sábado, agosto 25, 2007

De cuando las Elipses se reafirmaron en los cielos (III)



Si bien no estoy seguro de que mis gustos concuerden con el ritmo general de este tiempo (efímero en cuanto a la organización del pensamiento, camastrón y proclive al fiar de quienes "gobiernan" - en política todos somos cornudos pacientes- , banal y ñoño hasta saciar, consentidor y desculturalizado, resorte de pulsiones inmediatas, tabularrasente y sin noción de que, como los frutos y los arboles, el ser y madurar requiere tiempo...), si lo estoy, empero, de mi arrebatada incapacidad para enmerdarme en lo que debo. ¿A santo de qué, sino, iba a dejar un montón de papelones que me serán necesarios para hablar de Keplero?.

Digamos que para un carácter como el mío es inevitable. Qué igual me da. Qué al que no le guste le eche le eche azúcar; se asocie al Piercing Fans International Quartely; se inmole en fanáticas llamas; relate en no menos de diez mil palabras como el Japón ha migrado, desde un feudalismo tardío, hasta las mas avanzadas formas de organización industrial; tome jabón por el culo; cante y cantorizze sobre los grados de infinitud de los conjuntos infinitos; escriba redondillas o, por poner, traduzca y anote estas líneas que recuerdo: «Sed ubi, omnibus rebus exploratis. Petrejus tuba signum dat, cohortes paullatum incedere jubet; idem facit hostium exercitus. Postquam eo ventun est, unde a ferentaris praelium committi posset, maximo clamore, infestis signus concurrunt (de este venir a las manos con voces y encarnizamiento no estoy seguro, acaso marre): pila omittunt, gladiis res geritur. Veterani, pristinae virtutis memores, comius acriter instare, illi haud timidi resistunt; maxima vi certatur. Interea Catilina cum expeditis in prima acie versari; laborantibus succurrere; integros pro saucis sauciis accersere, omnia providere; multum ipse pugnare; saepe hostem ferire; strenui milites et boni imperatoris officia simul exequabatur (¿exsequebatur?)»

Mierda, otra vez el ego me ha perdido...

¡Keplero. Qué chaparrón me viene encima!

Trago saliva, tomo aire y corro como braco tras las calzas de la liebre malparida. Malparida en cuanto a aspecto, oigan, porque mira tu que no era feo este Keplero. Un aborto en la madurez redivivo. O no tanto, que, a veces, se me van los dedos en pijoterias literarias. Trato sin embargo con un retrato suyo que tengo a tres cuartas de la nariz y en base al cual le pretendo describir:

Tiene Keplero una cara enjuta que tras la barba se adivina alargada, flor de carrillos hundidos enmarcada por una alta gorguera tan característica como poco agraciada, que cae impoluta sobre unos hombros caídos y estrechos. La nariz la tiene un pelin larga y nada puntiaguda; la boca, apenas esbozada, proyecta unos bigotes largos y reciamente afianzados. La larga barba, bien recortada, apunta a blanco bajo los labios; las orejas llegan a intuirse algo grandes y separadas de la cabeza. Los ojos los tiene redondos y muy remarcadas las cejas. El semblante es a la vez sereno y advertido, de persona metódica y reflexiva. Porta en las manos regla y compás, instrumentos indisolubles de la figura del astrónomo....

Puta pario, saltémonos el paréntesis de esta comedia y hablemos en serio:

Hasta entonces, como he apuntado en capilladas anteriores, para los filósofos y astrónomos era evidente que los planetas se movían en órbitas circulares; idea que no varió tampoco cuando Copérnico desplazó a la Tierra de su posición central y, como a los demás planetas, la hizo girar alrededor del Sol. Fue pues, gracias a la precisión y habilidad observadora de Tycho y a la sagacidad matemática de Keplero que pudo establecerse el verdadero principio al que se subordinan todos los objetos que orbitan en el cielo.

