrado.

Salud y a disfrutarlo:


El pedigüeño de libros
(Pesadilla al estilo de Goya)

Periit fides et ablata
est de ore eorun.
JEREMIAS VII

Oh el cargante personaje, el triste perfil, el insecto fantástico que tenemos que bosquejar! Azote del literato, parásito del librero y del artista, demonio encarnizado del bibliófilo, pretendiente vil y rastreo. Tartufo meloso y bribón, verdadera plaga de Egipto, el pedigüeño de libros se desliza por todas partes, violenta las puertas mejor cerradas, parece poseer el terrible don de la ubicuidad y, como un espectro de antiguas leyendas, aparece, importuna y aterra.

Prendámosle sólidamente con alfileres sobre un trozo de corcho, y procuremos analizar este monstruo así clavado en la picota.

¿De dónde viene? Nadie lo sabe. Muchas veces es un hombre fracasado, que después de matar sus ilusiones en los ángulos más duros de la realidad, se despertó un día en su horrorosa encarnación de literato mendicante. Escritor desengañado o poeta de mala fortuna, su juventud, como restos de la medianía, fue un poco traqueteada en todos los bajos fondos de la bohemia; el éxito le sonrió falsamente en sus primeros pasos, la Gloria fue una mojigata con él; no cosechó más que terribles ortigas en el camino literario. Entonces, no sintiéndose con fuerza para luchar, con las manos llenas de sangre, las uñas gastadas y el corazón lleno de hiel, sintiendo todavia en el alma las huellas de la Belleza, juró vengarse y, no pudiendo llegar a ser amo, se hizo criado.

¡Qué bien discurrió su venganza! ¡Con qué sentido depravado y con qué refinamiento de crueldad maduró el plan! A la sociedad que se manifestó como una mala madre con él, la hostigará sin cesar hasta hacerla restituir por fuerza lo que le quitó; si los hombres de talento cogieron su sitio al sol, él mendigará sus obras; si los libreros no admitieron sus volúmenes, ya les despojará de los libros de los demás; en resumen, que era un cordero y ahora será un gato con uñas enguantadas. Si no supo hacerse valer como artista, será el amigo de los artistas, y cada uno de ellos llegará a ser su Mecenas.

Para conseguir su propósito, ¡qué bien ha estudiado a los hombres el pérfido! Disimula sus amarguras bajo las apariencias más hipócritas; sabiendo que nada resiste a la adulación, es la adulación la que ha llegado a ser su arma y con qué habilidad se aprovecha de ella. Si escribe para mendigar, sabe servirse con un tacto extraordinario del «Querido Maestro», «Excelente compañero», «Ilustre colega» y «Bibliófilo erudito»; dice que está ligado a algunas revistas de provincias bien desconocidas, y se proclama, en todo y sobre todo, fanático de la Belleza, entonando el elogio del destinatario de su carta.

Su estilo es una maravilla. El abominable adulador ha compuesto, para su uso particular, una paleta refulgente de adjetivos almibarados, emolientes, untuosos, bien saturados de perfumes. Los tonos más finos, los más ardientes, los más seductores están graduados con una ciencia y una armonia en las alabanzas rastreras, que no puede uno dejar de admirar. Después de haber colocado un sustantivo referente a su objetivo, parece guiar la pluma sobre su paleta a la rebusca de un epiteto bien sentido, y extrae de su gama vocablos halagadores y mimosos, un «divino», un «admirable», un «sublime», un «erudito», un «sapientisimo», cuyo efecto sensible y persuasivo es infalifle.

Sus cartas son obras maestras de emoción y de simpatía; todo está apuntalado, combinado y sostenido por un sentimiento tan bien repintado que nadie puede resistírsele.

El Don Juan del Molière no puso nunca tanto interés por la familia del señor Dimanche como el pedigüeño de libros lo pone de manifiesto para el éxito sobre su víctima. El autor o el editor ya no saben decir que no ...

«Y el zorro ha vuelto a engañar al cuervo».

¡ Que táctica en sus visitas! Ha evaluado el «modus vivendi» del que quiere aprovecharse; conoce su vida hora por hora, minuto por minuto, y mejor que el portero de la casa. ¿Que le niegan la entrada? Vuelve tres veces, cinco veces, diez veces, si es preciso; sus pretensiones son inflexibles como el Destino. Al saltar de la cama, o, más bien, en el momento en que la digestión nos vuelve indulgentes y tratables, es cuando sabe impresionar a la gente. Vedle: LLama discretamente, da su nombre, manifiesta sus escasas cualidades y se adelanta con la mano extendida y pronta a cordiales presiones; el rostro está cariñosamente iluminado por una suave solicitud, la mirada es admirativa, los labios sonrientes modulan el « Querido Maestro» obligatorio; espera un asiento, y ya la pesadilla acaba de elegir domicilio en casa del paciente. La petición va a principar. ¡Ah, el horrible Proteo! Cómo sabe envolver, pasar de lo serio a lo suave, de lo divertido a lo severo. Sua res agitur! ¡Qué diluvio de entusiasmo derrama sobre el dueño y su talento, sus libros y su buen gusto!. Aunque estuviera en una buhardilla ensalzaría todos los muebles; está obligado a extasiarse por un silla de paja, y tiene alabanzas de todas clases; es un farsante consumado.

A la menor palabra que roza el ingenio se asombra como Armande, Belise y Philaminte a la vez, con la audición de los versos de Trissotin... El mismo es un Trissotin, un asqueroso Trissotin... un Trissotin y un Bazile a un tiempo.

¡Qué fuerza de imaginación la que despliega! Cita las mas raras ediciones, habla con ternura de las obras maestras del arte tipográfico, derrama lágrimas de cocodrilo por los infortunios de nuestras Bibliotecas públicas; en una palabra, habla de todo y sobre todo, hasta se atreve a hablar de su buena suerte en los muelles...(1), ¡de su buena suerte..., él, el patán! Y vuelve al fin, con hábiles circunloquios, al libro que implora.

No puede estarse quieto. Le es preciso, cueste lo que cueste, calmar el corazón que late apresuradamente en alabanzas disolventes.

«Ah, permítame ustéd, ¿qué veo allí en el estante de su biblioteca, Dios mio! ¡Qué joya tan encantadora!»

Y hele aquí de pie, que examina, escudriña y pasa con cariño sus manos por estos libros que codicia y que robaría si pudiera.

¡Oh, el volumen rarísimo, la admirable encuadernación! ¡Qué magnifico retrato! Estas rarezas -exclama con pasión- han debido costarle, querido señor, muchas pesquisas y mucho trabajo. Y le ha sido necesario un buen gusto y unos conocimientos asombrosos para colecccionar semejantes maravillas.

No agota sus palabras lisonjeras y lanza su último golpe, pero también el propietario se da importancia, cabecea y muestra un agradable gesto. Su generosidad va a desplegarse. ¿Es que la roca ya vacilantre va a ceder al fin?

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Cuando sale provisto de su presa , parece tan altivo, tan radiante, tan alegre, que nos entran deseos de perdonarle.

Es uno de los amantes del libro, pero un amante brutal y casi criminal, que viola lo que ama sin esperar que lo que ama se entregue a él; es vil y despreciable cuando debería estar orgulloso y llevar alta la frente como todo verdadero bibliófilo. En una palabra, mendiga cuando debiera esperar, y bastante a manudo, por desgracia, la miseria le acecha al paso para quitarle todos sus libros uno a uno al liquidarlos a bajo precio.

¡Qué arrastrada existencia la de este desdichado! Criado de todos, pordiosea en las librerías como los pobres a la puerta de los grandes restaurantes, oculta las uñas cuando quiere arañar, se humilla ante los jóvenes aunque quizá empiece a tener canas, y verdadero judio errante a la caza de todas las novedades, no conoce el cansancio y se presenta por todas partes, anda sin cesar y parece inmortal, ya que los hombres de talento le han encontrado como un fantasma viviente en todas las etapas de su gloria.

Bibliófilos, hermanos nuestros, no digáis que esto es inverosímil. El original existe y tirado, por desgracia, en ediciones demasiado numerosas. Mirad en torno vuestro al margen de la vida; le veréis cumpliendo su sacerdocio con más rabia que pasión. Mirad ese señor atareado que corre no se sabe adónde; sus bolsillos abiertos están atiborrados como la cesta de una criada y contienen todo un mundo: Libros, aguafuertes, grabados, fotografias. No es un bibliómano, es el «Hombre rojo» de los bibliófilos, es el pedigüeño de libros que pasa.

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Un detalle para terminar este esbozo trazado a la ligera: El pedigüeño de libros, cuando consigue que le editen un volumen, sabe las bajezas que le han costado los de los demás... Y no da ninguno a nadie.


(1) N. del T.- El autor se refiere a los muelles del Sena, en París, donde hay innumerables puestos de libros.


OCTAVE UZANNE.
Traducción de Ramón García-Diego.


Derrotas:

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F. Gabriel Fuenzalida
CONACULTA
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Les amateurs de Remy De Gourmont
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Venga, a cuidarse y a aplicar el cuento.





Publicadas por Don Gaiferos a la/s 6:48 p. m. |  
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miércoles, junio 09, 2004

Gente de la Hélade

(Oda a los falsos)

Vosotros los ruines, los mediocres,
los que tenéis el alma carcomida
por los siete pecados capitales,
sois dignos de este cuento.

En vuestras voces huecas resplandece
el vinagre esquelético y mugriento
de un mísero betún de gasa fría
para la piel esquiva del gusano.

Sois muertos sin nacer al sol radiante,
hijos de nadie, padres sin especie,
sombras sin apariencia, humo en polvo,
desolados fantasmas sin sonido.

Por vosotros la tierra está podrida
del mineral estéril de la baba
que va pringando el aire más reciente
con su humedad de corcho renegado.

Por vosotros la sangre se desgarra
y se envenena el beso de la espiga
y la ceniza puebla las ciudades
donde el fuego y el pájaro enmudecen.

Por vosotros, fachadas sin figura,
cuerpos sin fondo, almas sin espíritu,
se desmorona el mundo paso a paso.
escombro arruinado en la mentira.

Sois dignos de ocupar un trono hueco,
un reinado polar de ciego frío,
un espacio mortal de indiferencia
donde nadie recuerde vuestros nombres.


Manuel Molina en «Versos en la calle», Alicante, 1955.


Entre los que cambian de opinión también anda el Señor.

