lunes, agosto 23, 2010

Prueba


Publicado por Don Gaiferos en 10:24 a. m. |   Enlaces a esta entrada
sábado, diciembre 06, 2008

Pensando a Dirac desde el “Barrio de los Oficios” (3)

                               

Esto es saber hablar mal,
Por no saber hablar bien;
Y esto es mentir magistral,
Por siempre jamás, amén.

 

Inteligencias sin sospecha que son, presto habrán adivinado que la jaula bizantina con la que salí por peteneras de la capillada anterior, no era otra cosa sino que un puesto de prensa, al que me acerque (dada su matemática ubicación no me quedo otro remedio, a no ser que me hubieran sido devueltas las alas que como era preceptivo entregue a mi ingreso en la "Escuela de Aeróstatos del Káiser") con el garbo de un bull-terrier recién emasculado. Nada que destacar de los papeles, a no ser las pirulas semánticas con las que la perrada política pretende, a fin de que traguemos con la levedad del merengue su locura, vanidad e inmensa bobería, prostituir a nuestro hermoso lenguaje. Les disculpo empero, pues a saber que clase de mano les arrulló en la cuna para que tengan en tan poca estima el cabal significado de las palabras. Decía Comenio que el conocimiento cierto del lenguaje debía de basarse en estas premisas: a) La lectura comprensiva de la lengua materna en caracteres impresos y manuscritos. b) En escribir según las leyes de la gramática de la lengua materna, primero corrientemente, luego rápidamente y por fin con estilo propio. Y estilo propio es lo que sobra a nuestros electos, bárbaro y deletéreo y propio de molleras sin cocer, si, pero estilo al fin. ¿Enmendarse ellos?. No lo crean. Estos bocachocho autóctonos que sufrimos son seguidores a rajatabla de aquella máxima que dice: "La mierda, mientras más mierda, mejor mierda"

Recordome la profanación idiomática que a la vista tenia... a Martín, aquel zapatero de obra prima y azote de predicadores de Colmenar de Abajo que, según el imaginar del P. Isla, disparatando con truhanesca ignorancia sobre todo cuanto sermón le venia al oído, decía: ebanista por ebionista, marconista por marcionista, marrano por arriano, macabeo por maniqueo, y sucio enano por sociano.

 

Huele a algo que recuerda a los ajos y al pan recién horneado; huele, por resultar verídico, a pan caliente y a un arseniuro pasado por el carbón y debidamente lamido por una poderosa punta de fuego. Huele la tahona de la esquina; huelen las alcantarillas. Aromas de ciudad. A poco de finar la guardia nocturna, o eso doy en suponer tras consultar el reló con esfuerzo, la manceba de la botica riega unas plantas arbustivas que ha sacado a la calle. Por las pintas del follaje, gris plateado, se que se trata de artemisa u abrótano macho. Lo notable de su apariencia me hace caer en la cuenta de que en esta zona de la ciudad no hay verde, no hay árboles; los árboles conocen los secretos de los cuarenta y ocho vientos, pero como son discretos se les consiente. Otra cosa somos nosotros, los humanos. Sobre los humanos y los fármacos esta escrito por ahí:«Los pacientes por si mismos no pueden evitar la carga que ellos, con sus propias actitudes y comportamiento, han contribuido a crear con la moda devastadora y frecuente del innecesario uso de fármacos... Han apremiado al médico para que les recete, aun contra el mejor juicio de aquél... Se han convertido en compradores de recetas que van de un médico a otro, con el fin de lograr una medicación múltiple».

Licenciada Mª. Teresa Fariñas Baena, reza en una lustrosa placa, dorada, que se encuentra entre la puerta -de apertura automática- y un más que mediano escaparate. Además del apellido de la titular de la botica, de un celebrado "cancionero" y de alguna que otra mandanga que no viene a cuento, Baena es el nombre de una ciudad de la provincia de Córdoba, hecho difícil de olvidar cuando se tiene conocimiento de lo que allí, a caballo entre los siglos XVIII y XIX, se llevaba como uso a la hora de tratar con  los chicuelos olvidados por la fortuna. Lo cuenta José Jiménez Lozano en una nota de su imprescindible: "Los cementerios civiles y la heterodoxia española". Dice así: «En Baena había una fundación para niños abandonados, pero como los fondos para atenderles eran muy escasos, apenas se juntaban cuatro o seis niños, se providenciaba el trasponerlos, que así llaman entregarlos a un hombre inhumano que de noche, cuando no hay luna, los conduce en una bestia fuera del término de esta villa y los va dejando en donde le parece; a unos cuelga de los árboles, a otros deja en la encrucijada de los caminos y a otros en las entradas de algún pueblo o inmediación de algún caserío o cortijo, siempre cautelándose de que no le vean, y concluido se vuelve a cobrar... A unos se los comen los perros de ganados y cortijos; a otros, las zorras, cochinos, etc..., y los que escapan de esto es regular que mueran de hambre o de frío, y que sea muy rara la criatura que logre el que haya quien le recoja». Y pone el autor otros clavos cuando afirma que hechos como el narrado no tienen que pasar por exclusivos ni raros en aquella España impía y sin compasión ni "sentido de los otros" que hemos heredado.

En el escaparate, fulgente e impecable hasta la obsesión, productos de belleza femenina ordenados con matemática simplicidad, a más de un centón de leches maternales que todo mamoncete, forzado a ellas, debería de regurgitar furente como un géiser, pues no es de recibo que se le hurte la divina y nutricia teta en favor de un pienso de farmacia. ¡Legítima teta de señora para nuestros lactantes, cojones!. También un cartel que invita a participar en una campaña de donación de sangre y otro, mucho más grande y llamativo, en el que se anuncia un producto para el alivio de las otalgias infantiles. Lo típico y tópico, me digo: algún salicilato, un sulfato minimizado, Triamcinoloma acetonido, algún compuesto de Lidocaina, excipientes y a pasar por caja. Es la base gráfica del especifico publicitado una especie de "campana de Gauss", vivamente coloreada, sobre la que revolotea un niño en compañía de unas mariposas. Y esto, tranlari-tranlara, arma no se que resortes en mi mollera, les dispara, y, súbito, caigo en la cuenta de que a no muchas horas he de soltar una charleta sobre Paul Dirac. Ni llevo nada preparado... ni ganas que tengo de hacerlo. Improvisare, si; improvisare al modo en el que los cofrades de la cuba lo hacen con sus báquicos cantos: "La donna è mobile qual puma al vento...". Si, eso haré.

 

Tomen ahora aire. Una vieja difunta que no acaba de doblar para consternación de sus sobrinos sujeta al borde del colapso a un perro excesivo de pelaje mostaza e híspido que busca con frustrada obstinación los interesantes olores de los que la manguera municipal le ha privado. Tira el cabrón como un caballo y la anciana chancletea fatigada tras su terco indagar. Pero más que can, por grande y poderoso que sea, tira la estulticia de los bajo su patrocinio nacidos. Y este es el caso de la "probe" Bibiana Aído, ministra sin "ministerio" de cerebro romo como bolo, cursilinda e intelectualmente dotada como un adobe, hembra a la que aplaudir con un ladrillo en cada mano que, en lugar de asacar pijoterias a fin de seguir disfrutando del presupuesto, aconsejo se ponga a estudiar los rudimentos de la gramática de inmediato. ¿Qué no tomarán estos mata-idiomas para enloquecer más de lo que origen están, aunque lo estén asaz, y aun de sobra? En fin, dejemos a este consorcio de necios al que sufrimos con sus quiméricas tranlaradas y volvamos a nuestro modesto corral

 