El paso hacia adelante que la «Astronomía Nova» representó para la Astronomía moderna es, por lo menos, tan trascendental como el dado por Copérnico. Pensemos que lo teorizado por este era de momento pura Geometría. Sin embargo, con Keplero surgen preguntas nunca pronunciadas y empiezan a vislumbrarse cosas nuevas: ¿A santo de qué un planeta ha de moverse más veloz en las proximidades del Sol? ¿Existe alguna fuerza originada en el Sol que actúe sobre los planetas que le orbitan?... Asuntos que representaron, digámoslo claramente y con sencillez, un viaje sin retorno entre lo especulativo y cerrado y lo empírico, dinámico y abierto.

Decir además que de aquella andaba también en danza otro apasionado admirador de la teoría de Copérnico: se trataba nada menos que de Galileo Galilei (1564-1642), el primero de los físicos según el concepto que en la actualidad se tiene del oficio. Este, que había oído de la invención de un aparatejo que conseguía hacer como próximos a objetos lejanos, se construyó el mismo uno (telescopio, le llamo) y descubrió con el tubillo de marras -poco después- las cuatro lunas más brillantes de Júpiter [1], las manchas solares, los cráteres de la Luna, las fases de Venus y la conformación de la Vía Láctea por innumerables estrellas. Estas novedades, de las que por supuesto Keplero tuvo nuevas, movieronle a publicar en 1610 «Dissertatio cum Nuncio Sidero», y un año después, cuando hubo construido su propio telescopio [2], la afamada «Narratio de Observatis Quatuor Jovis Satellitibus», donde consignó sus propias observaciones sobre los satélites galileanos.

Todo esto entreverado de pesadumbre y amargura, pues al fallecimiento de su hijo Friedrich en 1611 siguió, casi sin solución de continuidad, el de su esposa, con la que había tenido tres hijos: Susana, el citado Friedrich y Ludwing. En 1612, tras el fallecimiento también de Rodolfo II, Keplero deja Gratz para ocupar un cargo de matemático en la ciudad de Linz, puesto en el que se sostuvo hasta 1626. En esta ciudad austríaca sita en la banda derecha del Danubio, nuestro paciente Keplero contrae segundas nupcias con una tal Reuttinger, enseña, estudia y calcula y calcula...

A raíz de su bendito empecinamiento en explicar de un modo general los movimientos planetarios en su conjunto, Kepler pudo en su «Harmonices mundi» presentar su tercera ley del movimiento de los planetas. Esto fue en 1619. Para ello, tras un poco de filosofía sobre la belleza armónica del sonido, mucho cálculo, baños de geometría y los conceptos enumerados en sus leyes anteriores como punto de partida, Kepler estableció la proporción respectiva de la velocidad angular de un planeta en la proximidad y lejanía del Sol -no digo afelio y perihelio, como debería, por no joder-, observada desde este, y comprobó que estos coeficientes concordaban armónicamente. Luego, mediante un cuasi secreto procedimiento de cálculo (K. desarrolló un sistema de calculo infinitesimal para su propio uso), logró reducirlos a los intervalos de las escalas musicales mayor y menor. Pitagórico y hermoso a la vez. Un hacha este Don Keplero. Veamos ahora esta tercera ley:

3ª.- El cuadrado del periodo[3] de cualquier planeta es proporcional al cubo de la distancia media del planeta al Sol.

Esta tercera ley establece que si T1, T2, ..., son los períodos y r1, r2, ..., los respectivos semiejes mayores, se cumple:

T1^2 / (2r1)^3 = T2^2 / (2r2)^3 = k

o lo que es lo mismo:

T1^2 / r1^3 = T2^2 / r2^3 = ... = constan.

Como veis hemos relacionado el período de un planeta con su distancia media al Sol, que es igual al semieje mayor de su órbita elíptica. En forma algebraica (T = período de revolución; r = distancia media planeta - sol) la cosa quedaría de la siguiente manera:

T^2 = Cr^3 donde la constante C tiene el mismo valor para todos los planetas.

