martes, septiembre 25, 2007

Membrillo y Gato en el Tejado.

Imag: Herr Monty, espléndido felino que reina despótico en esta casa.

De un tiempo a esta parte he tomado gusto por la didáctica de lo extraño; por lo residual y acaso marginal; por lo con toda probabilidad rayano con el mas supremo de los desintereses. Pelillos a la mar. No indago en este proceder porque lo se inútil. Cultura al fin, igual me da que sean unos u otros los motivos ante cuya línea de salida me coloque...


¿Rondo la certeza si digo que, probablemente, escribo y poso cosas que solo a mi interesan? Yo qué se. Causa y efecto si acaso. Nada que objetar por mi parte. Claro, que tampoco es higiénico manosear con tan serena complacencia el cilicio -inverosímil- de la jeremiada.

Échense unas risas si gustan, pero tengan por cierto que estas entregas tienen su publico:

# Su Ilma. el señor Arzobispo de Tarantasia, por ejemplo.
# Los doce Pares de Francia.
# Un tal Aymery Picaud, correveidile papal que desde el lío aquel que tuvimos en Saint-Julien d'Arpeou me debe dinero.
# Micer Saulos, dicho también Pablo de Tarso; a este le apeó de un caballo capón un tío mío que apareció en Damasco montando en una fulgura; puso denuncia el derribado y hasta que no se resuelva el pleito esta la fulgura presa en el cuartel de bomberos de Alepo.
# Donna Ninnolo de Benaugurato, dueña entrada en kilos que cose tabaqueras con los testículos de percherones como materia prima; es la neumática señora de la campechana y eglógica Armórica.
# Lotaria de Borchen, una mezzosoprano que fue violada por uno al que las autoridades dicen el del "Pompón Rojo"; preso que fue, ahora anda a pájaros por ahí, afilándose la picha para volver a las andadas.
# Israfil Cierrapico, cabo, bombo de la orquesta municipal de mi pueblo, cornudo, muy cornudo.
# Don Jebald, un teutón al que conocí peregrinando al Señor Santiago.
# Perruco Lirio, menudeo su taberna porque fía y no bautiza el vino.
# Tadeo Singallo, uno que corre pólizas de seguros para los Buensignori.
# Dama Aude, una que explica el futuro con los dedos..., por tapices, quiero decir.
# Fray Gómez García, abade de Veladolido que trova en la dulce lengua gallega; con Pero García, Pero Barroso y Pero González de Mendoza estoy reñido.
# Lucrecia Borgia, una zorrita a la que conocí cuando por ir preparado a las bodas de Canaán me apunté en una academia de bailes de salón, fue pareja mía en eso del cha-cha-cha, tiraba a marrana y tenía los dientes cariados.
# Don Perejiles, notario con el que juego al ajedrez, tiene querencia por la "apertura Reti", y colecciona ejemplares de la revista "MANIFOLD".
# Pedro Saputo, no puedo recordar con precisión de que le conozco, seguro que de algún acontecimiento feliz y disparatado.
# Inesina, una del barrio que trabaja como lencera en "Villa Merluzos", conocida tal casa de cuento y dislate antes como Moncloa.
# Pepe Colleone, el "Capao", que capole (otro día lo contare por lo menudo) con falso mimo y traición una moza de tronco de la secreta del partido que gobierna; a día de hoy, por violar a un ingenuo pastor, anda la capadora en prisión: pidió la de la secreta ser servida de "churras", y sirviéndosele ovejas y no CHURROS -para la merienda, supongo- parece que enloqueció.
# Adam Ries, el hermano de mi amigo Zwickau; asistí con poco aprovechamiento a la Escuela de Aritmética que tenia en Erfurt.
# Ali Bey, un turco al que le vendí, no recuerdo donde, un emplasto para las almorranas.
# Don Josué Israelí, un loco que perdió salud y fortuna en el proyecto de una maquina que no dejara salir a la luna; me gorronea tabaco y pregunta monomaniatico por unos parientes que emigraron a la región de los Deux-Sèvres.
# Señora Laverga, vive por ahí, por el norte; tiene criados orientales y les viste con librea.
# Don Júpiter de Perigueux, un cojo críptico con el que intercambio recetas de cocina; he oído que cocina para los canónigos de Amiens.
# Quitín el Parvo, un tonto más listo que el hambre.
# Restif de la Bretonne, maestro putañero, rousseniano, pornógrafo de categoría; mantenemos intenso trafico postal; salí, joven e inexperto, con una de sus hijas: educadas con rigor para alcanzar la excelencia intelectual.
# Aristóteles Mollera, anda con un teatrillo de títeres y en los entreactos da lección de como lanzar el boomerang.
# Monsieur Delambre, un saltarriscos que tiene por oficio el de aquilatar arcos y meridianos por trigonometría.
# Profesor Frank, inventor boreal, de Copenhague para ser exacto; tiene la patente del "Vinaigre des quatre voleurs".
# Don Thédise, jubilado; lemosin que emigrado a Londres puso carnicería en Holborn. No esta probado que Jack Destripador aprendiera el corte que dicen de escudo allí, en su casa.
# Giuseppe Verdi, mi vecino de abajo; tres veces le he pinchado las ruedas de la moto porque con sus músicas no me deja dormir; tengole avisado de que si no muda de horario daré parte a la municipalidad.
# Dom Férotin, en la ultima Feria del Libro me dedicó aquel libro suyo titulado “Apringius de Beja. Son Commentaire sur l' Apocalypse par Beatus de Liebana”.
# Baltasar de Carolopontis, antes de examinar de perfumes para el Basileo fue lanistae de futboleros.