Como no se si hubo días en los que Dirac tuviera periquito, perro, tortuga o gato al que rascar, acaso comience diciendo que tiene la criatura, sacada de pila como Paul Adrien Maurice, placa conmemorativa en la Abadía de Westminster; aunque va a ser que no, ahora que lo pienso, pues me se incapaz de sentarme a la abacial mesa sin glosar en cuaderna vía a "mi Señora" Doña Leonor de Castilla... No rulo en condiciones, oigan, y esto porque una filamentosa desidia intelectual me mantiene adormecido, en estado larvario. Y, si malo es que la mujer aventaje en prendas y fortuna a su marido, como dicen los clásicos, peor es tratar de manifestarse ecuánime cuando se carga con unas entendederas trituradas. ¡Porca miseria!... Va al suelo la bolsa que me arde en la mano. Un libro ("HIPPIE": Varios autores.- 30 X 26 cm., pastas duras y 384 págs. en papel de alto gramaje. Un mamotreto para leer con grúa, vamos) asoma la testuz y aun parte del titulo de un capítulo. Al completo dice: «Es más moral y más divertido llevarse la mano a la polla que el dedo al gatillo». La pizca de gozo que la sentencia me ha inoculado se va con un cartelón que a treinta pasos desluce a la puerta que cierra el vano de un arco flamígero, inmensa en contraste con las que se alinean en la misma calle, doble, de castaño del país y con nobleza probada. Se anuncian en él los servicios, tan fingidos como ignominiosos, de una de esas bocas de cloaca que postulándose como deposito de facultades “superanochiriferoliticoplasticofulgomegaextraterrenas” medran a lo canalla merced al dolor y a la ignorancia de los menos dotados. Porque la credulidad de la gente, grábenlo ustedes en piedra, es la sombra que corre pareja a la desesperación y a la letra escasa. Y conste que la responsabilidad de esta brutal patada a la buena fe de la gente ha de recaer inexorablemente sobre los incapaces para legislar con entendimiento claro, perspicuo; sobre la colonia de garrapatas endogamicas que, siempre para mal, nos gobierna: acanallada orden dedicada en exclusiva a perpetuarse, vivir del cuento y recaudar con ardor guerrero. Dos manguis como Rinconete y Cortadillo se saludaban así:

- ¿Es vuestra merced por ventura ladrón?
- Sí - respondió él - para servir a Dios y a las buenas gentes.

¡Ojalá nuestros consuetudinarios albardones sigan el ejemplo en un acto de generosidad con la verdad!

 

Otro modo practico para abrir el melón, me digo, consiste en citar a Stephen Hawking, quien sustenta la opinión de que es Dirac el mayor físico teórico británico desde Newton. Si, esto estaría bien, porque debidamente implementado con media docena de tosecillas claustrales, pausas valorativas, algún que otro carraspeo y no poco menear de papeles innecesarios, bien puedo alargar la cosa durante unos minutos. Diré luego que nace nuestro héroe en Bristol, en 1902, donde entre 1918 y 1921 estudia ingeniería eléctrica. Aquí puede que venga al pelo una gracieta sobre los ingenieros y sus expectativas laborales; ello por hacer mas cercano a Dirac, quien no encontrando curro remunerado y lejos de insistir o acudir a la sementera de climas mas cálidos, acepta dos años de colegiatura para estudiar matemáticas en la Universidad de Bristol. ¿Ilustrar a la sala sobre su programa académico? ¡No! ¡Ni de coña! ¡Vade retro...! Imprescindible huir como gato escaldado de la fatuidad teórica, porque al variopinto paisanaje al que me toca ganar tal método probablemente le aturda, a mas de producirle el síndrome de “párpado de haltera” y fuerte comezón en los huevos. Aunque en el hilar del discurso, lo sé, acaso tenga que referir la famosa pelotera surgida, principalmente, entre Bohr y Heisenberg por un lado y Einstein por otro, a propósito del "indeterminismo" o "Principio de Indeterminación de Heisenberg". En fin, lo que sea sonara... Son siete u ocho, hanseáticos, cicloturistas y sordomudos. Van a Compostela, Thule de piedra numinosa en la que toda criatura de bien debería de tomar solaz al menos una vez en la vida, a darse los reglamentarios coscorrones contra Sent Jamez, el santo lítico por excelencia.  Lastima de nuestra incapacidad para entendernos, pues en otro caso les hubiera narrado, por lo menudo y menos con intención didáctica que por darme un respiro, historias apócrifas de peregrinos de universal reputación con cuna en alguna de su ciudades confederadas, que eso era la Liga Hanseática, una asociación de ciudades comerciales que floreció en el N. de Europa entre los siglos XII y XVI. Tal es el caso de Don Gaudioponte "Rejotiznado", dicho así por tener el nervio del regocijo como berbiquí y con suave plumón negro; esto, según habladurías de mercado, por su metafísica manía (¿?) de estopar ánsares; que él, sobrado de orgullo y muy leído no quería ser menos, y a la viceversa, que el plumado progenitor de don Pólux y de doña Helena. Contome por lo onírico mi difunto amigo Nicolás G* C* que no peregrinaba el energúmeno por disgusto con las peculiaridades de su miembro, que bien le servia para saltar incansable de cama en cama, sino por haber varón después de la docena de hembras engendradas… O acaso les hubiese contado, en primer lugar, el molimiento a palos sufrido por el diañe Tarantán, cagatintas infernal que por hacer escarnio de los jacobitas de fe probada peregrinaba en la figura de un maestro de letras griegas dicho Herr Arnulfo. Los hechos tuvieron lugar en Sahagún, durante el transcurso de una tertulia de las que se solían en la tienda del maestro Conradus. Colócala Felipe Torroba Bernaldo de Quirós en "RETABLO ESTELAR del APÓSTOL” sita en “un arco del hospital, cabe la fuente”. Este Conradus Tudesco, añade, “era músico y sabia historias y sucesos de la Tabla Redonda y de Don Tristán y era muy solazador”. Vendía flautas y tambores y tenía de muestra dos arpas, que tocaba para alegrar a los peregrinos. Su mujer, añade, también era diestra en música “y había cantado para el rey de Navarra en su castillo de Olite”…  Cuenta también entre mis historias preferidas la de Jobst Pessler, maestro de cocina en la casa del “dapifer” del emperador que a las langostas titulaba "cardenales del mar" y se decía de la sangre de Herithor, perolero principal en la corte de Putifar el egipciaco y creador del huevo frito en manteca de dromedario. Este peregrinaba por cuenta de un consorcio de navieros que, la vista puesta en una peregrinación grupal, deseaba tener noticia fidedigna de los más felices albergues del camino; llevaba escolta armada y una recua de mulos en los que cargaba preciosas especias, ricos presentes para la iglesia de Sancti Jacobi y los trebejos indispensable de su oficio. Paraba en cortes, casas principales, cabildos, arciprestazgos y abadías de relumbrón por dar lecciones de cocina, que llevaba en cartera el salazón y ahumado del pescado y el punto del escabechado escandinavo. De su mano y en su compaña degustó Don Gaiferos en el "Piojo Verde", reputadisimo mesón maragato en el que se bordaba el bacalati al ajo arriero, unos filetes de trucha macerados en salsa de eneldo y cubiertos con un excelente guiso de lentejas saladas. Concluido el café con gotas que nos sirvieron tuvo a bien estampar su firma florida en mi yelmo emplumado…   Para postre de estas convergentes historias, tan improbables y atemporales como ciertas hubiera elegido, sin duda, la de la de donna Guda, más conocida en Occidente (En Catay, Bizancio, Gaula y  la Arabia Feliz aunque de sobra conocida lleva distinta nomenclatura)  como la "Doncella Menguante de Wismar": flor de lirio que partió para Jacobusland en su ser y tamaño y se asomó al "Campus Stellae" como de cuatro cuartas, hablando una lengua extraña, a mujeriegas montada sobre un zorro de nombre Pacomio que amansara para ella el frailuco de Asís. Cuentase que dio el "Poverello" con su tristeza a orillas del Ega, luego de haber amonestado -en latín litúrgico, tiendo a pensar- al capitán de una manada de lobos que estaba causando grandes daños en los rebaños de los frateres de Irache. Dice Escoto Magius, creo yo que siguiendo a Percivallius, que mudó la doncella a su natural ser y entender una vez se hubo adentrado en el bosquecillo de laurel romano que daba aromosa bienvenida a quienes llegaban a la ciudad por la vía de "Puerta Francigena". Se tiene noticia de que Pacomio acabo sus muchos y felices dias en casa de la discreta Meltchild, viuda de un honrado cambista procedente de la fría y brumosa Skenninge.   

- Oiga..., ¿como es que la damisela menguó así... por las buenas y contra natura?