Pasa el tiempo y de nuevo recaen sobre Keplero penas propias de la jodida época que le tocó vivir. En el año 1620 la inquisición incoa contra su madre un proceso por brujería; dejando por los caminos tiempo, salud y dineros, corre el hijo al terruño para salvarla; logra su liberación pero eso no es sino un breve respiro. Tras unos años intermitentemente benignos la Guerra de los Treinta Años había comenzado a causar víctimas y estragos. Kepler y familia se mueven con cautela de uno a otro lugar. Lejos de permanecer ocioso durante este tiempo de mudanza compone, basándose en las observaciones de Tycho, las «Tabulae Rudolphinae», que extremadamente precisas reducen los errores medios de la posición real de un planeta de 5º a 10'. Corto de bolsa y por recomendación del emperador Federico II, allá por 1628 se presentó Kepler a Wallenstein (un militarote bastante tacañete que había sido capitán en las campañas de Hungría a las órdenes de Rodolfo II y a la sazón general), para cobrar unos duretes que se le adeudaban desde sus tiempos de Praga. Viaje en balde y pretensión vana. Mala jugada del destino, mejor dicho, porque mientras papeleaba y papeleaba intentando hacer valer sus derechos ante el Parlamento, en Regensburg (Ratisbona), falleció de rabia rabiña + pena penosa + desaliento + exceso de fatiga. Esto fue el 15 de noviembre de 1630.

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NOTAS:

•1.- Recordar que Júpiter es el mayor de los planetas, y que está rodeado por la más numerosa family de de satélites: trece para ser exactos, divididos en dos grupos; el denominado galileano, compuesto por las cuatro lunas mayores, y el de los otros nueve de dimensiones más mermadas. De estos últimos solo uno, "Amaltea", es interior a los cuatro observados por Galileo, que en orden de distancia al planeta son Io, Europa, Ganimedes y Calixto.

• 2.- Debo hacer notar que Kepler también puso su granito de arena en el campo de la óptica. En 1611 afirmó que para pequeños ángulos de incidencia el ángulo correspondiente era proporcional al de refracción, principio con cuya aplicación se pudo dar una idea general de la teoría del telescopio.

• 3.- Periodo de revolución: tiempo T que tarda un planeta en describir una órbita.

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CORRESPONDENCIAS:

<> "GALILEO GALILEI" -> Moti dei corpi celesti.

<> Instituto de Física Rosario -> La música de los planetas.

<> Jet Propulsión Laboratory -> Solar System Simulator.

<> UNIVERSIDAD DE PIURA (Facultad De Ingeniería) -> LA IGLESIA Y LA ASTRONOMÍA, AÑOS 1200 A 1800.

Don Gaiferos (el "don" es imprescindible)


domingo, agosto 19, 2007

De cuando las Elipses se reafirmaron en los cielos (II).

«Quien adscriba el movimiento de los mares al movimiento de la Tierra asume un movimiento forzado; pero quien deja que las mareas sigan a la Luna, hace del movimiento, en cierto modo, un movimiento natural» (Johannes Kepler, indicando la posibilidad de que la atracción de Luna fuese la causa de las mareas)


Estamos en el último cuarto del siglo XVI; en Astronomía la autoridad de Ptolomeo era casi inatacable, aunque gracias a la constante observación de los astros estaba a un paso de recibir una patada en el culo. Para el que todo lo meaba la tierra era el mismísimo centro del universo, y alrededor de ella giraban sucesivamente la Luna, Mercurio, Venus, el Sol, Marte, Júpiter, Saturno y las estrellas fijas. Esta descabalada disposición hacía necesario que estos cuerpos se movieran en complicados círculos cuyos centros se movían, a su vez, en otros círculos igual de complejos (epiciclos). Entonces llegó el huidizo Copérnico, quien expuso que los fenómenos observados podían explicarse en un plis-plas en el caso de admitirse que el Sol fuera el centro del Universo y que la tierra y sus planetas colegas se movieran a su alrededor; no obstante, no pudo presentar prueba concluyente alguna de estas afirmaciones, y sus explicaciones caían, además, en el error de suponer a los cuerpos celestes moviéndose uniformemente en círculos. Hasta que Keplero y Galileo tiraron de la manta, la inmensa mayoría de los astrónomos no abandonaron la teoría de Don Claudio Ptolomeo.