No se imaginan ustedes lo facilongo que me resultaría continuar; pero no, corto y cierro esta nomina genial y embravecida. Corto por no apabullar con el numero de mis relaciones y dejar a un montón de colegas con sensación de desvalimiento. No, hombre, no, no se lo tomen a pecho; lo antedicho tómenlo como homenaje. Pues la ficción, el pensamiento simbólico es el nexo más fuerte con nuestros antepasados. Antes que ciencia y filosofía, antes que la escritura mismo, corrían cuentos y leyendas con cuya narración "comentada" se trataba de explicar el mundo. O eso me parece a mi.


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Paso ahora a lo que de verdad interesa, a lo que sin pretenderlo educa:

Tengo gusto por las mañanas soleadas y moderadamente ventosas y frías. En ellas, si se da la ocasión y con el gato que vive en casa cual mi sombra, subo al tejado. Él, dicho Monty, cata vientos, enreda con cuanto objeto volandero llama su atención o acecha, con la envidiable paciencia de los de su raza, a los pájaros. Yo fumo, sorbo café de un termo, me desperezo y leo ( invariablemente en las paginas leprosas del mismo libro). Para llegar al tejado es inevitable cruzar a lo largo el desván abuhardillado, y allí, en el extremo mas luminoso, sobre una escalera de mano de la que me sirvo para auparme al exterior, un único libro, el libro, Mi Libro de Aires, Gato y Tejado. Es la pieza pura esqueletura, mojama; con las tapas de pasta española derruidas, mucho he especulado sobre su primer origen, sobre el autor que le "recopilo" y la imprenta que le parió; le sé, eso si, anterior a 1882 y con un valor de 14 reales. Llama la atención que su genero sea el epistolar, tan ruin por estos lares, cuna de gente tan movediza como las nubes (meditare sobre ello). En fin, pongo ahora lo ultimo que he leído en mi sesión de tejas.


Fernan Gomez de Cibdad Real á D. Pedro de Stúñiga.