- Eso es suceso que merece ser contado en otra ocasión y al detalle, don Sivardo, pero como me pilla usted con tiempo y humor le haré un adelanto. Veamos... Ponga usted que partió la muchacha con un grupo de burgueses de su ciudad, y que llegando a Aix-les Bains, la city de los baños salutíferos, como su nombre viene a indicar, alójose en casa de un pariente por parte de madre, pintor de oficio él y dado a las artes arcanas por añadidura. Cuente conque la curiosidad lleva a la moza al gabinete de prestigios del mago, e imagine ahora su mayúscula sorpresa,  un tocar asombrado de esto y aquello, un fisgar tan meticuloso como precavido... Y entonces, en el claroscuro de la abarrotada estancia y en la novedad del trajín, un ruido sorpresivo que asusta... Sigue a tal un violento sofaldeo, una redoma que cae y quiebra. Y,  al instante mismo, envolviéndola, un aroma como de humus arbóreo, vestido con colores de fantasmagoría y acompañado por voces innumerables de reinos secretos. He ahí la piedra imán de su desafortunada mudanza. 

- Ya caigo. ¡Había en la redoma diablo pasteurizado!.

- No señor, nada de danteanos diablos menores tiznados de hollines infernosos. Era la frasca primoroso contenedor  de esencias de la isla Egina, país de los mirmidones, criaturas que siendo hormigas pasaron a ser hombres. Como dice Estrabón, por su imitación y diligencia y celo hacia los trabajos agrícolas. Hija de un mirmidon con taberna en la Cuesta de las Aceitunas fue la dama Clítoris, tan hermosa que Júpiter se prendó de ella, y tan pequeña que para mejor gozarla hubo -el viejo verraco- de metamorfosearse en hormiga. Lo cual, bien mirado, no deja de encerrar cierta paradoja poética.

Abreviando: Se cita a la dama Guda -diré a los picados por la curiosidad- en un poema que en los fuegos de campamento recitaba un pirotécnico del valle de Sálnes que sale en un cuento que en mi imaginación escribiera Lisardo Ayras de Cela. Era aquel, dicho Caíño, de natural risueño, bebedor cabal, entrado en carnes y rubiales, pestorejudo, recitador y amigo de los parlamentos floridos y largos. Durante la guerra de Mantua asesoró a Ambrosio de Spinola sobre la efectividad del tiro artillero por curvas cicloidales. ¡Reputos hannoverianos!, cuenta Ayras que era su grito de guerra.

 

Entonces uno de los de la partida, acaso el de temperamento más audaz, se dirige hacia este deposante como al desgaire, patituerto en el andar, el pecho tenso y la larga barba de color castaño como queriendo beber el viento. Casi al instante una mujer sigue exacta sus pasos: recias botas, recias piernas, conjugada esqueletura. Aun con las taras con las que la edad al humano carga, pues doy en suponer a la dueña entrada en la cincuentena, luce lozana y garbosa, acaso, pienso en bobo arrebato, por haber sido destetada con la dieta para el caso -majao de nabos y leche de yegua- propia del país de Lubeck. Báltica la veo, ya digo. La cara la gasta redonda; el cutis trufado de nítidas pecas, curtido por los climas divergentes del Camino; unas gruesas trenzas  sacroimperiales que alardean vivaces sobre sus notables pechos enmarcan con perfección, insisto, un rostro de risueña lozanía... Un amigo que me sorprende en la taberna emborronando servilletas con esta parvada... Aquí, interregno al canto, pues debo hacer notar que me cuido muy mucho de que los íntimos  tengan conocimiento del tiempo que gasto en las presentes sinsorgadas... Pero a lo que iba: Dice mi inoportuno compañero de cuadrilla, erudito en las rarezas de la historia de la imprenta, que entre pitos y flautas he pintado -con palabras- a la señora Atalanta, viuda de un excautivo del turco, bombero de Viena que muriera cabeza abajo, ahogado en un bocoy de schnaps, la cual tuvo por su agudeza mucho predicamento en la disparatada y cacofónica corte praguense de don Rodolfo el segundo: atormentado, infeliz, piedrafilosofista descarriado, maniático calcinador . Y añade el cepedano:

- Doy fe de lo dicho por un aguafuerte de don Mathaeus Merian en el que sale la dama que pintaste, dando lección por el arte de la gesticulación al señor Michel Maier, médico de cabecera del imperante.

- Tengo oído que el hueleorines era de la cuerda paracelsiana.

- Ni puta idea, tu... Puede.

- Al hilo de la pijada esa de la hermenéutica de los signos. ¿Se sabe que discurso es el que endilga la Frau al matasanos?

- En esto hay no poca controversia. Por el pulgar de una mano extendida que la señora se ha llevado a la nariz, y, una como higa que marca con la otra mano, los más de los estudiosos opinan que, probablemente, de luz doña Atalanta a un capitulo peliagudo del Hieroglyphica de micer Horapolo. Un conocido nuestro cuyo nombre por discreción omito, tiene enviada copia de la estampa al Gabinete de Señas Secretas del Vaticano. Confía el matraco en que los graves prelados que desde siglos están en el señil cotarro, pronto le...

- Punto en boca, oye. Demasiado trabajo para concluir que se trata de una pareja de beodos intercambiando signos obscenos.   

 

Llegado hasta mi el romero de la barba caramelizada, echa mano de un artilugio que le cuelga de la cintura y me muestra, amarillo sobre azul, la dirección de un hostal que se cercano. La mujer de la estampa, que en envergadura le gana, observa vivaz por encima de su hombro. Me alivio entonces de la bibliobolsa que me lacera y cansa, la dejo junto a un canalón que deja escurrir un hilillo verdoso del que liban, pienso sin apenas reflexionar, seguramente las ultimas avispas de la veranada; deja la bolsa transparentar “El todo y la parte” de Heisenberg. Tiro entonces de bolígrafo, alzo una manga a la hanseática dama y, con la punta de la lengua al aire de la mañana, dibujo sobre su antebrazo un plano exactísimo. Escucho sonidos guturales y veo volar muchas manos. A la solana, desde la puerta del bar "Los Holgazanes", Pim, un dálmata con el que tengo amistad y trato, alza un párpado y contempla avisado las mariposas que aquella multiplicidad de dedos deja en el aire, luego vuelve a sestear, la cabeza sobre las delanteras patas. Pero Pim es sordo -tara congénita entre los señores canas de su raza- y probablemente sepa mejor que nadie de aquellos efímeros arabescos que se esfuman instantáneos en el aire. Pim es aristotélico y cuando paseamos suele sacarme a colación aquello de que la palabra humana es imitación y de que la voz humana es un órgano formado para la imitación. Desde que una vez me dijo que los ríos se beben unos a otros y a todos se les bebe el mar, servidor tiene a Pim por buen consejero. Ni que decir que junto a Herr Monty, mi gato, Pim tiene plato y asiento asegurado en casa. Poco le veo en los dias, que prefiere correr hoteles asesorando a los señores nipones... ¡Joder con el correr de la imaginación! Ustedes perdonen. Pues si, los señores pedalistas sordomudos me hicieron fotos. Les hice fotos. Hay manías...

De Dirac también tengo fotos, pero ello lo dejo para otro día. Para ya, casi, porque servidor esta a punto de dar golletazo a sus preceptivos cuatro meses de vacaciones, que es entonces cuando escribe... os escribe. Si, trabajo ocho meses y cuatro vagumundeo. ¿Pasa algo?

CONTINUARA

Don Gaiferos (El "don" es imprescindible)

martes, septiembre 02, 2008

Portada con Errata

En tanto me desperezo y vuelvo a "DIRAC" con renovado furor sintáctico, os dejo una imagen de " Portada de Libro con Errata".

- Oiga, don Gaitero... ¿como es que no hay correctores para tamaña pifia?


- Lo ignoro, doña Sinda. Y usted perdone por la carencia. Puede que sea cosa de la vista.


- Pues descuide usted, que servidora se sabe un sortilegio para junar como lince. Lea, lea, que aquí lo traigo apuntado.

PARA VER MEJOR

En la baja Bretaña, los granos de trigo se utilizan para las afecciones de la vista. El operador pone, dentro de una escudilla llena de agua, nueve granos de trigo que ha recogido, o mejor todavía, mendigado en nueve casas diferentes. Con cada uno de ellos, traza una cruz sobre los párpados enfermos, recitando cada vez una conjuración cristiana, que no hace referencia a los granos, evitando seguirlos con la mirada, ya que el enfermo no debe saber dónde caen. Este tratamiento se irá repitiendo cada mañana hasta conseguir la completa curación.