Juanito Keplero cabeza de huevo, que tiene estatua en Weil, su suabo pueblo, nació el 27 de diciembre de 1571, en el seno de una familia que, como el perro del afilador, comía chispas por comer algo caliente. Desde los tres a los cinco o seis años, nuestro Juanito se sabe fue a vivir con sus abuelos; a sus padres, campesinos de estomago gruñón y que comeremos mañana, se les debía de hacer difícil atender a un chicuelo frágil como monda de cacahuete. Porque nuestro buen Keplero nació enfermizo y flojo de remos, incapaz, por decir verdad, de batir un huevo con alegría, dar vuelta a una esquina, apedrear a las gallinas o mear, a mediodía, mas allá de su sombra.

Con tales antecedentes a nadie extrañe que tras el cónclave familiar mas rápido de la historia, se decidiera largar a Juanito a la escuela del Convento de Adelsberg, en aquella época -digo yo- especie de lazareto al que catapultaban sin miramientos a los flojuchos, pobres, transiglesuelos y demás fauna bípeda de dudosa supervivencia. Una suerte en definitiva, porque de tanto en tanto de aquellos apartaderos salieron al mundo algunas de las mentes mas inquisitivas y preclaras. Esto, que ocurrió en 1584, cuando el chicuelo contaba con trece años, se mantuvo hasta 1589, fecha en la que nuestro buen Keplero, acaso atormentado por un puñado de cuestiones teológicas a las que sus maestros no sabían dar respuesta, ingresó en el archiconocidisimo seminario protestante de Tübingen (Tubinga en los mapas castellanizados, a una patada de Estrasburgo, ese sitio de la Francia inundado de gorrones oficializados; industriosa capital de Baden-Württemberg, Alemania).

Keplero, a quien los libros parecía restablecían la salud, da en aquel seminario con un maestro a la altura de sus expectativas e ingenio. Michael Mästlin se llamaba el tío: especialista, diríamos hoy, en las "nuevas matemáticas" (en otra ocasión, si me da la ventolera y lo recuerdo, os hablaré de las innovaciones de la materia durante aquellos siglos) y en astronomía. Por sus disertaciones supo Keplero de las rompedoras teorías de Copérnico, aun cuando el taimado Mästlin, loco por no adentrarse en ningún carajal que le apartara de su regalado puesto (o como yo sospecho, con más miedo a las mazmorras de la autoridad y al gato de siete colas que gusto por la verdad) hiciera todo lo posible para dejar en la penumbra de un si es no a la heliocéntrica propuesta.

Keplero, sin embargo, sintiose inmediatamente seducido por la nueva coyuntura en la que se situaba al "universo", y en sus ratos libres hizo un preciso balance sobre los pros y contras de la conjetura coperniciana. De aquella, estoy seguro, el jodido seminarista ignoraba cuan trascendental iba a ser la astronomía para su inmediato futuro. Entre pitos y flautas corren los meses y se le llena la cara y se deja barba, hasta que en 1594 se le llama para ocupar un puesto de profesor de Matemáticas y Moral en el Seminario de Graz (Austria), de aquella mucho menos cerril y dogmático que el de Tübingen. Alli, en Gratz, dio a imprimir su primer tratado astronómico: «Misterium Cosmographicum» [1], que apareció en Tübingen en 1596.

A raíz de esta su primer obra, Kepler pasó a ocupar el punto de mira de Tycho y Galileo, y en 1600, al ser perseguidos los protestantes de Gratz (La idea fue de Fernando de Estiria -acérrimo católico educado por los jesuitas- quien ordenó que se cerraran los templos y escuelas protestantes de la ciudad, que se expulsara a los pastores encargados del culto y que se desterrara y confiscaran los bienes de los piernas que no se convirtieran con una amplia sonrisa en el rostro) llamole Tycho como ayudante suyo a Praga. Esta colaboración, aunque trascendental, resultó menos provechosa de lo debido, pues quiso el destino que Tycho-Brahe estirara la pata en 1601. Además, maese Tycho era un cascarrabias del copón que, al parecer, ninguneaba al sosegado Keplero.