Escribía una cosa que titularé “El ángulo no pude trisecarse pero él no lo sabe”, cuando mi vecina me dió una voz por la ventana. Me asomo. Esta recogiendo unas chinelas verdes con pompones dorados y me pide que me pase por su casa. Mi vecina se llama Lore, tiene cerca de ochenta años, es notoriamente sorda y vive sola. Son las once de la mañana y el gato sestea sobre una caja con especies vegetales que he recolectado en la última correría campestre. La puerta de Lore está abierta, entro e, instintivamente, abro la boca para que mis pobres capricho va rotando. Bueno, como lo hace de mañana, bien puedo considerar que hay peores castigos vecinales. No la veo, así que apago el vídeo y me tomo la molestia de buscarla; está en el dormitorio, intentando sacar con la cacha algo de debajo de la cama. Me echo cuerpo a tierra y observo que se trata de un puto caramelo. Cuando se lo entrego y mientras protesto, alto y claro, ella acerca la oreja pero no se entera de nada. Es como si le hablara desde la Luna. Las conversaciones que sostengo con mi vecina son demenciales: no aptas para cardíacos, como apunta a menudo mi esposa. En realidad de tantos guiños y visajes como hago salgo de su casa con dolores en la cara. Loren es tan menuda que creo poder abarcarla con una mano, huele a maquillaje rancio, luce una redecilla que le cubre el cabello, largo, ralo y de color indefinido, va descalza y lleva sobre los hombros una "cosa" disparatada que me retrotrae a una película muda de los alegres años veinte. Como me hace sentar y me regala con un puro y una cerveza se que va a pedirme algo. Así es, que no acabo de quitar un libro* de la butaca para sentarme, cuando Lore me mete una nota por los ojos. Entonces se la va el oremus y empieza a hablarme en alemán, porque desde 1950 y hasta que se jubiló, Lore trabajo sin interrupción en una imprenta de Maguncia, lo cual se deja ver en las magnificas traducciones** de artículos que, cuando se lo pido, me hace. Esta vez quiere que, si salgo (de sobra sabe que lo haré), cobre un cheque; pague un par de menudencias que tiene pendientes; compre comida para Piolin y Pertur , sus atronadores canarios; recoja un edredón de la lavandería, selle un boleto de la loto y coja un aerosol*** en la farmacia. Tareas como estas las suelen hacer mis hijos, pero resulta que hoy están a lo suyo, ocupados en asuntos que me son del todo extraños. Al irme pongo el vídeo en marcha y observo que reproduce una de sus películas favoritas, una que de tantas visitas como hago a su casa reconozco con los ojos cerrados.

En la pantalla una gachí denguera con nombre melosamente silvestre sufre como un alifafe y lloriquea por no se que mariconada. Es una película interminable, de mucha guerra y muchos negros que curran un huevo, encienden hogueras y cantan y bailan a su alrededor por no llorar o descrismar a alguien. Si colegas, esa en la que también sale un pisaverde muy corrido, vamos, un rompebragas con bigote como procesión de hormigas y orejas de velero. También hay una zurrona (me parece que la protagonista) encoñada hasta no más con una parcela muy grande que antes de un incendio se ve que había sido de su padre, que era un gordo que trabajaba mucho y no se sabe como podía con tanto: los lunes cogía el hombre una turca; los martes, una mona; los miércoles, una jumera; los jueves, una tranca; los viernes, una papalina; los sábados, una tajada; y los domingos, como era irlandés e iba a misa, antes una moscorra, y, después, como penitencia, un tablón de mucho peso. Acordaos, hombre, que la pindonga protagonista, va de barragana sacramentada de muchos tíos; primero, por despecho de amores, con un mierda medio tísico que va a la guerra y a los cuatro días las palma de una cagalera. De la pájara esta, está enamorado el de las orejas grandes, pero ella ni puto caso, puesto que pone varas al marido de Melania, la del nombre asilvestrado que dije antes, que es un calzonazos y un pichafloja y vive en las putas nubes. Pues bien, resulta que la golfa esta se casa después con un memo que era novio de su hermana y era tendero y tenia dinero, pero poco. Al cagalaolla este le matan por hacerse de una banda de subnormales que se ponían una sabana por encima y salían por ahí a putear negros: cortarles los huevos, sacarles los ojos, quemarles el ojete, colgarles y naderías de esas. Para entonces me parece que vivía en la ciudad, en casa de una parienta que era muy relamida y estaba como una puta chota. A estas alturas de la película es cuando sale la única mujer con buen corazón de toda esta mierda: una que tenía una casa de putas y era amigueta del orejudo. Luego viene lo mejor, cuando la zorra, para salvar la finca, que tenia una higuera, o lo que fuera, bajo la que un día juro comer en adelante tortilla de patata, jamón, pollo y cosas buenas de esas, pretende casarse con el de las orejas, que me parece tenia un montón de pasta. No estoy muy seguro, pero me parece que en principio él no acepta. Ah, se me olvidaba, en la peli también sale una negra muy gorda que tenía dengue, llevaba faldas tiesas como la uralita y hacia pijadas con los ojos. Pero lo que mas me gusta es cuando parece que va a morir la Melania esa, creo que por olvido, porque el médico la había dicho que no debía follar, y ella no le hizo caso o se olvido. Recuerdo que las pasó muy putas y quedo muy jodida cuando dio a luz, e iba recién parida en un carro por entre las llamas del incendio ese que os dije con el de las orejas, la tusona y una negra que no valía un pijo y lloraba mucho y era tonta del culo porque tenia miedo a las moscas y a las vacas, cuando el orejudo, que en realidad era un tío cojonudo (irónico, enérgico, práctico, tolerante, desencantado...), harto de la compañía, se inventa una bola inverosímil y, al llegar a un puente, echa al trío de lelas a tomar por el culo. Luego me parece que es cuando la maturranga (en puridad la peli es un catálogo impagable de damiselas nauseabundas, remilgadas, meapilas, vanidosas e hipócritas; la única que sale bien parada es, como antes dije, Belle, la amiga del soplilludo) de las narices llega a la finca, y, a falta de negros a los que desangrar, se hace con una cuerda de míseros prisioneros de guerra. Deben de pasar muchas más cosas, pero como veo la película a saltos, únicamente recuerdo a la pilingui bebiendo Chanel para que el orejudo no se percatara de que, a hurtadillas, se bebía hasta el agua de los charcos.

*(Libro).- Por curiosidad, únicamente por curiosidad, he vuelto a casa de Lore para rescatar el título. Como la portada era bastante llamativa no he tenido problemas para encontrarle a la primera. Es este:
Anger (Kenneth).- «HOLLYWOOD BABILONIA».- colección andanzas, TUSQUETS EDITORES, 6ª edición. Barcelona 1987. Traducción de Jorge Fiestas.

**(Traducciones).- Sobra decir que la mayoría de las cosa que me ha traducido son artículos técnicos a los que, por trabajar donde trabajo durante tantos años, no les sobra ni falta absolutamente nada. En realidad ha compuesto y revisado más libros técnicos de los que yo pueda leer en la vida. Si la enjuicio como excelente traductora es porque, dándole en mano, un articulo original de Günther Grass y su paredro en castellano, ha sabido extraer del original alemán matices que al traductor español le han debido de traen al fresco. Servidor, lector del "espeso" Grass, puede recomendar en castellano: “El tambor de hojalata”; “El gato y el ratón”; “Años de guerra”; “Anestesia local”; “Diario de un cazador”; “El rodaballo”, mi favorita; “Partos mentales” y “La ratesa”.

***(Aerosol).- Para que no queden dudas voy a diferenciar algunos términos utilizados en farmacia, que es lo mismo que decir en terapia respiratoria.
Aerosol.- Suspensión de partículas finas de un agregado (líquido o sólido) en una atmósfera de gas.
Atomizador.- Generador de aerosoles dispuesto para producir una pulverización, cuyas partículas, dentro de las especificaciones de su propia construcción, no tengan tamaño constante.
Nebulizador.- Generador de aerosoles diseñado para producir partículas con tamaño dentro de la gama terapéutica, a fin de que se depositen en las vías aéreas.
Humidificador.- Mierdecilla usada para aumentar la cantidad de vapor de agua presente en el aire. La mayoría de los que se ofertan son una auténtica puta mierda. Para humidificar una habitación no hay nada mejor que fregarla con la fregona poco escurrida. Los demás recursos no los cuento porque siendo tan simples suenan a estúpidos.
Hospitalariamente podríamos citar suministradores de oxígeno, cánulas, catéteres, mascarillas, etc. Ah, por cierto, coger un libro de física y repasar el "efecto venturi".


Sin gran cosa que hacer, una vez realizados sin pena ni gloria los encargos encomendados, eché un rato con un par de amigos y me dirigí a la Estación de Autobuses, atestada a esa hora de viajeros, vividores de medio pelo, buscarruidos y mercachifles del Africa Subsahariana. Por el fétido túnel de entrada, sito en un edificio mas digno de la piqueta que de cualquier alabanza, los pasajeros arrastran maletas y bolsas a las que un par de policías no quitan ojo de encima. Una rumana con un crío a caballo sobre la cadera me pide dinero; la doy unos céntimos e inmediatamente les ingresa en el trasero del muchacho. "Cosas veredes, Sancho". Un tipo con una pata de palo pretende venderme una ristra de ajos. Una falange de escolares hinchan a pulmón un globo con forma de dinosaurio grande como un caballo. En la dársena central flota un fuerte olor a combustible; llega un autocar y el conductor me hace una seña inconfundible. En el bar un tipo con un acordeón a las espaldas se trinca una cerveza de un trago, en tanto observa a una gorda que abronca a su teléfono móvil. Me coloco frente a la plancha y doy un par de codazos para hacer sitio a mi amigo que, en ese momento, entra con un paquete que debe entregarme en la mano. Los conductores de autobuses son un servicio de mensajería excelente. Al poco, cuando salgo a la calle, observo que en la marquesina del bus urbano han colocado un par de carteles que aluden a una película sobre la guerra de Troya.

O sea, que dejo de lado y sin mucho esfuerzoEl bobo, el gallo, el parapsicólogo y la botella de mezcal”, la posada que pensaba ofreceros, y cine e historia habemus.


«Beware of Greeks bearing gifts»

Esto de la guerra de Troya fue cosa de los señores griegos. De unos señores griegos muy antiguos. Para mi quien mejor cuenta las hechizantes aventuras de esta cuadrilla panteísta de descerebrados no es Hesíodo, ni Apolonio de Rodas, ni Esquilo, ni Homero, ni Pindaro..., sino Cunqueiro, don Alvaro. Pero es que a Cunqueiro yo me lo imagino sin esfuerzo con burras zamoranas (1) de reata, pregonando quincallería en Itaca, tratando con monseñor Ulises y vendiéndole, de tapadillo, un "ciprianillo" en el que viene el método para conservar por siempre el mosto sin sodomía. Claro, servidor de ustedes tiene a Cunqueiro por maestro y escritor de cabecera. Siendo así a nadie extrañe que, por puro gusto, tome uno de sus libros entre las manos (LAS MOCEDADES DE ULISES, en este caso), vaya al índice onomástico, tome al azar a uno de los protagonistas y copie el resumen que de el se hace.

CORREDOR DE MEDIA LEGUA VALLAS (EL).- Saltaba de una nave en una comedia que se representó en Esmirna. La joven Felisa se enamoraba de él, porque al margen de su papel había puesto el autor la nota que mandaba «un pronto de asombro». Era callado, como suelen serlo los atletas, y cuando hablaba era para explicar que tomaba la valla con un quinto de ladeo, según el arte olímpico antiguo, preferido por Apolo y el centauro Quirón, maestro de Aquiles, aunque este último haya sobresalido solamente en la legua militar con obstáculos, pese a la alta escuela. Le birló la Felisa a un pregonero de edictos imperiales llamado don Silvino, viudo que sacaba un sobresueldo con una parada que tenía, con garañón calabrés, Patroclo por buen nombre.

En fin, una pirada de olla como tantas que tengo. Vayamos pues a Troya y a los troyanos, que son, que servidor sepa, nombres de homérica ciudad; de hotel de medio pelo con conseguidores que tiran a maricas; de nigs clubs con carne importada; de buenos puros habanos; de estudiantil casa compostelana; de velero; de puta, algo coja ella, que perdió su muelle estampa en el Papagayo; de publicación arqueológica; de asteroides que rumbean a machacamartillo sobre los puntos lagrangianos, de juego infantil, y de variopintos y publicitados condones.Troya se llamaba también una galga canela en rama que tuvo mi hermano.