Para conseguir la curación de la «gota serena», se guardan los nueve granos bien secos y, con cada uno de ellos, se dan nueve vueltas en torno al ojo, partiendo del extremo izquierdo del párpado superior y apoyándolo ligeramente durante el recorrido. Mientras el grano va cumpliendo sus nueve evoluciones, se recita piadosamente:

Banne impie, me da ampech da vivi; de vertuz va greunen ed. En dour te vo beuzet. Amen.

O sea:

Gota impía, te impido que hiervas; por la virtud de mi grano de trigo, te ahogarás en el agua. Amén.

- ¿Qué le parece?

- Pues va a ser que lo probare con el ojo del culo.

- ¡Marrano!

sábado, mayo 24, 2008

Pensando a Dirac desde el "Barrio de los Oficios" (II)

Llegué leguas caminadas
por dar descanso a mis plantas
al lugar de menos santas
y de más canonizadas.

Versos del conde de Villamediana a propósito del ardor venéreo con el que las mujeres de Sigüenza acometían a los canónigos del lugar. Hijo de uno de estos, sochantre de la catedral, fue el jerónimo P. Sigüenza, a mi entender el más depurado estilista de la lengua española.

Pimentón. He de comprar pimentón para sacramentar a un congrio con patatas como Dios manda. Somos en casa en esto de los fogones manieristas y pródigos, poco o nada liberales, dados sin excepción a la veracidad de las recetas probadas. He de mercar, ya digo, medio kilo -a granel- de ese noble carburante rojo al que aquí decimos de "Aldeanueva". Es el congrio o Conger conger de Linneo una especie de anguila de mar inútil como animal de compañía. A Herr Monty le gusta un pedazo de congrio desespinado tanto como a mi... O más, vayan ustedes a saber que método gastan los señores gatos para evaluar los sabores. Es el teleósteo cabrón del suborden de los fisóstomos, con el cuerpo gris obscuro, casi cilíndrico y alargado, las aletas dorsal y anal las lleva festoneadas de negro; no tiene escamas y carece de aletas pélvicas. En los libros de cuentas incluidos en los registros de Tesorería del Real Patrimonio del Archivo de la Corona de Aragón, probado está que el congrio era habitual en la mesa de Alfonso V y doña María de Luna, representando su consumo -acaso- un signo del estatus y refinamiento de su cocina. En «La alimentación de la monarquía catalano-aragonesa...», dice al respecto Icíar Alonso Díaz de Alda: «Podemos establecer un peso “estandard”, situado entre 6 y 8 dineros la libra de pescado. Otros alcanzan hasta 14 dineros por libra, como el atún o incluso los 2 sólidos que paga Alfonso V por el congrio».

Pero el príncipe entre los congrios, "conger pot-pourri bretonante", según aquellas cartas de hermosa letra gótica que imprimiera Stephan Planck en Roma, era aquel que los días prescritos en el calendario litúrgico como de pescado, servíase en "La Ventana de Espuma", mesón armóricano a mano de nubes alzado en un peñascal sobre el que rompía bravía la mar océana. Carne blanquisima, gloriosa y firme como teta de novicia la de aquel singular pez. Natural, puesto que documentado está que los señores miembros del sindico de mesoneros de la bahia, encargaban hundir barcos, entre los roquedales, para que sirvieran al pez de criadero. Recomendome figón y plato, que allí se ilustra con finas-hierbas, guisantes de olor, patatas lucenses y huevos de avecillas canoras, doña Iseo, viniendo con don Tristán a baños a esta ciudad.

- ¡Tate! ¿Es esta señora Iseo aquella monjita exclaustrada que cogía puntos de medias en la plaza de la Árnica, frente al cepo del corregimiento...?

- No señora... Espante a esos moscones que lleva el crío en los mocos y ponga oídos al cuento.

- No tenga cuidado..., los bichos con alas le entretienen. Más si son d'estos, de colores.

Y aquí relate a doña Teódula, sin demasiadas señales, parte de lo que con ocasión de la egregia visita, párvulo en letras, escribí como recordatorio en su día. Dije así:

- Y fue que con San Martín a puertas vino a baños monsieur Tristán..., con doña Iseo. Él, hijo de rey; legitima esposa de su tío ella. Harto de andar a baños el señor príncipe llegó, pues corría la voz de que los tenia probados todos, hasta los hediondos aquellos tan salutiferos de Bourbón-l'Archambault, en los que curó el tío Calandria de aquel paquete que le dejara de balde la signora Bubba Rasini, cuando se estrenó acá, en el Orfeón Viejo y por carnestolendas, "La picara y Sir Gallahad". Pretendía su señoría remedio para las secuelas de una cadrilada que llevó durante aquel singular combate en el que acochinó al señor Urgán Velludo . Viajaba en litera, sumergido hasta la cintura en un barreño con agua tibia -salada- y esencia de romero. Su caballo, Passebrevil, iba detrás, de la mano de uno de librea imponente de aspecto, conciso de gestos, mongol de nación. Marchaba el noble bruto, digo, enjaezado como para tamborrada, con la rica gualdrapa de respeto preceptiva en Cornualles para embajadas.

- ¿Llevaba la Señora corte de juglares y damas?

- No señora. Venia en un palanquín descubierto, grande la encintada pamela criolla... por preservar su cutis de lirio del sol del membrillo. Y a un gesto de su mano en hilo encajada, una enana que a su vera cabalgaba un poni, asperjabala con agua perfumada.

- ¿Hubo zambra? ¿Se celebró la llegada?

- Así se lo ordenó su serenisima, pariente por la rama de don Olinos "Timonel" del infante viajero, a los asustadizos desgarramantas del Concejo y Cabildo. Llamose entonces a fray Homero Beckford, maestro de arcos triunfales de la casa reinante, quien llegó desde Aquisgrán con cumplida cuadrilla de alegres legos haldeadores y dos lebreles zamoranos, pues no se privaba su parernidad de correr a la esquiva liebre si la ocasión pintaba : Inter aves turdus, si quid, me judice, certet; inter quadrupedes, gloria prima lepus, que decía mi pariente Marcial. Y en un visto y no visto levantaron a esta mano del río, sobre el puente de los Siete Ojos Puntiagudos, un arco como no ha sido visto otro... por lo hermoso y galano. Llevaba enramadas, emblemas, cartelones salutatorios y hasta, pásmese usted, cuatro autómatas a resorte -vestidos a la moda parisién - que tarareaban, bien conjuntados y afinada su voz de caña, melodías de moda: O Sole Mío, Jeu de Robin et de Marion, Suspiros de España, Madelon, Der Templer und die Jüdin, La Cucaracha, Lili Marleen, Cambalache...

- Alguna se la tengo oída al ciego Olmos, el que tañe en la Plaza de la Lana.

- No interrumpa que se me va el oremus, y con él la cordura de la lengua... ¿Qué iba a decir? Si, claro... Lo que distinguía a este arco de todos los con anterioridad construidos era un huevo de barro horneado, forrado con una de esas telas a las que dicen de Jouy, sobre la que se representaban, con fina labor de aguja, minutisimas e imponentes escenas guerreras. Mulligan, Alférez de Bandera de los Cabalgadores de la Frontera, dijo que por ciertos motivos repetidos que se daban, entendía se trataba de una alegoría de la muerte, con las armas en la mano, de L. Catilina: «Nobili genere natus, fuit magna vi et animi et corporis, sed ingenio malo pravoque. Huic ab adolescentia bella intestina, caedes, rapinae, discordia civilis, grata fuere. Ibique juventutem suam exercuit»... Colgaba la figulina maravilla aovada de la ojiva aflamencada que hacia las veces de pináculo del arco; hueca y del tamaño de una canasta forrajera, abría y cerrabase a voluntad mediante un juego de bisagras colocadas poco mas arriba de la mitad de su altura. Dentro iría Serenin el Despernao, con sombrero de Poitou, anteojos ahumados y levita burdeos con orlas doradas y bocamangas galoneadas; llevaría una bocina en una mano y una carraca de Gascuña en la otra; esta la agitaría contundente y marcial inmediatamente despues de simular romper el cascaron y salir del huevo, cuando a toque de pífano y timbal se le advirtiera de que las señorías estaban ya al oído; aquella la utilizaría para clamar, alto y claro: ¡Viva Tristán el Insigne! ¡Viva Iseo la Bella! ¡Viva él, viva ella! ¡Salud, Flor de Leonis! ¡Salud, Garza Rubiales!.