Luego de esto don Keplero, que para la ocasión ocupaba el puesto de "matemático imperial", se dio a la labor de revisar el material que Tycho había recopilado; comenzó, como no podía ser de otro modo, con las observaciones que el viejo gruñón había realizado sobre Marte desde su observatorio de Dinamarca, dándose a continuación al cálculo de la trayectoria de este planeta, cuyos resultados pudo hacer públicos tras no pocos esfuerzos en su «Astronomía Nova» [2], 1609.

Y es aquí, en «Astronomía Nova», obra dedicada al emperador Rodolfo II, donde tenemos el privilegio de dar con las dos primeras de sus tres leyes universales:

1ª.- Los planetas describen elipses en uno de cuyos focos está el Sol.
2ª.- Los planetas recorren áreas iguales en tiempos iguales
[3]

Continuará.

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NOTAS:

1.- Libro que siguiendo las ideas platónicas, asocia a las trayectorias de los planetas en torno al Sol a los cuerpos regulares de la geometría. Es decir, en el espacio tridimensional (léase órbitas entre planetas) únicamente se pueden inscribir cinco cuerpos regulares cuyas caras sean polígonos regulares entre si: entre la órbita de Saturno y Júpiter, el hexaedro; entre las de Júpiter y Marte, la pirámide y, en el interior del sistema planetario, el dodecaedro, el icosaedro y la doble pirámide. Al mismo tiempo y en el primer capítulo de la obra se decide definitivamente por la teoría de Copérnico.

2.- Antes había publicado “Astronomía pars Optica” en 1604, “De Stella Nova” en 1606.

3.- Dicho de modo menos cicatero: Las áreas barridas por los radios vectores (Segmentos rectilíneos que unen el cetro del Sol y el del planeta que sea) son proporcionales a los tiempos tardados en barrerlas. Enunciado que nos permite colegir que la velocidad de los planetas aumenta a medida que se acercan al sol, no siendo su movimiento, pues, uniforme, sino periódico. Por mejor decir, tal solo puede cumplirse si la velocidad propia del planeta al ocupar una posición aleatoria en su órbita, se repite al pasar por ella en las sucesivas revoluciones. Mas claro, coño: El movimiento de un planeta es el de un móvil que recorre repetidamente una trayectoria, pasando a intervalos de tiempo iguales T por la misma posición, con idéntica velocidad en valor y sentido.

Don Gaiferos (el "don" es imprescindible)



sábado, agosto 18, 2007

De cuando las Elipses se reafirmaron en los cielos (I).

En principio la línea argumental de esta capillada pretendía ser antípoda de la que, mas abajo y si tenéis la amabilidad de seguir leyendo, veréis que refiero. Achacar la mudanza a la trinidad de costillas que con chulesco desapego pero considerable mala uva llevo fracturadas. ¡Malditos sean tales puntos geodésicos de dolor que no permiten ni una risa, ni un estornudo, ni un venturoso eructo!

Y nadie tome lo dicho como debilidad lisonjera; no lo es. Es sencillamente la reseña de un hecho incontestable. En verdad, este posante jamas se ha quejado de ningún alifafe; los lamentos difuminan la realidad y crean en el entorno desasosiego y cierta obscena pestilencia que mueve a la melancolía. Y la melancolía, mal que pese a los poetas desatinados y meones, no postula vida, sino que con su poso de indiferencia perpetua, genera una distracción mostrenca e insana que falsea la naturaleza real de las cosas. En ocasiones, señores, es preciso apostatar de los bellos enunciados. En fin, paciencia y a seguir bogando.

Hoy venia a contar una historia que fue cierta, aunque lamentablemente no empezara con el vigor narrativo de aquel romance que dice:



-Cuéntame una historia, abuela.
- Siglos ha que con gran saña,
por esa negra montaña
asomó un emperador.
Era francés y el vestido
formaba un hermoso juego:
capa de color de fuego
y plumas de azul color.