De la utilidad histórica de algunos poemas.

No caeré en la trampa de especular sobre si Homero es, o no, el autor de la Iliada y la Odisea, las fuentes antiguas le asignaron de manera unánime su autoria y para mi otra cosa no importa. Bien podemos decir, sin embargo, que si Homero bebió de otras fuentes aun más lejanas, no se limitó solo a transcribir un par de leyendas existentes, sino que las coge y las reelabora con un nuevo espíritu épico, acaso fruto de su determinación de conferirlas de mayor fuerza dramática. Es el ubicuo Herodoto quien esparce la especie de que Homero vivió a mediados del siglo IX a. de C., aunque hoy día se considera, perfectamente lícito, rebajar la fecha hacia finales del siglo VIII a. de C. Tanto da. Por lo que se refiere al lugar de su nacimiento siete ciudades* inscritas en el círculo de la cultura jonia de Asia Menor o islas adyacentes se disputan el honor, aunque la tradición, terca como ella sola y en base a detalles sobre su vida seguramente ficticios, coloca a Homero en Esmirna o Quios. Fue en esta ultima isla del Egeo donde los Homéridas (descendientes de Homero), que se declaraban recitadores con conocimientos especiales, estuvieron posteriormente establecidos. La leyenda nos lo presenta viejo, ciego, vagabundo y mendigo, recitando sus poemas de ciudad en ciudad, a la manera de los rapsodas descritos en el “Himno a Apolo” a él atribuido. Además de la Ilíada y la Odisea, los antiguos le atribuían los Himnos homéricos, la Batracomiomaquia, pieza épico-cómico, y otros poemas. Homero describe con verdad (refleja hechos, costumbres, creencias, y técnicas de parte o todo el período comprendido entre los siglos XII al VII a. de C.), fuerza dramática y gracia todos los sentimientos y pasiones humanas, de ahí que su poesía trascienda de lo individual y particular a lo universal.

*(Ciudades).- Atenas, Argo, Quío, Colofone, Rodas, Salamina y Esmirna.


De aquellas inspiradoras señoras de la Hélade.

Es tiempo de asentar fiero los pies sobre el albero, desempolvar unos cuantos libros, subrayar, anotar, componer la figura y citar, con gallardía y empeño de muerte, al difícil morlaco troyano. ¡Eh..., caballo!

No creo yo que la guerra de Troya la desatara ningún lío de faldas. Que bobada, como si a los señores griegos les importara un pimiento una chuminada menor de este carácter. Hablamos de tiempos y de sociedades en los que capturar doncellas para esclavas o madres estaba al orden del día. Era, digámoslo así, una consecuencia de aquellas primitivas guerras y del pillaje que las seguía. Es más, no eran pocos los pueblos que debían su subsistencia al resultado positivo de estas razzias. Recordemos que el "ligoteo" por rapto consistía en tomar por la fuerza a la mujer sin su consentimiento o el de sus allegados. Esto ultimo es importante porque viene a colocar a la mujer como moneda de cambio. Es aquella una época en la que las mujeres casadas y sus hijas estaban obligadas a permanecer en unas habitaciones aisladas de la casa llamadas gynacontis. Allí, excluidas de todo trato social con extraños, pasaban la vida dedicadas a lo que eufemísticamente podemos llamar tareas domésticas. Las viudas, por su parte, estaban bajo la custodia del pariente más cercano, y estaban jurídicamente incapacitadas para tomar esposo. Para muestra un botón. En la Odisea anda Penelope de palique con un montón de invitados, se apercibe su hijo Telémaco de ello, la toma del brazo y en un aparte la espeta: «Marcha a casa, y atiende allí los quehaceres domésticos. A la rueca y al telar, vigila a los sirvientes para que estén prestos. Distribúyeles tareas. Que la charla es el privilegio de los hombres, y este privilegio es especialmente mío, ya que soy el señor de la casa» Esto del rapto de Helena, sospecho, es cosa que se invento Homero para que el cuento le quedara redondo. Otro tanto hace, por ejemplo, cuando mencionando el uso de dos metales, el bronce y el hierro, asevera que el primero de ellos se utilizaba en la manufactura de armas, y el segundo para la fabricación de aperos agrícolas. Que melonada sin visos de realidad. La imagen es una ocurrencia del poeta para dotar a la guerra de cierto arcaísmo y virilidad épica.

De Geografias y Heroes Tronisonantes.

Si tanta lectura apresurada no me ha reblandecido el cerebro y desnortado, he aquí, a mi modo, lo que sobre Troya nos ha regalado Homero:

Troya era una ciudad del Asia Menor, rica y poderosa, cuyo rey, Priamo, tenía cincuenta hijos: al más valiente le habian sacado de pila como Hector; Paris era el más rechulo y guapo (Un día que estaba el tío apacentando sus rebaños en el monte, tres diosas presumidas y mangantonas: Hera, Atenea y Afrodita, fueron a pedirle que decidiera cual de la tres merecia ceñir la banda de mis Olimpo; Paris eligió a Afrodita, diosa de los cuernos y del amor, y, desde entonces, las despechadas Hera y Atenea fueron enemigas juradas de los troyanos) y, como vageaba un tanto, encargole el padre que cruzara el Egeo y se llegara a Esparta en misión diplomatica. Allí con su compostura y hermosa flauta de un agujero solo seduce a Helena, esposa de Menelao, rey de Esparta, boquirrubia muy dada a los raptos, pues ya lo habia sido por un argonauta de mucho mérito al que los libros nombran Teseo. A esta Helena, que murió ahorcada y por geometría por orden de su pariente Polixo, la imagino con los pechos firmes y altos, vistiendo descocadas sedas y con el pelo miel de romero y largo. Los ojos los tendría verdes y una pizca miopes y estrábicos, como es preceptivo en toda femme fatal que pretenda salir en una epopeya. La voz la tenía aniñada y hablaba por la ce, que de angel adolescente tomó los gestos, el énfasis y el acento de un escritor tartésico de vodeviles que, desterrado, corría señorios enseñando señales amorosas con pañuelo. Doña Helena era señora ilustrada. Todos coinciden en decir que era buena guisandera: De mi amiga Silvina Italianisca, confitera y maestra de tisanas del Dux de Venecia que fue, y tia de un tal Facundo "Oculoveritas", que tenía la virtud de ver el mundo sin mácula y con limpio asombro, supo del punto de la yerba mate amarga y sin tropezones al modo de la escuela de llaneros australes; brebaje que de mañana y con resaca, apreciaba de veras don Agamenón, conspicuo tirador de porrón que fue. Por el Dioscorides igual curaba lobanillos que aderezaba caracoles. Las sopas afrodisíacas, mayormente causa de sus raptos, las hacía por un libro de monseñor Perucho que la donara un estilita de Congosto al que en un pradillo que en Creta mirara a la mar de Libia, quitara la concupiscencia y las hambres. Don Andreu de Mallén, otro amigo mio que andaba con una compañia itinerante enseñando al señor Euclides por comedia atica, diola por cordenadas el arte para que las pitas pusieran huevos de dos yemas. Este don Andreu, ecónomo del gremio de artes y espectáculos del pais de Oc que fue, tuvo café-cantante en Béziers, entre el Hospital de Cuadrúpedos y la corsetería la Parisien. La Bailabotes de Changai, de fina piel citrina, arbolada como gracil goleta, hasta la cintura su pelo antracita, de tobillo fino, a la manera rubensiana jamona, bulliciosa y de mirar risueño, viuda de un artillero de cubierta que navegó con Simbad, probado está por el "Libro de Amenidades de Languedoc", que dejara inconcluso monsieur Rabelais, natural de Chinon, un lugar de Turena donde se tenia por costumbre destetar a los infantes con malvasia (2), era quién ponía lujuria y alegria en aquel bendito lugar: acratón, tan mundano como amable, foro por regüeldo de los cuatro puntos cardinales. Arruináronle el negocio los papistas que iban, a salario de fuego y sangre, con la partida del capitán Mirepoix, cuando sin Dios ni honor entraron en la villa para descogollar a cataros y empalar a liberales. Huido al reino de Aragón y encaramado a lo alto de un peral del Piceno, donde tentaba las frutas más soleadas, apareciósele nuestro señor Trimegisto, que, tronante e imperativo, enviole a correr los meridianos mundiales enseñando de rayas y figuras. Se sabe también que el cojo Cirdan, alto, nervudo, rostro de cuchillo, leyonense que tuvo en la calle de los hispanos de Constantinopla academia de doma de batalla por falange macedonica, y quedara estragado del remo de estribor, que es palanca con la que los diestros encabalgan, enseñola una noche vinosa a bailar la peonza de sonajas con los pies, que era maña que enseñara al emérito domador el abate Monflorite, yendo con don Tristan pelegrino a Compostela. Por doña Lulu de Sousa, lencera de palacio, puedo aseverar que de dedal y tijeras doña Helena aprendió forzada, pues siendo su dueño y señor tan meón como tacaño, con muchas martingalas de mérito hubo de aderezarle las calzas de gala y de diario...

Lian don Paris y doña Helena el petate, cogen de tapadillo un transbordador y huyen a Troya. Menelao, el burlado, echando muy de menos las caballas con salsa de hinojo (3) que por cuaresma la fugada le preparara, exige mucha y cruel venganza. A pachas con su hermano Agamenón, rey de Micenas y Argos, organiza una coalición militar en la que participan reyezuelos (4) de toda Grecia. Por mor de su condición de héroes participan tambien en la misma el valiente Aquiles, discípulo que fue de don Quirón centauro, que lo alimentaba con tuétano de animales feroces; Ulises, el ingenioso rey de Itaca, que al acabar la guerra y cuando regresaba a casa se perdió en los mares por tener libro propio; Ayax el hijo de Oileo, un casta que ofendia a dioses y diosas y se pasaba sus amenazas por el forro de los cojones; Ayax el hijo de Telamón, que fue quién disputó con Ulises las armas de Aquiles; Diomedes, el tipo más valiente que los siglos vieran, y quien evito que Agamenón, desalentado, levantara el sitio de Troya; el cretense Idomeneo, que puso en el envite cuarenta naves; Filoctetes, el fetido tirador de arco que matara a Paris; Nestor, el "caballero gerenio", como le nombra Homero, viejo ya durante la contienda troyana, pero tan sabio y prudente que sus consejos eran admitidos a ciegas por los griegos... En estas, Agamenón, que era un puto zote y se creia a pie juntillas toda la mierda que los adivinos le soplaban al oido, para atraerse a los dioses sacrifica a su hija Ifigenia; aunque también se cuenta que en el momento del sacrificio, Artemisa la sustituyo por una cierva.