- Muy de entretener es esto que vuestra merced predica; figurese que me trae a las mientes... a esos "pasos" que por fiestas traen en cartel los cómicos. Servidora por el que mas gusto tiene es por el del "Caballo de Troya y doña Helena"... Pero gustaría me diera mayor razón sobre los figurantes que salen, y de como fue que la dama Iseo le soplara al oído el fundamento de sus golosinas de puchero.

- Otro día, acaso, siga el cuento. Ahora están al caer las diez y he de ir a tomar mi lección de danza.

- ¿Baila usted el paspiés, don Gaiferos?

- Ni el passe pied ni nada, señora mía. Me preparo para saber componer la figura con garbo y salir airoso en un cuadro que el señor Toulouse-Latrec está pintando. Venga, tome estos sueldos jaqueses, lléguese al mercero de la Escalerilla y pida le sirva, para el mocoso, unos pañolones como los que los predicadores gerundianos llevan en la manga. ¡Con Dios, señora!.

Ya lo ven ustedes, una pizca de pimentón en la punta de la lengua y heme aquí dando traspiés con el bolo colgando, enfangado en ejercicios dialécticos de carácter arcaizante que únicamente prueban mi relativa habilidad para huir de la pereza intelectual sin apenas esfuerzo. Que le vamos a hacer, de momento y dadas las circunstancias es lo que hay. Sumo y sigo...

Hagan ustedes cuenta, si gustan, de que me encuentro dando traspiés por lo constituye el cogollo de la bimilenaria ciudad, en algún lugar temporal y espacialmente dislocado de lo que he dado en llamar, no sin razones de peso, "Barrio de los Oficios". Acabo de echar una meada, lenitiva e inabarcable, en el lugar que para tal menester esconde el tabuco de un hospitalario zapatero; cargo con una bolsa de libros que por lo pesada cansa y lastima, y, como camino herido por fuego en la planta del pie, más que andar anadeo. En vez de aplicarme una pomada de inenarrables propiedades, quizá hubiera de haber hecho uso del consejo que en el "cuaderno de tapas de abedul de mi bisabuela" viene para el caso: «Linimento óleo calcáreo, o sea una mezcla en partes iguales de aceite de almendras dulces y agua de cal». Una nota datada en febrero de1955 añade: «Para las quemaduras superficiales, aplicar compresas mojadas en vinagre o en una solución de bicarbonato sódico o sal común. Cualquier grasa protectora, como vaselina o pomada de (ilegible), es útil; pero es mejor no utilizar pomadas si se piensa poner la quemadura bajo observación médica».

Brotó de un día para otro -como hongo maligno- en medio de la calle; es del color de la hierba mojada y remata en una cúpula en forma de cebolla, dorado; el cerramiento es negro, plegable y con remates plateados... No es la primera vez que cargo contra la falta de gusto que abunda a la hora de plantar eso que los modernos vienen a llamar mobiliario urbano, ni según marchan los gustos será la ultima. Y sin acritud sostengo que esta nueva pieza que se nos ha dado es tan procedente como un canguro cornudo en un belén, aunque al fin y a la postre no este en mi animo volcar en ella una critica severa, puesto que la fisonomía entera del "habitáculo" complace, a lo grande, a una de mis innumerables juventudes doradas, picaras, de media letra, blogocosicas, sin otros cuidados que un techo sobre la cabeza y la panza llena. Me conduce, digo, a aquellos despreocupados años que pase, chifla que te chifla y vuelve a chiflar, en el Imperio Romano de Oriente, catando vías, veredas y caminos con mi rueda de afilar. Me recuerda la blasfemia urbanística municipal, digo, a la jaula desde la que don Jericho Zerolo de Montova, castrato y maricón, cantaba en los jardines del castillo de Hereia para la corte bizantina: "El purpurado con lirios tocado", su vulpina esposa, nobilissimi, fiorentissimi, clarissimi, eminentissmi, obispos y ermitaños, príncipes de la retórica, cónsules de la filosofía, abogados, notarios, médicos, jefes de hospitales, directores de orfanatos, lenones y yo, servidor que vaciaba sus navajas de acero toledano y mango florentino y que por "imponderables" de los tiempos ha de dejar, hasta mejor ocasión, esta narración.

LO SIENTO

CONTINUARA.

Don Gaiferos (El don es imprescindible)

martes, abril 15, 2008

Pensando a Dirac desde el "Barrio de los Oficios" (I)

De Ávila llega un pelaire,
de Burgos un cerrajero,
de Palencia un alguacil
ha traído su consenso.
A Salamanca se escucha
por la voz de un pellejero,
por Medina un tundidor
y por León un herrero.


Una ligera presión y cesa el rugir orgánico de la radio, donde un hablantín de alborada, oriniento como llave en el fondo del mar, ¡matarile!, venia opinando que no le faltaba a don Camilo su cuota de razón cuando dejó escrito: “Don Ibrahin de Ostolaza y Bofarull II le dijo a don Silverio el Ecónomo IV: La Compañía de Jesús, el Partido Nacionalista Vasco y la ETA, son una y la misma cosa en diferente grado de maduración”. Salgo a la calle con una mano ocupada en una bolsa de libros que pesa como rueda de carro; con la otra me sirvo nicotina: C10 H14 N2 o (S)-3-(1-metilpirrolidin-2-il) piridina, como jamás pronunciamos los del oficio pero coloco aquí por puro culto al feísmo. Puesto que pertenezco a la obstinada y casi extinta grey de los “cal-cantanos”, a trechos silbo o canto, y , en tanto el sol se hace explícito sobre los viejos depósitos del ferrocarril, mi anima rural añora el canto del gallo: gallo que no canta... Sigo adelante, elucubrando, haciendo cuenta de las diferencias que hay entre pensar, imaginar y fantasear. El camino de lodo al que en la ciudad llaman río parece resuelto a mostrar su verdadera naturaleza acuosa. Acuosa y asquerosa.

- Las monjas tienen poderes, tía... - dice la más mona de las tres adolescentes con las que me cruzo; el resto de la sentencia se me escapa y en la memoria del viento queda.

Sufro una quemadura en la planta de un pie (nadie en su sano juicio acertaría a adivinar como me la hice) y camino con la parsimonia lucida de un boyero que acarrease nitroglicerina. Ingreso en el Barrio Viejo, llamado ahora con eufonía municipal Casco Antiguo, donde la naturaleza del firme de la calzada me obliga a caminar como si llevase una estela funeraria pendiente de los colgones. Las calles se estrechan, y por entre el tajo de sus tejados observo como las nubes mudan de nariz y de orejas y de boca... de peinado.

- Y primi fili Adami et Evae fuerunt Cainus et Abel; quorum hic pastor, ille fuit agricola. Uterque obtulit dona Domino, sed dumtaxat dona Abelis, quae á recto espiritu procederent, placuerunt Deo: quidod quidem Cainus moleste tulit, atque ita invidia correptus, fratrem interemit. Tum Deus maledixit Caino, qui veniam desperants, fugit...

- ¿Como dice usted?

- Digo que el viento es el cirujano plástico de las nubes.

- Pues va a ser que si, oiga.

Mediada la Cuesta del Convento me adelanta un tipo de aspecto ruin que cojea con muy mala traza. Debe de estar mochales el cabrón, puesto que durante el acto de dejarme atrás saca la lengua como can y da en pasar por ella, compulsivo, el pulpejo de uno de los pulgares, acaso soñando despierto en pasar las páginas de una Biblia a la viceversa. Al tiempo que esto ocurre alzo la voz y canto: “Los cojos para bailar llevan la fama / pero para trabajar tienen la patita mala” . Y no es que tenga yo cosa alguna contra los cojos, oigan: ahí esta, por ejemplo, micer Hefesto, zoppo y feo hasta rabiar con quien por lo común hago buenas migas. Claro que, cuando donna Afrodita, la de los muslos flojos y querencia por el pampanaje de cualquier mastuerzo por natura bien dotado, pone al maestro herrero en suerte de varas, seca este como primera provisión la bodega de don Zeus (por eso y no por otra cosa opositó a olímpico copero), y perdidos bonete, tenazas y martillo trasmutase en un perrezno insoportable... ¡Cuesta superada!. Giro a la izquierda, enfilo la plaza y a la altura de la Cal de Putas doy con ocho o diez miembros de la compañía de escobas del Corregimiento; son hembras la mayoría, y todos y cada uno porta un bocadillo capaz de dejar con bascas de hartazgo a mi señor Pantagruel y compaña.