Hoy venia a largar sobre esos "especímenes de silicio gelificado" conocidos como geeks, de su cacharreia mayormente inútil, prescindible; hoy venia a hablar de su enigmática fijación por el Japón, a lo que parece significativo centro esotérico de peregrinación al que acudir, mansuetos y acriticos ellos, para que tenga lugar y sin equívocos esa gloriosa epifania que les identifique, de por vida, con su propia y neurótica fijación por los gaddgets de toda condición y pelaje. Pero los dichos tales, quelonidos para los que la innovación es partogenesis que no requiere de esfuerzo, sino de una sólida tarjeta de crédito y de una tienda en la que exhibirla con el correspondiente orgasmo, parece van a quedarse -proclamo dolorido ahora- con la cabal indiferencia con la que os les envuelvo y vendo: Sin critica alguna, sin tizona que les asiente los lomos y reduzca a cenizas los símbolos de su bobería. Tiempo habrá... Con lo dicho bien podréis comprender que considero al gremio o especie socialmente prescindible. La verdad: me exprimen las vísceras quienes hacen exhibición de naderías por el simple y radical hecho de poseer dinero.



Por cierto, rondando obligado y sin gusto entre ellos, se me mostró una monstruosa maquineta capaz de ¿predecir? - permítaseme el disparate- lo que duraría el olor del pedo de un enano en la Luna. Pero cada maquina vale lo que el operador que la maneja, no mas, y aun estoy esperando de cualquiera de aquellas animas siliciodigitalizadas hasta el disparate la respuesta de aquel problema de bachilleres que dice:



«Un can listo como el hambre aprendió a contar según un sistema de numeración en base 3. Traducía el animal cero por U, uno por G y dos por A. ¿A qué numero se refería cuando hacia GUAUGUAU?.»



Digo lo de siempre. Cierto que toda generalización acarrea injusticias, pero al mismo tiempo deja un poso de verdad que no debe rechazarse.... Vaaale, acabo; no gastare ni un gramo de pólvora mas en prolegómenos para la mayoría -y con razón- infumables. Decir sin embargo, por manifiesta necesidad, que la ruptura inapelable con la intención primera de esta capillada, tuvo origen en cierto prurito chulesco que me mantuvo, bailando sobre la punta de los pies, desde el punto y hora en el que tuve conocimiento de la opinión que estas avecillas (en el fondo no son mas que aburridos smurfs que fían la vida al ingenio de los demás) sobre las que vengo soltando leve y condescendiente plomo guardan sobre Japón. O sea que la almendra de lo que no fue consistía en un puro rebatir. En un decir nones a la visión de Japón que explicitan: superficial, pueril, de tramoya, coincidente con lo que los enanos amarillos quieren que veamos.



Argumentos para lo que nunca fue: Estuve mas tiempo y pase por allí casi antes de que ellos nacieran.- No puedo subir al desván y emperrarme en buscar los cientos de folios de mis impresiones.- Mil mas...



Me cansa escribir de pie. Dejo Palacio y me voy a "Libertonia"



Como continuación os hablare del señor Keplero... Acaso mañana... Seguro, oigan.



Don Gaiferos (el "don" es imprescindible)



martes, agosto 07, 2007

De Don Gámez y el mentir de las "estrellas"

Señores Censores, una chanzoneta popular viene a decir:

El mentir de las estrellas
Es muy seguro mentir,
Porque nadie ha de subir
A preguntárselo a ellas...


Y es que el motivo de esta posada no es otro que el de afear la conducta de quienes mintiendo con toda frivolidad, siéntense ofendidos cuando, quien sea, les restriega la razón por el rostro. ¡Y de que modo se ofenden, qué atrocidad, que golpe para su "honor" resulta ser la verdad!...

En suma, manifestar mi más firme apoyo a Luis Alfonso Gámez. Respaldar con todo vigor la totalidad de lo que hasta la fecha, y referido a la obra de Juan José Benítez, ha escrito o declarado.

Si, he tenido ocasión de comprobar que en cada línea por la que el inclito autor (I O I O I O) descuelga la pluma deja, invariablemente y sin aviso de invención, una barbaridad, una melonada, una contradicción, un despropósito, un embuste...