El asedio no fue de un día para otro, pues ante las imponentes murallas que a Troya defendian, duro por lo menos diez años. En el ultimo año (En realidad, la Iliada es un esfuerzo de 15.693 hexámetros en los que se narran los ultimos 51 días del asedio) , va Apolo -que era un dios enemigo de los crímenes y de la oscuridad- y envia una tremenda cagalera al campamento griego porque el fachendoso Agamenon, después del asalto a la ciudad de Lerneso, se había quedado como botín de guerra con Criseida, hija de Crises, sacerdote del susodicho dios. Con las pelotas por corbata Agamenon se la retituye a su padre, pero como no gustaba de la frialdad de catre sin crica, exige que Aquiles le ceda a su esclava Briseida, una sacerdotisa de Cilicia de la que en su día se habia apoderado. Entrega Aquiles la prenda de sus amores, pero tan colérico y perjudicado que manda a tomar por el culo a los coaligados y se retira del combate. Esta decisión es un contratiempo para los sitiadores, que se ven privados del concurso de la flor de los capitanes del mundo. Sin embargo, Aquiles consiente que su condiscípulo y amigo Patroclo, hijo del rey de Locria y de Stenele, acuda con su partida a la lucha. Mal hiciera, que el amigo de juventud fue herido por Euforbo y muerto por Héctor. Entonces, pese a la ojeriza que continuaba sintiendo por Agamenón, vuelve a la lucha y causa una terrible escabechina entre los troyanos. Luego se carga a Hector, mandamas del ejército troyano, amarra el cuerpo del héroe a su carro y no tiene otra ocurrencia que arrastrarlo alrededor de la ciudad sitiada. Despues es cuando Príamo, rey de Troya y padre del en coso aplaudido, solo y en noche sin luna, atraviesa el campamento griego, se llega hasta la tienda de Aquiles y le suplica que le entregue el cadaver de Héctor para darle digna sepultura. Aquiles no echa en saco roto la petición del vejete y le concede una tregua para que haya lugar a un funeral decente. Sitiadores y sitiados son héroes, mantienen su propio código de honor militar y, pese a enemistadas y venganzas, nada les cuesta ser con el enemigo generosos y bizarros. Poco después, atontado por las blancas redondeces de doña Polixena, hija de Príamo y hermana de Héctor y Paris, pide su mano. No estoy seguro de si hubo boda o no, pero por cierto tengo que en este alocado cortejar, fue cuando Paris, con un rebote del carajo por la muerte, ovación y vuelta al ruedo de su hermano, acaba con Aquiles de un flechazo en el calcañar, única zona deleterea de su mágica blindada anatomía. Filoctetes... Aquí un inciso que se me antoja importante: [Copio de un Diccionario de la Mitologia Mundial: FILOCTETES.- “Guerrero griego, hijo de Peón y compañero de Heracles. Estando éste a punto de morir, le ordenó que enterrase sus flechas, y le hizo jurar que nunca descubriría el lugar, dándole al mismo tiempo sus armas teñidas con la sangre de la Hidra. Sabiendo los griegos por el oráculo que no tomarían Troya sin las flechas de Heracles, persuadieron a Filoctetes para que las descubriera. Así lo hizo éste, y en castigo de su perjurio le sobrevino una terrible enfermedad, que hacía que emanase de sí un hedor terrible que, no pudiéndolo resistir los griegos, lo dejaron abandonado en la isla de Lemnos. Al morir Aquiles se vieron obligados por las necesidades de la guerra a acudir a él, y volvió a Troya, donde con sus flechas dio muerte a Paris, contribuyendo así a la caida de la ciudad. Impedido, por las tempestades, de regresar a su patria, fue a parar a Italia, donde fundó ciudades y construyo un templo a Apolo, al que brindó su arco”. Se dice que a su llegada a Calabria un tal Machaon le curó de su úlcera pestilente. Homero le describe como el más diestro tirador con arco de todos los griegos, y añade que mandaba siete naves que llevaban los de Metona, Taumacia, Meliboe y Olizon].

Filoctetes, decía, mata a Paris para no dejar en mal lugar al oráculo de Delfos ni joder la profecía. Con todo, las escaramuzas se suceden. Los dioses también andan a la greña: Zeus, Afrodita y Ares, apoyan a los troyanos; Hera y Atenea lo hacen con los griegos. Entonces pasa a ocupar el primer lugar de la escena monseñor Ulises, sol de Itaca la de los feraces veranos, bebedor de salitrosos vientos, flor de la elocuencia, hombre convidador y amigo de porqueros y juglares, que, a sugerencia de Palas Atenea, con quién tenia afinidad química, urde una añagaza para derrotar definitivamente a los señores troyanos. A tal fin, los griegos construyen un gigantesco caballo de madera, hueco, en cuyo interior se ocultaron los cien guerreros más garridos y valientes. Luego, fingiendo retirarse hacia sus naves, depositan el ingenio, cual tributo, a las puertas de la ciudadela. Los troyanos se tragan la píldora a excepción de Laoconte, Gran sacerdote de Apolo, que para nada quiere ver a aquella diabólica máquina intramuros de la ciudad; mas estando en la porfia, surgen del mar dos monstruosas serpientes que van flechadas a por sus hijos, Antifate y Tymbreo; acude él a socorrerlos y en un decir amén tambien es hecho albondiguillas y devorado. Entretanto los defensores de la ciudad derriban parte de las robustas murallas y meten el caballo dentro. Banquetes, cantos y bailes, sacrificios y alegria, enseñorean la ciudad. Llega la noche, los emboscados griegos salen malolientos y sudorosos de la panza del engendro, matan a la desprevenida ronda y dan señal por fuego a la flota, oculta tras un promontorio. Llegan a la carrera los emboscados y la ciudad es entregada al saqueo y al fuego; los hombres son degollados y sus mujeres e hijos convertidos en esclavos. Triste fin para la orgullosa perla de la Tróade: La rumbosa, la de las murallas insobornables.

Pero por fortuna no acaba aquí el cuento. El regreso de los vencedores a sus predios, cargados a rebosar de esclavos y trofeos, se prestó también a tantas incidencias que de el tomaron pie la «Odisea», regreso de Ulises, y la «Eneida», regreso de Eneas. Como se ve, y por hacer justicia, uno de cada bando. Ulises echó diez apasionantes años en llegar a la feliz Itaca (meta de todos los deseos humanos por antonomasia), donde le esperaba su esposa Penélope, destejiendo de noche lo que tejía de día por no verse obligada a casarse; su hijo Telémaco, deseoso de emular las hazañas paternas; su viejo padre, Laertes, que hacía años que se había retirado de la corte; Eumeo, su fiel porquerizo; su nodriza, que le reconoció por una cicatriz que tenia en la rodilla, y su can, su viejo can venteador, que murió de dolor al verle. Eneas, tras la debacle troyana, se hace a la mar con su padre Anquises, su hijo Ascanio, una arquilla con los dioses penates de su patria y otros troyanos. En las costas africanas, se encuentra con la reina Dido, aquella que engañara al rey Jarbas por geometria, a quién cuenta la destrucción de Troya. Eneas, siguiendo el dictado de Júpiter, abandona a Dido, de quien se había enamorado, provocando con el desplante el suicidio de la pava; luego funda Acesta en Sicilia y, tras siete años de dar por ahí el coñazo, llega al Lacio, donde casa con Lavinia, hija del rey Latino. Luego es cuando pone los cimientos de Roma y todas esas cosas.


Perded cuidado, que no deseo cansaros y aquí mismo doy golletazo a esta primera parte sobre Troya.


NOTAS:

(1).- Equus asinus de los latinos, Onagro de los antiguos, Koulan de los tártaros, Chulan de los calmucos, es considerado originario del Asia meridional. De la Arabia pasó a Egipto, extendiéndose después por lo restante de Africa, de donde con visos de certeza llego hasta nosotros. La duración del celo de las burras suele ser de cuarenta y ocho horas, tiempo el más conveniente para ser cubiertas por el garañon o por el caballo. Si no, hay que esperar ocho, quince y hasta treinta días para que vuelvan a entrar en celo. La preñez de la burra suele ser de 364 días, lo que es lo mismo que decir un año. Asnos he visto que salen escriturados en la Biblia, en los papeles de Aristóteles y en los de Diodoro; Julio Cesar también les cita, y Virgilio y Horacio. Plinio, el Viejo, les saca en su Historia natural, y en De re rustica, Julio Moderato Columela... Trajinaria el buen Cunqueiro con burras bien comidas y andarinas, las ancas bien desarrolladas, los corvejones robustos; de fea cara y recia grupa, su capa la tendrian negro sucio unas, rayando a bayo oscuro otras. Serian listas como el hambre todas, de temperamento vivo, de buen guiar, pero obstinadas, tercas y testarudas ante el castigo. Las guias de la recua esta probado que llevarian los nombres de Rosalia y Clavelina. Es gran pena que tan magnífico animal este casi extinguido en España. Ahora los asnos que quedan son mas de dos piernas que de cuatro patas. Estamos en elecciones, y ayer mismo vi, en la tele, dos monumentales asnos cargados de letras.


(2).- O puede, segun otros autores, que fueran quitados de mama con Blancos de Frontignan y Miravaux. También hay quien da, por probado, que era el destetante blanco de Anjou con unas gotas de Extracto de Quintaesencia; aunque los más sensatos no lo crean.