Calles angostas las que pateo. Ruas de lacónico tiro en las que el aliento tóxico de de los furgones de reparto agrede a los sentidos. En la túnica compleja de ese aire enrarecido, estampado queda el concierto de las horas que pronuncian unísonos los campaniles. Qué se yo porque desacuerdo me vienen unos palabras de Stendhal a la punta de la lengua: “Voici des détails exacts”. Callejeo dolido, congestionado y tieso como "Cipote de Archidona"; pesa la letra de la bolsa que acarreo y a cada sorpresa la mudo de mano. ¿Quedaran extraviadas palabras por el camino?. Un chino tira de un carro del que rebosan comestibles cuya fetidez disimula el plástico con el que van amortajados; tiene la jeta de batracio y los andares de un mulo de artillería; hace un alto, ceba el cañón con un mugido de res carnicera y dispara un lapo que, en cuanto a color y tamaño, recuerda mucho a una tortilla de espinacas podrida. Retoca luego la obra con la punta de pie y continua su venenosa y sínica marcha. Todo con una espontaneidad que no necesita de estimulo alguno. Y ahora, el animo regenerado tras la avalancha, dudas: ¿Hacer presa en su cuello hasta que cruja como rama seca? ¿Reprenderle ásperamente? ¿Vitorearle por el prodigio a mis ojos ofrecido?. No acierto a decidir conque eslabón quedarme, así que, con cierta simpatía y cerrando los ojos ante la prueba de cargo, opto por silbar un fragmento de “El Huésped del Sevillano”.

- Es usted bobo, don Gaiferos. ¡Mira que dejar sin su correspondiente zurrapelo a un chino que empuerca la ciudad...!

- No se moleste usted, don Pepemeremenegildo, pero servidor tira más por lo simbólico.

- ¿Como?

- Que el símbolo es -sub ratione psychologica- vehículo transparente de la imagen.

- ¡Hostia, tu...!

Rugen cerrojos y puertas y trapas; rugen las tripas "añudadas" de quienes sin catar bocado van al tajo. Se afanan los tenderos madrugadores. Va la cigüeña parroquial del nido a la charca. Pasa con la rigidez somnolienta de boa ahíta la "manga-riega-que-aquí-no-llega". Se saludan con sintaxis coloquial los avenidos a la hora.

- ¿Como dices...?

- Digo que los que van y vienen a la misma hora se saludan, por costumbre, y aun si conocerse de otra cosa, mediante actos ilocucionarios declarativos... ¡Buenos días!. ¡Vaya bien!. ¡Que te jodan!. ¡Hasta mañana!...

- ¡Ah!. ¿Y eso sabiaslo tu ya, o enseñarontelo en la fabrica?

- Verá, don Teófilo, esto lo llevo en la mollera desde que don "Nicaso", el profe del Instituto que se suicido comiéndose una mala gramática comentara que, como el habla tiende al pragmatismo, debería de explicarse por su causa y efecto, por sus resultados interpretativos inmediatos. Le diré más: para el difunto y para un extranjero al que seguía, en el habla existen actos asertivos, comisivos, directivos, expresivos y declarativos...

- ¡Cojonantuan! ¿Pero... tu no andas, como da pregón tu madre, en eso de preñar a las mujeres que con picha no cargan?

- No señor, eso son infundios; servidor anda itinerante con una máquina de la verdad, paranoica y estresada. Saco empleados desleales, cónyuges cornupetas, funcionarios corruptos, falsas preñadas, jueces prevaricadores, obispos disolutos, violadores de arrepentimiento falsio, sanadores de pega, exiliados de pasar por caja, tullidos fingidos..., cosas de esas. Engaños.

- ¿Has enchufao a algún concejal de los d'aquí?

- No señor, los hideputas antes que dejarse tiran de cabritera.

- Naturranga...

Y sigo la trama vetusta de las calles, de acá para allá, a saltos beodos de caballo de ajedrez. Cargo con la vejiga llena y no puedo menos que envidiar a un chucho sin amo que mea indolente sobre un pilar de los soportales de lo que fueron casas del Cabildo. Ya no se ven perros vagamundos. Una pena la ausencia de su cervantina figura. ¿Progreso?. No lo creo. Me gustan los perros solitarios y emancipados, cata hombres, vivales; los perros de andar al albur que, en cuanto a orgullo, achican hasta la nada a sus congéneres falderos. De joven, uf... cuanto hace, les protegía a pedradas de los laceros. Cerbero me lo pague.

Me complace que las calles estén rotuladas con nombres de oficios viejos, de gremios, de artes. Nombres de afán y labor, identitarios; nombres que acaso den significado a un pueblo interesado en saber como fue un día. Su sonoridad, a la vez melancólica y honrosa, siempre es ocasión, para mi, de nuevas indagaciones conducentes a garbear por la historia a mi manera. Como es de ley.

Y, al humo de esta sobrevenida hoguera, decir que hay un texto, en catalán, capaz de embrujarme toda vez que a viva voz le leo. Expurgado por imperativos de tiempo que no vienen al caso, viene a decir así:

«... En quant a oficis de arts mecanicas, son los més de sabaters, sastres y fusters; hi ha agunas botigas de rellotgers, que cada dia se van extenent, perqué casi los més portan rellortge en la faltriquera; quinquillayres, cofieras, modistas; sense las de molts perruquers y chocolaters, que se van aumentant de dia en dia. Altres butigas de llibreters, los mes en lo carrer de la Llibretería; de argenters, fora alguns en diferents carrers, tots en lo carrer de la Argentaria o de la Plateria. Altras butigas de robas en est carrer de la Argenteria, Barris de Santa María del Born y carrer de Montcada; en lo carrer Ample las més de las butigas son de brodadors, pasamaners, quinquillayres, y altres de est genero en molts carrers y plasas de la Ciutat. Los calderers estan en lo carrer de son nom, vehí de la Boria; los blanquers y assahonadors prop del rech de la Esplanada; los courers, llautoners y estañers en la Boria; los guerrers, en lo carrer del Tallés los més; los escudellers, en los dos carrers de son nom; los daguers, en lo carrer de la Daguería, propr de Sant Just; los manyans, en lo carrer dit del Regumí y en los altres puestos de la Ciutat, los primers prop de la Capella de Sant Christofol y plasa de Correu. Los ferrers de tall, a la entrada del carrer del Hospital, cantonada a la Rambla y frente de la Bocaría. Los manascals y carreters en la Rambla y prop de Sant Agustí vell, ab tot aquell carrer del Portal Nou, etcétera. De arts lliberals, a saber: pintors, estudis de llegir y escriurer, apotecaris, metges, cirurgians y barbers; advocats, notaris y procurador; escribents notaris ab los del ram de Contaduria: marchsns, corredors de orella, fadrins de negoci, etc., ni ha de tots prou grosa porció en la Ciutat, com també butigas de adroguers.»

[...]

Excursions d'En Rafel d'Amat Cortada i Senjust per Catalunya i Roselló en l'últim quart del segle XVIII.

CONTINUARA.

Don Gaiferos (el "don" es imprescindible)

sábado, marzo 22, 2008

RUBRICA DESDE UN BALCÓN LEGIONENSE.

IMAGEN: J. Casares/EFE - Plaza Mayor de León - Procesión del Encuentro - Domingo de Resurrección.

Presta juramentos, dicta leyes sublimes,
derriba a los malvados, levanta a las victimas
y, bajo el firmamento, como bajo un dosel,
se embriaga con los esplendores de su propia virtud.

Baudelaire.