Dramatizo y sigo:

- ¡Me río yo de Julio Verne!.
- Y eso?... Don Gaiferos.
- Planetanoseque; ese "indómito" ricino suyo que ponen en la tele.
- Es verdad. El de los cabezones líticos que vuelan.
- Y el de una corseteria, dicha "La Parisien", administrada por un americano en la Luna.
- ¡Ah! ¡vaya modo de desbarrar!
- En efecto, señora Otilia. Piense usted que los charlatanes diligentes y aplicados a cualquier cosa que tocan, por nimia y pedestre que sea, por la magia de la credulidad y mediante no poco interés, gustan de convertirla en puro disparate. En carnaza para crédulos. En amonedado.
- Claro, y luego dicen que se le calumnia porque de lo que aseveran, si se lo pidieran, no pueden demostrar nada.
- Eso, señora mía. Pero de algún modo hay que defender los caudales y la buena vida. Tal es el honor que se gastan los de semejante cofradía.
- Fíjese, amigo Gaiferos, no había caído yo en que se pudiera levantar un falso testimonio de la verdad por dinero.
- Eso y mas, amiga mía...

Ya lo se, me falta chispa y resulto espeso. Natural, oigan, que escribo torcido como letra arábiga por causa de tres costillas fracturadas. Y yo no miento como los fantasiosos sujetos de los que vengo hablando...

Ah, si, la Justicia. Por lo que sea (¿qué será-seria?) desde chico me enseñaron que mejor es que te juzguen justos que no jueces. Lo creo y en ello sigo; lo cual no quiere decir que no respete las leyes, sobre todas aquellas que debiendo estarlo no están escritas: Falta, por ejemplo, una contra la ignorancia, la cual facultaría a los poderes públicos para mandar a parvularios y asimilados a los remamahuevos que, aun mediando buena voluntad e inopia mental y abandono, dan en creer en las conspicuas mentecateces de los impostores de los que vengo hablando.

Señores Censores, hay otros versillos que dicen:

He visto un burro volar,
Y una torre andar a gatas,
Y, en el medio de la mar,
Un lobo asando patatas
Para a la noche cenar.


Y les juro a ustedes que hay mas verdad en ellos que, por poner, en los objetos de critica de los enlaces que recomiendo y siguen:

<- Los vendedores de misterios, en la revista ‘Rolling Stone’

<- Del plagio de Troya al montaje lunar

<- La marca terrícola del anillo marciano de Benítez

<- El ‘Planeta encantado’ de Benítez vuelve a TVE

<- Silencio encantado

<- El momento estelar de ‘Planeta encantado’cuando Benítez sentó a Jesús en el Coliseo

<- “Los enigmas no deben ser desvelados”, concluye Benítez en ‘Planeta encantado’

<- Un estudio de animación vasco creó la base lunar de ‘Planeta encantado’ por encargo de Benítez

<- Un inexistente espía de la CIA reveló a Benítez el hallazgo de una base extraterrestre en la Luna

<- Benítez confunde Prehistoria con Historia y niega la escritura al Egipto de los faraones

<- A ‘Planeta encantado’ se le funden los plomos

<- Seres del espacio “dieron el primer aliento civilizador” a los bereberes


<- ‘IOI’: un anillo para engañarlos a todos y llenar de extraterrestres la Prehistoria


<- Los escépticos españoles se movilizan contra el ‘Planeta encantado’ de Benítez

<- Juan José Benítez, en busca del Arca perdida

<- La sábana santa: cuando tres laboratorios desmontan el invento de los vendedores de misterios

<- Colón fue el último en llegar a América

<- Jesús de Nazaret estuvo sentado en la grada del Coliseo romano antes de que se construyera


<- Las estatuas de la isla de Pascua se trasladaron hasta sus altares volando


<- El legado de los Picapiedra

<- Juan José Benítez desentierra piedras grabadas en Ica treinta años después

<- Benítez, el 11-S y los pseudoescépticos argentinos


Y ahora, puesto que he propuesto se azote en plaza publica a los farsantes a lo benítez, a cobrar de los Servicios Secretos del Condado de Treviño, a dar reposo a mis maltrechas costillas, a enlabiar blasfemias cuando la tosfumata me sobrevenga, a matar el tiempo como buenamente pueda y a reírme de mi mismo. Con dos cojones...

Don Gaiferos (el "don" es imprescindible)

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