(3).- Imprescindible, dice el "Piscatus Jalandrorum Decretorum", una buena lumbre de rescoldos de carbón de leña, a la que se cubrirá con tupida manta de hinojo seco... Pero no nos adelantemos en recetarnos, aunque antes deseemos pescado de tercera que, ni aún de San Carlos, jirapliega de primera... De piezas mediadas de caballa, docena de fraile es lo que gastaba rey Menelao para tomar merienda. Cuenta Preste Juan, que túvole de prepuber, pupilo en su reino cristianisimo de India, que no cataba de este pez por verle de lomo azul y verde rayado de negro y vientre plateado, a más de porque era manjar de los tintoreros de su reino, y el mozo Menelao, por tara en el su ojo amarillo derecho, tenia aversión por los colores. Que cambiara radical de gusto, lo explica el anónimo de Nasos así: Costeó el erario espartano fuente al olímpico dios Ares, pero tan feo y sin fundamento le sacaron que este, amoscado, mando recado por un mirlo políglota para que don Menelao, reinante, pusiera verdad de su galanura y belleza en la obra. Pero siendo el rey tan rácano que con el correr de los años incrustáronsele los dedos, todos y a modo de presa, en las palmas de las manos, y los gordos o pulgares, encañonáronsele por el natural canuto que los otros dedos le formaban, dio largas de siglo a la embajada que el paráclito le llevara. Lo cual que ni medio Tostón pasado por boca de estudiantina soltó para el aderezo. Cabrease por el desplante y poco aprecio Ares, el tempestuoso, gira consulta con el protomedicato de la Sorbona, que en un querer curar mataba, y a los dictados de su melecina pone en corte esa cosa infecciosa de las glándulas salivares a la que llamamos papera. Alguien dice al reinante que el azote, a más de reducir los colgones al tamaño de guisantes, es febril bocio que deja a cero la fuerza genitora. Palpase el rey, teme por sus pelotas y resolutivo inventase un viaje de estado. A la Magna Grecia como obispo de ciudad apestada escapa, y así llega a un sitio rico y poderoso llamado Síbaris, donde por cortesía y protocolo, tomó costumbre de tragantear caballa. Sibaritas, decían a la gente de aquellas playas, que gustaba de la vida muelle y tenía a bien evitar toda fatiga. Tanto es así que para que los ruidos no les perturbaran, no dejaban que se establecieran en sus ciudades herreros, ni caldereros ni nadie de gremios voceantes. A los gallos les capaban de garganta. De Síbaris y mal capado fue el gallo de la pasión, a quién le importaba un comino que pedrin el molondro negara o renegara, que él probaba armonías para dar hora exacta, a coro, con los vecinos gallos de la calle de La Hornada. En verano, cuando se iban al campo para huir del sol y de la recalentada sombra, los señores sibaritas daban orden de que les llevarán en carros, y tan despacio, que tardaban tres días en lo que ustedes y yo hubiéramos andado en seis horas. La polis concedía, y a servidor de justicia le parece, una corona de oro al ciudadano que hubiera ofrecido mejores comidas, y recompensas a los cocineros que hubieran fundamentado los mejores platos. A la mafia neococineril española la hubieran fusilado, porque era SÍbaris lugar en el que no se aguantaban mariconadas a la hora de tragar y pagar. Servidor está dispuesto a hacer mañana lo mismo. Mejor, por no gastar pólvora, estoy dispuesto a finarles con lo que sirven, bazofia catedraticular que los interesados, por supuesto, jamas prueban. Los niños iban al cole vestidos con túnica de púrpura, el pelo rizado y sujeto con cintas de oro, lo cual, aunque parezca excesivo, es menos agravante que como lo hacen hoy en día. En las ceremonias, aunque mariconeaban de lo lindo, nunca fueron tan excesivos ni gastadores de lo ajeno como en el reino de España. No se sabe de ningún sibarita que se concediera a si mismo una medalla. Un conocido de un conocido mío hubo, que al ajustar una barca para ir a Crotona, puso por condición que los remos no harían saltar una gota de agua. Otro, que dio escuela en mi ciudad a sindicalistas liberados de mucho aprovechamiento, viendo en el campo a un aldeano que cavaba, le dijo: « No levantes tanto los brazos que me cansas». Para que seguir... Quiero decir que, como no veo objeto en seguir incordiando a príncipe ninguno, a fin de dar termino a esta demencial nota, os dejare con algo que me puso por correo de diligencia mi amiga italianisca. Lo que sigue, afirmaba ella haber sido extraído de un recetario que hallara en un lugar secreto de la trasdespensa del palacio del león de San Marcos. Escrito en palotes bizantinos, con capitulares de fantasía, llevaba "Efemérides Coquinarias" por titulo, siendo su recopilador "Usuardo Castelfranchi, castrato papal e interprete de sibilas". Dice de la caballa el "membri ablatione" de voz aflautada: «Ilustre comedor de caballa fue don Menelao, laureado príncipe de Esparta [...] De su preferencia eran los peces de primavera, por ser más substanciados y fáciles de pasar al ser cogidos lejos del fondo [...] Para la mesa, estaba decretado lavaranle los peces con las siete aguas de las siete fuentes proféticas del su reino. La ultima aguada dabala una virgen, hija de hoplita condecorado, con el agua de la fontana que celase el sacristán tañedor de la Campana de los Perdidos y la Salvadora dicha , que estaba allí mismo, sobre un trípode de columnas serpentinas, en una roca cual cabeza de carnero. Por reglamento, este guardafuentes y campanero debía de llamarse Sisinio, ser albino, iconoclasta y tercer hijo de virgen (¿?); también debería saber aconsejar por las "Geopónticas", idiomas para dar noticias del país a los viajeros que entraran por aquella banda, canto llano y las letanías que son el espanto de las doce Tresavichas hijas del zar Herodes [...] Limpio el pescado, se introduce en la incisión por la que se le retiro el tripamen un ramillete de tallos de hinojo lavado y seco, asase con igual voluntad por ambos lados y separase en bandeja de plata. La salsa que substanciara a los peces debe de estar urdida con mantequilla, hinojo picado, harina, agua, sal y pimienta. El modo de proceder, etc».


(4).- O rey no era más que un jefe cuya autoridad estaba reconocida por los otros jefes, sus pares. No se distinguía de estos ni aun por sus vestidos, pero llevaba un bastón de mando o cetro, signo de la autoridad con la que sus iguales le habían distinguido. Era el puto amo en la guerra, presidía las ceremonias religiosas y administraba justicia al aire libre. Pertenecía "casi siempre" a una familia que pretendía descender de los dioses, un argumento cojonudo para aumentar su prestigio.

El rey habitaba en un palacio, aunque no debe asociarse esta palabra con la idea de lujo y magnificencia, pues el palacio era únicamente una casa mayor y mas guapa que las otras. Casa que venia a componerse de dos partes: el tálamo o estancias privadas de la familia, construido en piedra, y el megarón, gran sala pública construida en madera, donde se reunían los hombres (ya he dicho arriba que las feminas eran un cero a la izquierda) para los guateques y comidas. El edificio se completaba con grandes patios y dependencias para la intendencia y los servidores. El rey y los de su cuerda celebraban en el megaron unos festolines de cojones, donde se asaban animales enteros, tales como bueyes, carneros, puerco o cabra, delante del hogar que ocupaba el centro de la pieza. El tal megarón no era en realidad más que una especie de corral con el piso de tierra batida sin enlosar ni entablar y sin chimenea, lleno de bagajes, armas y mierda de toda especie.


En este seguir a la aguja amalfitana por el soleado Egeo, hemos levantado nuestro puesto de afeites parisinos en los siguientes lugares:

WESLEYAN UNIVERSITY
Seti Prime
S.M.C.S. UniversitY of St Andrews
CLEVELAND PUBLIC LIBRARY
The KryssTal
the Imaginary World
Photo Travels
allAfrica
Science
artlebedev
UNIVERSITY AT ALBANY
PBS
winged dandals
Helenic Ministry of Culture
Centro Virtual Cervantes
Mondoñedo
AZUCENA ADELINA FABROSCHI
nouveaunet
mgar
microMEGAS
LeCielEstBleu
HOMERO
A&D
hybrid
Universidad de Zaragoza
Enre2
Fractales.org
I.A.O
Nexus-7
diomedes
historialago
NOAO
PuToWeB
WINDOWS TO THE UNIVERSE
Banco de Imágenes M.E.C
I.E.S. SABTIAGO APÓSTOL
THALES
Michael Lahanas
Sprott's Gateway

En fin, me voy a ver el eclipse atraves de una frasca de vino y un par de lonchas de jamón. Salud
Publicadas por Don Gaiferos a la/s 7:53 p. m. |  
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martes, mayo 11, 2004

El Tren y su Colchón

Lejos Madrid se otea.
Y la locomotora
resuella, silba, humea
y su riel metálico devora,
ya sobre el ancho campo que verdea.

Mariposa montés, negra y dorada,
al azul de la abierta ventanilla
ha asomado un momento, y remozada
una encina de flor verdiamarilla...
Y pasan chopo y chopo en larga hilera,
los almendros del huerto junto al río...
Lejos quedó la amarga primavera
de la alta casa en Guadarrama frío.

Antonio Machado (De “Flor de verbasco”)



Donde entre dimes y diretes se dice como ponerle un buen colchón al tren.

Mi amigo Fernando tiene una Academia en la que la muchachada bebe agua y come ganchitos durante las clases (¡agua amarga y cortezas de puercoespin les iba a dar yo!), una mujer mandona, dos hijas farmacéuticas y los pies planos. Fernando tiene poco carácter, aunque es un fino polemista que suele empecinarse, las mas de las veces, con el significado y ambigüedades de algunas palabras. Sacarle de su error, si es que le hubiere, no es tarea fácil ni agradable. El pasado domingo por la mañana, mientras tomábamos unas cañas dijo balastro por balasto, alguien quiso enmendarle la plana, engallose el bueno de Fernando y en un momento quedó la de Dios es Cristo montada. Fernando no tenía razón, claro. Pero decir eso es una cosa y sacarle de su error otra. Tanto que el hostelero, por no verles disputar (el resto de la peña adoptamos una regocijada y prudente retirada), mandó recado a un hijo para que bajara de casa un diccionario. Era un diccionario que no se que día de la semana sale y se vende con un diario: ese que en muchas tomas televisivas sale en manos de políticos (incluso de los que ni leer saben) que entran y salen, frívolos y sinsustanciados, de esa cueva de las Mil y una Noches que es el Congreso. “Nata in vanos tumultus gens”.

Nada que objetar, que a servidor los diccionarios y las cartas geográficas le encantan. Recuerdo ahora, al vultum tuum, que hubo un par de años en los que desayunaba con dos o tres páginas de un diccionario enciclopédico que me regalaron. Por Dante creo que lo dejé..., seguramente acicateado por el trabajo. Pero no vengo a hablar aquí de mis manías, sino de una polémica substanciada a golpe de diccionario, que para algo deberán de servir semejantes mamotretos. Tengo delante de mi una nota, recién extraída del correo, con la definición sobre balasto que se leyó el domingo de marras. Dice así:

balasto m. Ferr. Capa de grava o de piedra machacada que se tiende sobre la explanación de los ferrocarriles para que la carga de los vehículos se distribuya uniformemente sobre el terreno y también para mantener la vía en en el trazado adecuado. /// Obr. públ. Colomb. Capa de grava o de piedra machacada que se tiende sobre la explanación de las carreteras para colocar sobre ellas el pavimento.

Os ahorrare la segunda parte de la definición, que no es lo mismo que la de la primera aunque lo parezca. O sea, para nosotros el balasto son las piedras partidas, de diferentes tamaños (aunque sujetas a unas especificaciones técnicas de optimización que las sitúen entre un máximo y mínimo), situadas bajo las vías y entre las traviesas para formar una capa sobre la plataforma de tierra o explanación. No se yo, exactamente, cuando ni donde se extendió el primer lecho de balasto bajo la vía del tren; seguro estoy, sin embargo, que su utilización corre pareja a la de los inicios del ferrocarril (1). Confirman esta aseveración viejos tratados en los que se sostiene la necesidad de que la vía repose sobre un lecho elástico de piedra partida. Entiéndase que la elasticidad, dureza, tenacidad y durabilidad de la piedra, son factores que no se pueden soslayar a la hora de elegir esta, que debe de proceder de las masas sanas de los bancos de roca (2).

Siendo yo un joven aprendiz de brujo y mucho menos cínico que ahora, hubo un tiempo en el que me vi sujeto a la disciplina de una empresa dedicada al proyecto, fabricación y montaje de maquinaria para obras publicas, minas y canteras, lo cual me llevó a trotar y danzar por no pocos lugares en los que se extraía piedra para balasto. Recuerdo ahora, sin mucho forzar la memoria, repetidos viajes a canteras de las provincias de Gerona, Málaga, Sevilla, Salamanca, Ciudad Real, Logroño y Cáceres... En fin, que llegaba allí, y, si la explotación era de nuevo cuño, topografiaba el terreno para ver donde colocar tolvas y molinos y machacadoras y cintas y cribas...; regresaba después al trirreme y, bien amarrado al remo, aburriame de lo lindo diseñando la maquinaria pertinente según las especificaciones acordadas. Fue una época peculiar aquella. Primero: porque conocí a magníficos directores de explotación con los que mantengo relaciones ahora. Segundo: porque hube de tratar, a cara de perro, con inversionistas que cuando con el tiempo me abrí a nuevos horizontes, serian mis profesores. Figuraos que desconcierto para mi y que papeleta para ellos.

Acordemos ahora llamar "banco o banqueta" de balasto al conjunto de piedra partida tendida bajo las vías, cuya función principal será la de amortiguar, elásticamente, la acción del paso de los trenes, de modo y manera que no sufran deformaciones ni la propia banqueta ni la banda de rodadura. Pero hay más, pues la banqueta deberá de repartir uniformemente el peso de la circulación e impedir el desplazamiento de la vía, estabilizándola en sentido vertical, longitudinal y transversal. Además, un balasto de calidad y bien tendido, protegerá a la tierra explanada de los avatares climatológicos, facilitara la evacuación del agua procedente de la lluvia o del deshielo y hará posible la recuperación geométrica del tendido mediante operaciones de nivelación, alineación y bateo. La experiencia ha venido a demostrar, no obstante, la conveniencia de introducir, entre la plataforma y la banqueta de balasto, una capa de piedra molida cuyas propiedades granulometricas permitan una compactación más intensa que la propia del balasto. Tal aditamento, al resultar más uniforme y compensado, optimiza la distribución de las cargas e impide la contaminación del balasto por los rebrotes de tierra fina procedentes de la plataforma explanada, a la vez que protege a esta del efecto de las sobrepresiones. A esta capa adicional se la conoce como "sub-balasto".