... Y la calle un espacio escénico en el que se representa un "Auto Sacramental" en el que todos son actores ... Y la ciudad una corrala tocada por la gracia, paradójica y extrema, del alboroto y del silencio complementarios ... Y en la corrala un espectáculo ciudadano en el que la tradición festiva equilibra fe y escepticismo, pues basta "Ser" para añadirse a la comparsa, sin otro requisito que valga ... Y mi alma pecadora, extraviada por la racionalidad y la critica, en un balcón ornado con motivos -inamovibles por costumbre- que desdicen la veracidad histórica del espectáculo, haciendo cuenta y memoria de aquellos "Autos" tremendistas que me gustaban tanto; los ojos puestos, ¡dita sea!, en las hechuras carnales de las hembras que, como grullas moñudas negras, desfilan haciendo labor de calceta con sus rosarios. Una gallinita pomposa y bien formada a la que doy por suponer recién recibida en la pollada me trae a las mientes unos versos de Rodrigo de Reinosa:

Delgadica la cintura,
blanca soy como el papel,
la color tengo mezclada
como rosa en el rosel,
el cuello tengo de garza,
los ojos de un esparver,
las teticas agudicas
que el brial quieren romper...

... Y don Gaiferos con la razón perdida tras el palmito de una mano de hembras curvilíneas talladas en negro. Bobo sin remisión, ignorante de la quiebra de su propio y sincopado discurso. Porque don Gaiferos, antes que otra cosa, solo pretendía hablar de la almendra literaria del espectáculo y, por extensión, de aquellos autos que por desmesurados y abundosos en numero pasaron a denominarse «comedias de santos».

Y que comedias mas espectaculares, señores; las mas garrulas en su aspecto formal pero sin embargo las mejor aderezadas de acuerdo con los recursos mecánicos de la época. Descojone conceptual, tramoya y pura pirotecnia, pues de todos estos ingredientes era necesario abusar para "reproducir plásticamente" la vida de un santo: tentaciones, milagros, apariciones y visiones, ascensiones al cielo, luchas intensisimas con el diablo... ¡Joder, pero si se gastó mas pólvora en estas comedias piadosas que en la flota de Indias!. Y al publico de entonces, como al de ahora, le encantaba la demasía escénica, el escándalo figurativo y el artificio. Una mierda para los rigoristas tocapelotas (Platón y Sócrates también se manifestaron contra los excesos teatrales) empeñados en eso del "tempo" dramático y el uso justo del idioma. ¡Que sabran ellos del ornato y pompa que Dios guarda con los bienaventurados!. ¿A quien le importa que San Mercurio vuele en día nublado y guíe a los Reyes Magos? ¿A quien le molesta que San Pedro, vestido a la tudesca, converse con el emperador Juliano y con Atila? ¿A santo de qué, las Animas del Purgatorio, dirigidas por el Arcángel Rafael, no pueden celebrar un casamiento real con bailes y música de chirimias?...........

PROTESTA:


Ceso en este decir por una urgencia inexcusable en el trabajo . Lamento escribir -por costumbre- de corrido y sin apenas notas que puedan dar sentido a una continuación de lo que por una u otra razón interrumpa. En mi animo estaba, sépanlo, perorar (lo que antecede era introducción) sobre el calendario judío y la Pascua, los textos evangélicos y sus autores (que para nada son lo que pretenden ser) y el proceso a Jesús. Punto, este ultimo, en el que mi falsilla iba a ser el maravilloso libro de Paul Winter (Moravia, 1904. Abogado de profesión, judío de nacimiento... Tras una azarosa vida de resistente, se ocupo, después de la guerra, de la ayuda y rehabilitación de las "personas desplazadas". Dedicó los últimos veinte años de su vida al estudio del Nuevo Testamento y el juicio de Jesús, ganándose humildemente la vida como camarero de tren o empleado de correos...), titulado «EL PROCESO A JESÚS».

Otra vez será.

Don Gaiferos (el "don" es imprescindible)


lunes, marzo 10, 2008

UNO DE GETAFE EN PARÍS (III)

«Si tú callas,
se me mueren a gritos mis palabras,
mientras se oye la Ausencia con graves pisadas
y el mundo parece que queda a tu espalda»

J.G. Manrique de Lara

PREVIO A LAS UVAS: La literatura que he encontrado acerca de la figura de Daniel Urrabieta Vierge (no se tengan en cuenta catálogos, sucintas reseñas de exposiciones o gori goris de subasteros que a nada conducen) resulta de una pobreza extremada: como si existiera una conspiración para hurtárnoslo a los ojos. Pero no hay en estas tierras que con tanto acierto dibujó, imaginación y voluntad para semejante esfuerzo. Si que hay, para tomar y regalar empero, desidia e inepcia sobradas... Apuntar como curiosidad, no obstante, que en la extensa, magnifica, culta y "fiera" introducción que Antonio Bonet Correa hace de “EL FUTURO MADRID”, obra de Angel Fernández de los Ríos citada aquí, he dado, satisfecho y por una de esas circunvoluciones del azar, con una referencia a Urrabieta Vierge que dice así:

Samuel Urrabieta Vierge era hijo del grabador Vicente Urrabieta Ortiz (1823-1879) y hermano de Daniel Urrabieta Vierge (1851-1904), el gran ilustrador del siglo XIX, cuya brillante carrera se desarrolló en Francia. Para la bibliografía sobre Daniel véase el libro de José Filgueira Valverde, El viaje a Galicia de Urrabieta Vierge, (1880), Santiago de Compostela, 1969. Sobre Samuel no existe ningún estudio especial.

Es el motivo de la nota:

En el número 26 de junio (1880) el propio Jacinto Octavio Picón escribía la larga necrología (sic) de D. Angel Fernández de los Ríos. Su texto censurado en Madrid aparecía por lo tanto incompleto. Pero estaba ilustrado con un retrato hecho por Samuel Urrabieta, una alegoría de Fernández de los Ríos en su lecho de muerte por Pellicer y una vista de la escena del momento de depositar el cadáver en un furgón del tren que desde la estación de Orleans llevaría sus restos mortales a Madrid, también de Pellicer.



El cuento viene de aqui:

¿Qué iba a pasar?... ¿La muerte lenta?... ¿El eclipse de una fama?....

La parálisis no afectó, por fortuna, a su voluntad. Voluntad gigantesca, verdaderamente titánica, que le hizo vencer su roto destino. Así, poco a poco, recobró la memoria y sus neuronas fueron abriéndose a la luz del recuerdo. Así, poco a poco, fue adiestrando su mano izquierda al ejercicio artístico, y sus dedos dominaron otra vez el secreto de las líneas y las formas. Así, poco a poco, a pesar de ser mudo y hemipléjico, venció su angustioso estado por la poderosa voluntad y los destellos gigantes de su vocación artística. Con razón Edmundo de Goncourt escribió sobre esta resurrección del artista: «En el naufragio de su cerebro ha quedado una célula intacta: la célula del dibujo. No sabe leer, no sabe escribir; de tal modo, que para firmar una obra tiene que copiar trazo a trazo la firma de un dibujo antiguo, y, sin embargo, ¡oh, prodigio!, con la mano izquierda dibuja con igual facilidad y perfección que antaño...! ¡qué desgracia, esta muerte de la mitad de él mismo y, ciertamente, de algo de su talento, cuando iba a hacer un tan bello, un tan original, un tan español Don Quijote...!»

En 1889, Urrabieta se presentó con sus dibujos a la Exposición de París. Presidía el jurado Meissonier, quien no conocía, personalmente a nuestro compatriota. Propuso otorgarle la Medalla de Oro, a la vez que proponerle al Gobierno francés para la concesión de la Legión de Honor. Unos días antes de la inauguración, Urrabieta fue, acompañado de un pariente, a visitar la exposición. Al advertirle, le rindieron un sentido homenaje de aplausos. Unos días más tarde, justamente el 5 de julio, se le ofreció un banquete (Hasta no ha muchos años los del mundillo banqueteaban de lo lindo por cualquier pijada. Para muchos de los nuestros no dejo de ser un mata-hambres. Café, copa y puro eran el colofón obligado en todo evento artístico-cultural de la época que se preciara. ¡Puta Miseria!), al que acudió todo el París artístico y literario de la época, para el cual hubo un emocionado, a la vez que lacónico, colofón verbal de Urrabieta, quien con un gran esfuerzo apenas pudo balbucir: «Merci».