Hasta donde yo sé, y dependiendo de la naturaleza petrológica de la piedra madre, se comercializan dos tipos de balasto. El de tipo A, procedente de madres ricas en sílice; y el tipo B, procedente de rocas de naturaleza calcárea. Por las condiciones generales de su estructura el primero, en cuanto al tema que nos ocupa, es el mejor de ellos (3). El hecho de que no se puedan mezclar ambos balastos supongo que os resultara evidente, puesto que la mezcla de piedra silicea con caliza desvirtúa la homogeneidad física del conjunto por el desgaste de la más blanda (caliza) al rozar con la más dura (silicea), lo cual origina residuos finos que al ocupar los intersticios habidos entre la piedra partida de la banqueta merman su elasticidad general. Mas, independientemente del tipo de balasto utilizado, este debe de proceder de rocas cuyas características geológicas den lugar a piedra partida con propiedades físicas y químicas (4) especificas: dureza, o resistencia a la abrasión; tenacidad, o resistencia a la fracturación por choque o impacto; durabilidad, o resistencia a los mas extremos fenómenos meteorológicos...

Resumiendo: Un balasto de alta usabilidad debe de estar compuesto por piedras con todas sus caras constituidas por superficies de fractura, de aristas vivas, con las tres dimensiones aproximadamente iguales, poliédricas o cubicas, de un tamaño que oscile entre los 20 y los 90 milímetros y, en zonas de fuertes heladas, con una porosidad que no permita la absorción (de agua) de más del 1,5 por ciento de su peso.

A nadie se le puede escapar que el mayor consumidor nacional de balasto es RENFE. Un submarino que tengo en la empresa me ha soplado que los técnicos del departamento encargado de la adquisición de balasto miran el producto con lupa (Hay un Laboratorio Central en el que se llevan a cabo ensayos sistemáticos, aleatorios en el tiempo y lugar, para cercionarse de que las características del balasto ofertado por las canteras suministradoras son invariables y ciertos). Es más, en los pliegos de condiciones se especifica que los proveedores deben de presentar un informe sobre las cualidades básicas de la piedra partida, las cantidades susceptibles de ser extraídas, reservas, etc. Deben también informar sobre la situación geográfica y las condiciones geológicas generales de la cantera; acompañado todo esto de cartografía geológica, litológica y geotécnica, y de un estudio petrográfico de la roca en lámina delgada... Me apunta un montón de cosas más, pero por parecerme menores las dejo en el tintero.


NOTAS:

(1).- Al ferrocarril no hay que considerarle únicamente desde el punto de vista... económico-mecanicista, por decirlo de algún modo. Piénsese que su implantación modificó la fisonomía misma de las ciudades, cuyo crecimiento y planificación industrial quedó desde entonces supeditado al trazado del ferrocarril. Paralelamente puentes de hierro, señalizaciones, pasos a nivel, andenes, raíles, talleres, depósitos y muelles de carga se convertirían en elementos indispensables del paisaje urbano. Por otra parte, los puentes metálicos ya citados, las marquesinas que cubren los andenes y la estructura arquitectónica misma de las estaciones, fueron uno de los bancos de pruebas en los que se testaron nuevas técnicas y materiales de construcción que, a la postre, harían posible el desarrollo de la arquitectura moderna. Para muestra un botón: En “Teoría de los puentes colgados”, el enciclopédico tarraconense Eduardo Saavedra (director de la Real Academia de la Historia, académico de la Española de la Lengua, fundador y presidente de la Real Sociedad Geográfica, senador, director de Obras Públicas, descubridor y excavador de las ruinas de Numancia, etc), se torna fundamental para la ingeniería de su tiempo al establecer el principio, hasta entonces desconocido, de la equivalencia de los distintos sistemas combinados de cables y tirantes, materia de uso mundialmente indiscutible en años posteriores.

Un buen libro sobre este hombre de amplísimo abarcar:
Mañas Martínez, José.- "Eduardo Saavedra, ingeniero y humanista".- Colegio de Ing. de Caminos, Canales y Puertos.- Prólogo de Julio Caro Baroja.- Ediciones Turner. Madrid, 1983, 450 pág.

(2).- Aquí, por si hubiera dudas, voy a poner algo rápido sobre "algunas" propiedades mecánicas de los minerales. A saber:

Elasticidad.- ¡Que bobada, verdad! En fin, esta es la propiedad que tienen gran numero de minerales para recuperar su forma, cuando por cualquier procedimiento se les ha deformado, en cuanto cesa la fuerza deformadora. A los que carecen de esta propiedad se les llama flexible, puesto que se doblan o deforman fácilmente, sin que al cesar la fuerza deformadora puedan volver a su forma primitiva.

Cohesión.- Los minerales, que son muy suyos, se dejan romper o cortar con más o menos facilidad; unos, por decirlo a la llana, se descojonan y fragmentan fácilmente al golpearlos con el martillo, y, por tal, reciben el nombre de frágiles o quebradizos; otros se desagregan en un pispas hasta presionándoles con los dedos, y quedan reducidos a polvo o tierra, por lo que apurando las neuronas al máximo hemos dado en llamarlos tiernos. Los hay que hasta se dejan cortar con un cuchillo embotado, como si fueran salchichón o madera, y por tal se les llama sectiles; a los que se dejan laminar a zapatillazos o por presión se les conoce como maleables. Dúctiles son los que como los churros o los calamares a la romana son susceptibles de estirarse en hilos inacabables. O al menos algo similar venia a contar mi viejo libro de mineralogía. Vete tu a saber como se les llama ahora...

Exfoliación.- Esto ya es un poco más difícil de explicar. Veamos: Con los minerales ocurre como con los trajes malos: que se rompen por donde quieren y en la direccion que les da la gana. En los trajes no me importa porque ocurre; en los minerales es debido a que su cohesión no es igual en todas las direcciones, ya que pueden romperse o cortarse más fácilmente en unas que en otras, verificándose la rotura paralelamente a una cara existente o posible en el cuerpo cristalino. Tal propiedad, es decir aquella que poseen los minerales de dejarse separar en láminas, es a la que conocemos por exfoliación. Los planos según los cuales se rompe con más facilidad el cristal se llaman de exfoliación o de crucero. Si el mineral exfoliado posee planos de exfoliación en tres direcciones, entonces pueden obtenerse formas cerradas que reciben el nombre de sólidos de exfoliación, los cuales son siempre constantes en cada especie mineral y sirven, por ello, para poder determinarla. Unos minerales pueden fraccionarse en hojas finas: mica, clorita, yeso; otros, al golpearles se parten en pequeños cristales: la sal y la galena lo hacen en cubos, la calcita, en romboedros; hay minerales de fácil exfoliación según una dirección, y menos fácil según las otras dos; en tales casos las caras de la primera se presentan lisas y brillantes, siendo las de las demás rugosas, fibrosas o concoides. Otros minerales no presentan el menor indicio de exfoliación.

Fractura.- Propiedad ligada como la anterior a la cohesión. Cuando se rompen los minerales no exfoliables -o aunque lo sean- si no lo hacen según los planos de crucero, las superficies que resultan, llamadas de fractura, presentan distinto aspecto y, según este, reciben nombres diversos que no necesitan de mayor explicación: concoideas (del griego kogke, concha; eídos, aspecto) , astillosas, planas, terrosas, aciculares, ganchudas, irregulares. En los minerales fácilmente exfoliables la fractura se observa con dificultad.

Pobre bobo sin discernimiento, pensaba liarme aquí con las propiedades térmicas de los minerales, aunque solo fuera por tentar al calor que no llega; tampoco es que me queje, eh, que pintan unos días estupendos para andar ríos y acechar a las escurridizas truchas. Pero no. Lo dejo. Me he dado cuenta de que para que la cosa tuviese una buena inteligencia debería de explicar antes, por lo menudo, unas cuantas cosas sobre cristalografia, puesto que los fenómenos que se manifiestan en los minerales cuando se les somete a cambios de temperatura están en intima relación con su simetría cristalina.

(3) .- Natural. Cuando el material calcáreo se fractura deja finos y polvo que, en presencia de agua, forman una argamasa capaz de unir a la banqueta de balasto como si de una losa de hormigón se tratara; siendo esta masa rígida gravemente perjudicial para la estabilidad de la vía.

(4) .- Alude lo anotado a la composición constante que es peculiar en cada mineral, que a su vez es el resultado de elementos definidos en proporciones fijas. Unos cuantos minerales, sin embargo, se consideran como cuerpos simples (diamante, oro, plata, platino...); pero la mayor parte de los minerales son cuerpos compuestos, siendo las combinaciones más frecuentes las oxigenadas, sulfuradas, halogenadas, arsenicales y antimoniales.


Se acabo el cuento. Hoy, saltando de piedra en piedra, hemos atravesado todos estos charcos:

picturing women
Terry's Fractal Mirage
The Metropolitan Museum
bitkraft
Geosense
http://www.divulcat.com//inicio/articulo.php?id=424
DANGEROUS LABORATORIES
Universidad de Castilla-La Mancha
Bombing!
pascii
NEWSEWM
Akiyoshi's illusion pages
VOLCANO LIVE
UNIVERSIDAD MAYOR DE SAN SIMON
The European Railway Picture Gallery
TENDENCIAS CIENTIFICAS
C.P.S. Universidad de Zaragoza
TIEMPOS MODERNOS
stormsounds
Fotolog.net
HUESKER
Gene Sequencer
EL CATOBLEPAS
The GAPS index
The Great Central Railway
Wang Qingsong
ASTROFOTOGRAFIA
3.141592...
Jim's Diodon, Submarine(r)
Protección Civil Española
ericzener
Museo de Astronomía y Geofisica.


Salud y cuidadito al cruzar las vias.
Publicadas por Don Gaiferos a la/s 7:15 p. m. |  
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jueves, abril 22, 2004

Homenaje al libro

Padre Nuestro por los que no leen:

Por los que yacen en la ignorancia
y a la desdicha viven sujetos;
por los que siempre, desde la infancia,
son infelices analfabetos;
por los que cruzan por esta vida
sin un buen libro que les consuele;
por los que llevan el alma herida
de la injusticia que tanto duele,
y nunca hubieron en la lectura
blando refugio, noble maestro...

No saben nada, lo ignoran todo;
van como ciegos, y, en su jornada,
hollan lo mismo, flores que lodo.

Nada aprendieron, no saben nada,
ni la grandeza del firmamento,
ni lo infinito del mar gigante,
ni las conquistas del pensamiento
dan a sus almas ritmo pujante.

Son más que ciegos; su desventura
tiene amargores de pesadumbre.

Dales la Biblia que es lo divino
y al padre Homero, que es sobrehumano;
y a Tomás Kempis, que es el camino
del que, doliente, quiere ser sano.

Dales la gloria, panal de ciencia
de las Moradas, rosas fragantes;
dales la risa, luz y experiencia,
que en el Quijote puso Cervantes.