Urrabieta Vierge vivía en una casa de Boulogne-Sur-Seine. Allí pasó los últimos años de su vida. Vestido con una blusa blanca, trabajaba todos los días ante el caballete, sentado en un sillón de tijera. La luz del sol le entraba a raudales por una amplia cristaleda [...]

En un testero del estudio tenía Urrabieta un gran armario, especie de arca sagrada, en la que guardaba el tesoro de las ilustraciones de sus célebres obras: originales, primeras pruebas de láminas, esquemas... Allí se veían: «El escultor y el Duque», poema de Zorrilla; «La Monja Alferez» (VIDE); «El último Abencerraje», de Chateaubriand; «Don Pablo de Segovia», de Quevedo (Ver capillada anterior); «Le Cabaret des trois Vertus», «Rôtisserie de la Reine Padauque», de Anatole France, etcétera...

Vierge fue un extraordinario ilustrador de libros. Tenía un dominio absoluto del lápiz y una depurada técnica a base de pluma y aguada [...] Un editor francés recogió parte de estos dibujos en una obra titulada «Au Pays de D. Quichotte». Otra parte de ellos, doscientos setenta dibujos, se publicaron por el editor inglés Disher Unwin (Fisher), bajo el título «The history of the valerosus and witty Knight errant Don Quixote of the Mancha», en 1906.

El gran poeta cubano José María de Heredia (Heredia Girard; no confundir con Heredia y Heredia, cubano también), uno de los mejores amigos de Urrabieta en París, escribió de él: «Todo cuanto la poesía, la historia y la novela han creado de más bello en este siglo, Vierge lo sintió, lo comprendió y lo tradujo; y al hojear la gran historia de Michelet y tantos libros de Victor Hugo, no se sabe qué admirar más, si la prodigiosa fecundidad del dibujante que los interpretó, o la soltura y variedad verdaderamente maravillosa de su genio... Los estudios más pacientes y eruditos no podrían suplir a ese sentido misterioso, casi adivinatorio, que presta a la obra de Vierge un vigor original, un encanto extraño y penetrante, en el que parece haber resumido todo el arte del posado. Yo he visto en la pared de su taller un grupo de sátiros y de egipanos con guirnaldas de pámpanos, blandiendo tirsos y ejecutando una danza que Eufronio o Nicóstenes no hubieran tenido a menos representar en el fondo de un ánfora o de un kylys. Alguno de sus burgueses o prebostes de París, bien iluminado, podría ocupar su puesto en primera línea entre la multitud que se oprime en el estrecho cuadro de las miniaturas de Jehan Fouquer. Ese torneo en que la lanza de Montgomery tiñe de sangre real las flores de lis de Francia, esas batallas dibujadas de golpe, recuerdan los ingenuos y expresivos grabados en madera que adornan y explican por su comentario figurado, en las páginas del Sueño de Polifemo, las más sutiles alegorias de Coloonna. Esos asaltos, esas tomas y saqueos de ciudades, esas matanzas horribles parecen haber sido grabadas por algún Romyn de Hooghe, alucinado, con atrevido buril, sobre la plancha ásperamente mordida. Ese raitre es digno de Goltzins (*) (Goltzius, creo yo), ese altivo perfil de caballero parece obra del buril de Tomás de Leu. ¿Y donde habrá aprendido a cabalgar tan intrépidamente nuestro jinete...? Y esos seis violinistas con pelucas rizadas, chaquetillas de seda con adornos de encaje y calzón acampanado que tocan alguna pavana o paspiés o zarabanda nueva, en obsequio de la noble dama que los escucha sonriendo, apoyada de codos en la mesa donde se ve un frasco de vino, pastelillos y confituras, ¿no habrán tomado parte en los divertimentos que Poquelin de Molière sabía imaginar tan bien para recrear al Rey Sol? (Aquel que amariconó la indumentaria masculina poniendo de moda los zapatos con un palmo de tacón) Pero volved la hoja: la página es tan sombría como la otra era clara y alegre. Destacándose en negro, bajo un cielo negro también, estriado de líneas de luz, en las que se adivina el color de sangre, y por la pendiente de una cuesta pedregosa y agrietada se ven desfilar, en medio del silencio de la noche, varios caballeros armados y encorvados sobre sus monturas derrengadas. Otros conducen de la brida sus cuadrúpedos tan pesadamente cargados que tropiezan a cada instante, siguiendoles algunos perros escuálidos y con el pelaje erizado. Se ven diez, se imaginan ciento y se sueñan diez mil. Y no sé por qué esos pocos baqui-bozuks (aunque no se me escape el termino en su contexto narrativo, quedo pendiente de su significado exacto y de la propiedad discursiva del mismo) que vuelven del merodeo evocan el horror de las grandes invasiones de las hordas victoriosas, hartas de carnicería y de rapiña que llevaron a la conquista del mundo al feroz Atila, a Tchinghiz y a Timur».

Sigue el poeta Heredia:

«La parte puramente moderna, toda de actualidad, de la obra de Vierge, no es la menos extraordinaria. Ha renovado el arte de la ilustración por el sentimiento de lo perfecto y por el estudio inteligente de la realidad; y no se sirve de fórmulas triviales de pura convención, usadas por sus predecesores, cuyos dibujos imnpersonales no parecen ser más que reproducciones de cuadros. Doré, el más grande de todos por su prodigiosa interpretación de la luz y de las sombras, no fue más que un caprichoso de imaginación romántica y soberbia, pero con mediana ciencia y un dibujo ilusorio [...] Por otra parte, ninguno (de sus predecesores o contemporáneos en el oficio) ha conseguido abarcar tanto: en un dibujo de pocos centímetros produce la ilusión de la multitud innumerable y bulliciosa de las arquitecturas gigantescas, de los espacios inmensos y de las perspectivas infinitas [...] Vierge no es nunca seco ni descuidado y su ejecución, sabiamente variada, está siempre en armonía con su visión y su concepción. Mirad ese Nacimiento de la Infanta -grabado publicado en “Le Monde Illustré”-, esa escena de alegría y de pompa reales, donde bajo las arañas de oro y los artesones ricamente esculpidos, entre el brillo y esplendor de los tapices, de los cuadros y de los muebles suntuosos, entre la magnificencia de los trajes de las damas, de las vestiduras de los cardenales y de los obispos y el lujo de los vistosos uniformes militares recamados de oro, se desborda, corre y fulgura esa luz alegremente deslumbradora y tremulante tan querida del milagroso Fortuny...»

[...]

«El otro día hojeábamos juntos, en su taller de Boulogne, los cuadernos y álbunes que trajo del viaje que emprendió para seguir las huellas del Caballero de la Triste Figura. Mientras pasaba en revista, aunque apuntados tan sólo por algunas líneas al loápiz o por poderosos toques de acuarela, todos los países que Cervantes celebró: la Mancha estéril, los campos de Montiel, Argamasilla de Alba, Cárdenas, Alcázar de San Juan, con el divino Toboso y los campanarios, los miradores, las ventanas enrejadas, las hosterías y las gentes de Sierra Morena, donde el enamorado hidalgo dio tantos tumbos caballerescos en la Peña Pobre (hasta dejar ahíto al más glotón tengo escrito -en este apartadero- sobre estos raciales lugares), con sus cielos tempestuosos, sus rocas cegadas por el sol, sus terrenos agrietados y sangrientos y sus horizontes de azul sombrío, observaba de reojo el gran artista, que parecía complacerse en mostrarme cuánto había trabajado...»

Es ahora don José Altabella quien toma la palabra:

Murió Urrabieta Vierge y su obra quedó unos años en su estudio, cuidadosamente guardada por su hijo. Luego, la compró la «Hispanic Society of América», de Nueva York. Y en 1936, Elizabelth du Gué Trapier publicó un interesante estudio sobre el gran ilustrador con las reproducciones de los fondos de tan interesante obra. En 1944, en el cementerio de Montparnase, un reducido grupo de aficionados, bibliófilos y artistas, rindieron un homenaje póstumo a nuestro compatriota, colocando una lápida sobre su tumba, gesto piadoso y sentimental que mereció una crónica de don Eugenio d'Ors. Y hasta hoy (veintiocho de abril de mil novecientos cincuenta y cuatro), que volvemos a exhumar el recuerdo españolisimo del gran ilustrador Urrabieta Vierge.



Don Gaiferos (el "don" es imprescindible)

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