Marcos Rafael Blanco-Belmonte.




Cirdanesco homenaje al libro en donde se habla de grandes y no secretos amores por los libros y se demuestra que estos no son solo letra.

A veces, cuando el trabajo me da un respiro, sufro un puntazo esquizoide, entro en tromba en el trastero y me pongo a escrutar libros. No es el mío un escrutinio rastacueril de literarios prejuicios como aquel que, cura y barbero, efectuaron en la onerosa - para él y su peculio, claro - biblioteca de N.S. Alonso Quijano. Aunque como se deja ver, pájaros de manga ancha a la hora de coger este o aquel volumen, encastrárselo bajo el brazo y salir zumbando cada uno para su casa a fin de disfrutarlo después de una jarra de vino y un lebrato, los estudiados examinadores manchegos, al fin y al cabo, conspicuos cofrades de "N.ª S.ª de los Libros son un Vicio", difícilmente hubieran tenido una opción más sensata. Ignoraban, claro esta, que todas aquellas fantasías caballeriles puestas en letra impresa y que su amigo, el hidalgo, devoraba como en trance religioso, no eran sino que, la chispa de una Epifanía feliz y numinosa. Y esto porque Quijano, a costa del terruño heredado y de un centón de velas acabadas, estaba reinventandose a si mismo para asumir la categoría de paladín de la raza. Pues, Don Quijote, hijo y nieto de dislates ajenos, no salió a campo abierto para alancear molinos ni probar las engañosas hechuras de hechiceras y magos. Don Quijote, salió a inventar al español moderno, que aun no existía. Nada menos.

Viven mis libros del trastero en un desorden libre y tranquilo, y es mi ocasional escrutinio acritico, más benevolente que razonable. Si el polvo es la barba de los libros, los míos la lucen sinaítica y fiera. Entonces, amoroso les afeito y reordeno. No son libros peores o mejores que los que con aparente preeminencia se amontonan en las estanterías de mi cuarto; son libros, digámoslo así, sometidos a una cura de reposo. Según pinten mis intereses del momento, algunos pueden pasar de la oscuridad a la luz, del zaquizami al palacio. Otros ocuparán su lugar ignoto pero confortable. Supongo que todos los que tengáis la suerte o la desgracia de atesorar libros, entenderéis este continuo rotar que, en cierto modo, delata nuestro camino existencial.

Lo cual que pasaba la navaja sobre el rugoso rostro de un volumen de la "BIBLIOGRAFÍA HISPANO-LATINA CLÁSICA" de Menéndez Pelayo, cuando entre unas páginas dedicadas a Marcial, topé con un opúsculo con el discurso sobre EL LIBRO Y EL LIBRERO que el Dr. Marañón pronunciara, en homenaje que le rindieran los libreros madrileños, allá por 1952. Estamos en vísperas del Día del Libro, así que, pareciéndome el hallazgo providencial, me he permitido poneroslo más abajo. Por si algo en él os chirría inconvenientemente, haceos cuenta del año en que publicamente fue pronunciado, que el autor, al final de la dictadura de Primo de Rivera fue fundador, junto con Ortega y Gasset y Pérez de Ayala de la Agrupación al Servicio de la República, a más que, durante la guerra civil, estuvo en Francia y América expatriado.

Desconozco si a Marañón se le lee hoy poco, mucho o nada. En realidad, de su pluma solo he leído, al completo, el absolutorio "Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo", sesudo y pormenorizado tratado clínico de este monarca, en el que sostiene la tesis de que Enrique era un esquizoide y un tímido sexual, pero, pese a quién pese, capacitado para la procreación, y que doña Juana, la reina, fue menos mala de lo que los cronistas contemporáneos apuntan. Para Marañón, la infanta Juana tuvo muchas probabilidades de ser hija legítima de Enrique IV, aunque ella y los monarcas fueran víctimas de una de las primeras campañas de mala imagen de la historia. Dicho de otro modo: Enrique era marica pero no impotente.

Con todo, en bastantes de las obras foráneas multidisciplinarias que yo he leído, Ortega, Unamuno y Marañón son los españoles más citados. Algo tendrán, se me ocurre a mi.

Venga, a lo prometido. Marañón al aparato:


HOMENAJE AL LIBRO.

Esta fiesta que periodicamente organizan nuestros amigos los libreros y que dedican, de tiempo en tiempo, a un escritor, no es homenaje al escritor elegido, entiéndase bien, sino homenaje al libro.

El escritor que se sienta en la presidencia, es sólo un ponente del homenaje al libro; o si queréis, en pequeño, el mantenedor de unos Juegos Florales dedicados al libro; Juegos Florales no pomposos, sin Corte de Amor y, además, breves: porque donde el libro esté, nos sobra lo superfluo y la retórica se tiñe de inevitable discreción.

Así, pues, voy a dedicar un sucinto elogio al libro, que como invisible reina de la fiesta nos preside. pero también, y antes, al librero.



ELOGIO DE LA GENTE DEL LIBRO.

Es cierto que este último, el elogio del autor al librero, no es cosa frecuente. Todos sabéis que hay una gran antología de invectivas a los libreros, entre las que figuran las que por boca del Licenciado Vidriera les dedicó Cervantes. Se me dirá que entonces se llamaba librero al editor y hoy no son la misma cosa. Pero yo también extiendo mi amor y mi elogio, al editor. Todo lo que rodea al libro está impregnado, aun cuando no sea perfecto, de un aliento de distinción y de superioridad. Hay en el mundo de la creación del libro, claro es, gentes mejores y gentes no tan buenas. Gentes protervas, nunca. Todas ellas respiran un aire de comprensiva fraternidad, desde el cajista hasta el corrector, hasta cuando en éste se adivina la alegría al poder marcar con su lápiz una falta nuestra, alegría especial si el autor pertenece a la Real Academia de la Lengua. Desde el editor hasta el librero, reina también el mismo espíritu tradicional de amable artesanía. Y, con ellos, el autor. Todos, buenos o medianos, estamos empeñados en esa labor de crear el libro, al cual debe la Humanidad el noventa por cierto -no rebajo nada- el noventa por ciento de su progreso material y moral. Todos tenemos satisfacciones y amigos en sectores diversos de la vida, en nuestra profesión, en el mundo de nuestras diversiones y devaneos. Pero las gentes del arte gráfica son aparte; casi siempre mejores y más cordiales que los demás.



ENVIDIA Y ALABANZA DEL LIBRERO.

Y, particularmente, el librero. ¿Quién no ha sentido alguna vez la más noble y profunda envidia, en la tienda de un librero? Hablo sobre todo del librero por vocación, el que ha hecho de su tienda una biblioteca, o la tienda de su biblioteca y vive entre los estantes, valorando amorosamente cada volumen y cuidándolo como a los hijos de sus entrañas. ¿Cómo, queriéndolos así, no va a pedir por sus libros todo el dinero que pueda? Aquí hay muchos libreros que han tenido trato conmigo, que conocen mis aficiones y las excitan con sus capciosas ofertas; y me han visto entrar en su tienda y serenar mis afanes con sólo acariciar los libros codiciados. Estoy seguro de que ni uno solo podrá decir que he discutido jamás el precio del volumen que deseaba, porque siempre, ese precio, me parecía poco, pensando en la tristeza que tendría su dueño al desprenderse del ejemplar y en la alegría con que yo lo yomaba entre mis manos trémulas.

El librero, piensa uno, es el prototipo de la felicidad. Pertenece a una de las raras categorías de mortales en los que la divina maldición de ganar el pan con esfuerzo y sudor, se ha convertido en fruición. Hasta la emigración de sus amados libros está compensada con el consuelo de saber que su futuro destino será, probablemente, egregio, instruyendo o deleitando a gentes desconocidas y reposando, acaso, en los Palacios más insignes. Escrito está en un periódico de los Estados Unidos, en un interviú que tuvieron la ocurrencia de hacerme, que, al preguntarme el periodista lo que yo hubiera querido ser, de no haber sido médico, contesté sin vacilar: librero, librero de libros raros. Oficio que tiene todas las delicadezas de una elevada artesanía y todas las complicaciones de una finísima ciencia. Sin contar con otras ventajas de orden material, como el pasaporte para entrar donde los demás no entran, pues el librero es recibido en los palacios con dignidad de excepción; sin contar con la ausencia de afanes angustiosos del librero, porque el ímpetu de la vida pasa ante su tienda y la respeta; sin contar, en fin, con el disfrute permanente de ese misterioso influjo que emana de los libros y constituye una de las más eficaces salvaguardias para la salud. Las estadísticas de las grandes Compañías de Seguros, en América, colocan al gremio de los libreros a la cabeza de las listas de longevidad. Eso del polvo de los siglos no es una figura retórica; existe y se sospecha hoy que ese polvo sagrado que el tiempo deposita sobre los volúmenes, al contacto de otros efluvios que emanan de sus hojas, da lugar, por reacciones ignoradas, a una como penicilina, de sutilísima acción, que defiende al organismo del librero de los peligros, de la vida sedentaria, de la falta de luz, del humo del tabaco; y le permite una milagrosa pervivencia.

Pero aunque el librero no fuera tan excelente como es, aunque, en verdad, algunas veces no sea como yo le he pintado, todo se le perdonaría por el hecho de poner su ingenio y su esfuerzo, y si es preciso sus mañas, en la difusión de la obra maestra del genio humano, es decir, del libro.



NO HAY LIBRO MALO.

Del libro se han dicho ya todos los elogios y a mi corta inventiva no le queda nada que añadir; pero, a trueque de repetir lo que, mejor que yo, han dicho los demás, reflexionemos unos minutos sobre lo que es y sobre lo que representa el libro.

Yo suscribo, ante todo, la sentencia de Plinio, popularizada entre nosotros por Cervantes, de que no hay libro malo que no tenga algo bueno. Pero voy más allá: yo diría que enteramente malo no hay libro ninguno. Por lo menos yo no les he encontrado, a pesar de mi voracidad de lector. Cierto que los gobiernos y los moralistas tienen que hacer uso, a veces, del índice prohibitivo y de la censura; pero se trata siempre de medidas transitorias, encaminadas a devover la salud de la agitada Humanidad. El que el médico prohiba a un paciente los dulces o el roast-beef, no quiere decir que estos alimentos sean malos sino que hay personas a quienes les hacen mal. Pero muchas veces cuando los médicos obramos así, cuando imitamos a Tirteafuera nos equivocamos; y la censura que imita a los médicos gangosos, se equivoca también. Porque los libros no se escriben para los enfermos sino para los sanos, para la ancha y eficaz Humanidad creadora de la civilización que todo lo digiere y lo aprovecha. El libro vence siempre al recelo de los puritanos. Y así, cuando, por ejemplo, releemos hoy los indices inquisitoriales de hace tres siglos, nos llena de ternura el pensar que aquellos libros que se creyeron malignos no lo eran casi nunca, y que hoy podemos leerlos, y hasta en los conventos se leen con la conciencia en paz; y los leemos con un amor redoblado, en el que hay mucho de desagravio y de contrición.



EL TIEMPO SUBVERSIVO CREA EL LIBRO SUBVERSIVO.


El libro verdaderamente disolvente e inmoral, el libro fundamentalmente impío, no ha sido nunca invención creada para perturbar a la sociedad en que brotó. Han sido siempre, por el contrario, producto de los males de esa sociedad, expresión de un estado anormal o subversivo, que cuanda alcanza una determinada densidad, cristaliza en muchas cosas y, entre ellas, en el libro. El libro malo es siempre un epílogo de la maldad colectiva y nunca su creador. Es muy cómodo, al crítico o al moralista, decir que la culpa de lo que pasa es de los libros. Éste es el consabido criterio de tomar el rábano por las hojas, que en el fondo significa un modo de eludir la propia responsabilidad. Sería muy fácil, si no estuviéramos celebrando, de sobremesa, unos breves Juegos Florales, demostrar a los que encuentren atrevida o inexacta esta opinión mía, que cada libro que ha podido ser tachado de malo, se limitaba a recoger un estado de opinión cuya responsabilidad databa de mucho antes de que el autor naciera. Hay libros que parece que han hecho una revolución, una revolución mala -yo no admito que ninguna sea buena-; pero, aun en estos casos, se trata de un simple espejismo, comparable al de creer que las batallas las gana el que agita en el aire la bandera. Podrá el abanderado encender el fervor del combatiente; pero no es él, el que ha creado el fervor. Y cuando el fervor pasa, la bandera ya no es capaz de ganar batallas. Lo mismo les pasa a los libros reputados de perturbadores.

Es más, el libro es, en las horas de calentura pública, lo que los médicos llamamos un absceso de fijación, es decir, una enfermedad localizada que atenúa la general. El libro sistematiza y da estructura doctrinal a las pasiones, incluso a la mala pasión. Y la naturaliza y aniquila; porque la pasión muere siempre por el pensamiento.



LA MALICIA DEL QUE ESCUCHA.

Dice un proverbio chino que la malicia no está en lo que se dice, sino en lo que se escucha. La malicia está en el ojo que ve lo que él quiere ver o en el oído que percibe lo que anhela su mala curiosidad. Y esos que tienen el alma turbia son los que achacan al agua clara su propia confusión. La gran meta de los moralistas no consiste en poner trabas al pensamiento, que fué creado por Dios, amasado con pasiones y las pasiones no pueden ser siempre angélicas. La obra de los moralistas consiste en crear en el lector el sereno criterio que le haga inmune a todo lo que no sea justo. Cuando se pueden leer los versos de Ovidio sin sentirse pecador o El Capital de Carlos Marx sin lanzarse a la calle para increpar a los burgueses, es cuando se ha logrado elevar al hombre sobre el nivel del animal, esclavo de sus instintos.

Esto, por lo que toca a los libros malos, si es que los hay, si no son, como yo creo, hasta cuando son peores, males transitorios, bomberos que apagan el fuego aunque estropeen la casa o vacunas que producen fiebre pero evitan la gran enfermedad. Mas, admitamos que hay libros malos. De todos modos, nos quedará el infinito mundo de los buenos.



EL LIBRO BUENO

El libro bueno es el amigo ejemplar que todo lo da y nada pide. El maestro generoso que no regatea su saber ni se cansa de repetir lo que sabe. El fiel transmisor de la prudencia y de la sabiduría antiguas. El consuelo de las horas tristes. El que hace olvidar al preso su cárcel y al desterrado su nostalgia. El sedante de los grandes afanes, que va donde quiera que vayamos, con nuestro dolor. El mentor de las graves decisiones. El que ablanda nuestro corazón en los momentos de dureza, o nos vigoriza cuando empezamos a flaquear. Y después de ser todo esto, tiene la soberana grandeza de no hipotecar nuestra gratiyud. Una vez leído lo volvemos sencillamente al estante, o lo dejamos olvidado en el asiento de un tren. Es igual. Ni nos pedirá cuentas de lo que nos ha dado, ni nos guardará rencor si no se lo hemos agradecido.

Pensemos en lo que es una biblioteca. Cualquiera otra exhibición de la inteligencia humana, por ejemplo, el más extraordinario Museo de Arte, es sólo lo que son los cuadros o los objetos preciosos y lo que sugieren al erudito y al poeta. Pero, en los estantes, donde inmóviles y como momificadoas se aprietan los libros, hay un mundo vivo e infinito, que no se cansa de esperar y que se nos da generosamente, sin más que alargar la mano y abrir sus páginas. El pasado, el presente, el porvenir, todo lo que fué y todo lo que supo su autor; y su vida y la de su tiempo; todo está allí. Y muchas cosas más que el autor va poniendo sin darse cuenta, en el papel, cuando escribe. Porque a través del hilillo de tinta, corre un flujo de humanidad palpitante, cuya fuente está en la misma divinidad. Y así, en los libros revive, lleno de fervor, el ímpetu de los héroes y el ingenio de los descubridores; y la duda y la cautela, la gracia y el amor; y hasta el trémulo e imperceptible vuelo de las almas que ascienden a Dios, ahí está, como si acabara de brotar de un tránsito de Santa Teresa o de un sueño inefable de San Juan de la Cruz.



LA HUMANIDAD SIN LIBROS.

¿Qué habría sido de la Humanidad sin libros? Suprimid todo lo demás con la imaginación; y quedarían los hombres quizá más infelices en lo material, pero en el fondo, con sus almas iguales a las de los hombres ahora, tendiendo siempre, que éste es nuestro insigne destino, hacia la perfección. Pero sin libros el amor y la bondad, el consuelo de las horas lúgubres, la fe en el porvenir y en el más allá, hubieran quedado reducidos a un pqueño número de privilegiados, a los santos y a los héroes.

La palabra es el instrumento celeste. Pero la palabra hablada está encerrada, para siempre, en la cárcel del espacio y del tiempo. El libro la hace universal e inmortal.



PERFECCIÓN INICIAL DEL LIBRO.

Nada da idea de la excelencia de un libro, como, aunque parezca paradójico, su incapacidad para progresar. Reparemos que toda hobra humana está, por el hecho radical de su humana imperfección, sujeta a la aspiración inextinguible de mejorar. Sólo la obra de Dios está por encima del progreso. La Primavera es, cada año, la misma obra maestra y sobrenatural desde la primera vez que surgió en la vida de los mundos hasta ahora, la misma en nuestra vejez que cuando éramos niños. Sólo ha cambiado nuestra capacidad de valorarla. Y si un almendro que florece dejaba indiferente al hombre de las cavernas y nos estremece hoy, es porque hemos añadido a la estupenda realidad de la Naturaleza, la emoción literaria, que es obra del libro, y el libro, artífice del progreso, es, como la Naturaleza, siempre igual.

Cuando salimos, estos días, de visitar la maravillosa exposición del milenio del libro español, junto con el orgullo nacional, nos emociona la consideración de que el mundo que nos aguarda fuera, está lleno de maravillosos adelantos que no pudieron ni siquiera soñar los hombres insignes que escribieron y que pusieron en las prensas aquellos ejemplares de mil años atrás. Y sin embargo, el libro mismo, que ha sido la varita mágica creadora del milagro, es hoy exactamente lo mismo que entonces, quizá, en algunos aspectos, peor. El libro nació perfecto. Casi como nacen las obras directas de la mano de Dios.



GENEROSIDAD DEL LIBRO

Perdonad estos entusiasmos de un hobre que no aprendió, como el Príncipe de la leyenda, todo en los libros, sino que, después de haber aprendido todo lo que pudo en la vida, se ha dado cuenta de que no había en la vida nada que fuera mejor que lo que los libros han dicho ya. Perdonad estos entusiasmos a un creador impenitente de libros. Libros buenos o malos, pero engendrados por el puro afán, afán más que vanidosa intelectualidad de noble y clara artesanía, de verlos surgir de la nada y de verlos correr por el mundo, sin pensar que pudieran devolverme ningún bien; como el avaro que crea su riqueza, no para ser poderoso sino por el gusto de haberla creado.

Solo que para el autor con vocación verdadera, su riqueza, su obra, es indefectiblemente de todos; y, por ello, su creación, el libro viene a ser la forma más pura y patética de la generosidad.


MARAÑON (Gregorio).- EL LIBRO Y EL LIBRERO (En la Fiesta de los Libreos de Madrid, 12 Diciembre 1952).- Espasa-Calpe. S.A., Madrid, 1953. 30 págs. (18 X 13), encuad. rustica, tipogr. port. a dos colores.


A modo de marañoniana bibliografía.

Tres ensayos sobre la vida sexual; Amor, conveniencia y eugenesía; Amiel, un estudio sobre la timidez; Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su época; El conde-duque de Olivares (la pasión de mandar); Ideas biólogicas del Padre Feijoo; Tiberio, historia de un resntimiento; Luis Vives (un español fuera de España); Tiempo viejo y tiempo nuevo; Vida e historia; Elegía y nostalgia de Toledo; Don Juan: Ensayos sobre el origen de su leyenda; Antonio Pérez; Raiz y decoro de España; Ensayos liberales; Españoles fuera de España...


DE EXCESOS Y BIBLIOPATIAS.

Como en todo, entre quienes aman a los libros, también hay mucho enfermizo y exagerado. Cuenta mi extinto amigo D. Inocencio Ruiz Lasala:

El amor al libro ha despertado, en todos los tiempos, pasiones tan fuertes y dramáticas, como las inspiradas por el juego, el vino y las mujeres*. A muchos les ha impedido vivir con holgura, a otros les ha llevado al sepulcro. Antes de dar referencia de unas pocas bajo el signo trágico, daré preferencia a dos de tono algo humorístico:

Guillermo Budé, entregado a la lectura de Virgilio, contestó un día a la sirvienta, que, asustadisima, le anunciaba que la casa ardía: "Te he dicho muchas veces, que las cosas de la casa se las cuentes a la señora".

Teodoro Turnebe, el eminente helenista, el día de sus nupcias, se olvidó de ir a la iglesia, tan embebido estaba en la lectura de los clásicos.

Agobiado por la pena, al ver flotar en el Sena, cuando el saqueo del Arzobispado de París, en 1831, los libros que en otro tiempo había catalogado y ordenado el publicista y librero Colnet du Ravel, falleció a los pocos días.

El naturalista y explorador alemán Emilio Bessels, que perdió en un incendio sus manuscritos y biblioteca, se suicidó por no poder consolarse de golpe tan cruel.

Jules Claretié, que había donado su rica coleción de libros románticos a la Biblioteca del Arsenal, de París, compareció un día pobremente vestido ante el director de la biblioteca, le pidió permiso para hojear sus libros, y dos días después se quitó la vida.

Y, por último, el Marqués de Chalabarre murió de un ataque de desesperación al no poder adquirir un ejemplar de cierta obra, que en un momento de buen humor había inventado Charles Nodier.

En cuanto a las influencias Psíquicas que han suscitado, baste recordar Margarita Gautier, de Dumas (hijo), y el Werther, de Goethe.


*Cosa insólita me pareció, mientras tomaba notas de aquí y allá para ilustrar esta posada, que buen numero de autores, igual clásicos que contemporáneos, recurrieran al genero femenino para hacer más entendible y feliz su idea de lo que un libro es. Así, por ejemplo, dice Malatesta: "Mi familia son los libros, mi hogar, cualquier biblioteca. Quisiera que la Humanidad hubiese hablado un idioma en todos los tiempos, para leer los libros de todos los pueblos. La pasión por el libro me ha proporcionado días de inefables goces y de pesares sin cuento. Porque un libro, como una mujer, ama como aborrece, se entrega o se resiste, es fiel o inconstante, acaricia o maltrata, hace reír o llorar, y, a veces, dormir profundamente".


Se acabó. Venga, a ser felices y leer mucho.
Publicadas por Don Gaiferos a la/s 3:48 p. m. |  
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