El can de buena raza siempre ha mientes del pan é la casa. Este proverbio me atañe á mi, que la casa de vuestra merced é el pan que mi Señor é yo é mi hermano comimos de vuestra merced, siempre está faciendo sangre que bulle é punza á la fidelidad é amor que le tenemos, é á los suyos, que bien es sabido en la casa del rey. Deste exordio vuestra merced podrá conocer lo que le querré ajuntar, que esto bastaba; mas diré más, porque no me queda nada en el trascuero de lo que yo me imagino, que de pro al honor é facienda de vuestra merced puede ser. Vos, Señor, que del rey habeis recibido honra más que vuestro padre la ovo de otro rey, é aunque vuestra merced es tan grande por su abolengo en sangre noble, os ha fecho el rey más grande con estados é alcaldías é juros; no debiades andar en compaña de los que á su Señoria son tan agrios é disgustosos. E mirad, Señor, que facer mal á uno, é decir que se face por le facer bien, solo á mi é los de mi arte atañe, que punzamos el cuerpo á un febrático, é le lavamos la sangre é el pan é el agua, con dolor que padece, é se lamenta é todo es por meterle la salud en el cuerpo, aunque sea con dolor suyo. Mas vuestra merced no será abastanza poderoso para facer creer, que andar contra el rey es por servicio á su Señoria. Fágale vuestra merced servicio como el rey lo querrá, é su honra no habrá menester andar á facer argumentaciones é silogismos. E demás de la honra, vea vuestra merced otros tan altos como vos, que muertos son en castillos aprisionados, é sus bienes derramados á otros, é sus fijos son mendigos; é que siel rey face una buena vegada, vos é los que consuno andais, podrédes caer en una carcaba, como la que se face á los osos, que tarde os recobraríades...

Vos, Señor, que en años el mayor de los Grandes sois, menos el Conde de Benavente, é que podiades ganar una loa sin acabamiento, metiendo á estos caballeros en lo justo é en la obediencia del rey, é facer por humildad é por cristiandad lo que con guerras civiles buscais en daño de los viejos, é pobres criaturas, é dueñas é doncellas de los pueblos: que el afan sobre ellos cae. E librando á vuestros naturales, parientes é amigos, é criados é de vuestro bando, é de los otros que ofendido nos han, de derramamientos de sangre, é de muertes, é de dolores, gran loa se os seguiria de esto; é en el pecho del rey, que piadoso é amoroso es, meteríades un buen porqué de amor é de obligcion para mas ensalzamiento vuestro, é de vuestros fijos, é de vuestros nietos. Catad no os fagades aborrir de todos. Parad mientes que han de ver paradero estas guerras ceviles, é que, por bien que en paz queden todos, é asegurados de la vida é de la facienda, la loa de los que andarán con el rey será asaz ventajosa en lo venidero, de aquellos que del rey serán divisos é apartados. Si sobrado ando en lo contenido en esta epistola, no lo llamades con otro vocablo, que con sobramiento de amor é voluntad é buena fidelidad con vos é los vuestros...

Ya lo ven, una hermosa epístola, respetuosa y amonestadora a la vez. Por ligarla con la ciencia, que literatura y ciencia no son excluyentes, como me esfuerzo en demostrar, epístola cromosomatica, citogenica... Lo siento, surge la bobada de la contemplación de la fotografía de una célula trisomica (en los humanos contiene 47 cromosomas y se designa como 2n+1) que tengo sobre la mesa. Vale, colegas, prometo aprovechar mejor lo que beba.

Don Gaiferos (el "don" es imprescindible)



sábado, septiembre 15, 2007

De Patrimonio Nacional y “Manguis” (II).

He de encontrar -sin demora- a alguien con autoridad que certifique mi incapacidad total para bregar con todo programa de "ordenata" que tenga que ver con el nobilisimo arte del ajedrez. Mi amiga Clara, sabiéndome aficionado al juego y malferido, ha tenido la bondad de enviarme un soft. que, menos fregar la escalera y preparar sopas de ajo, hace casi de todo. Pero no lo entiendo, oigan. No me hago con él. Me desconcierta y pasa a ser un ingrediente más en esa ¿rebosante? olla podrida donde a fuego lento cuecen mis vergüenzas e inutilidades.

Posibilidades el programa ofrece, fijo; pero igual me da, porque para el provecho que le saco es como si no ofreciera ninguna. Se ha de teclear mucho y atender al tiempo a demasiadas indicaciones luminosas: ininteligibles, apremiantes, tocapelotas, parpadeantes... Un engorro vejatorio para alguien acostumbrado a manejar las piezas con las manos.

Pero por probar que no quede. Ahora mismito estaba haciendo un ensayo con una de las mis mil partidas anotadas que corren por casa: J. Fedorowicz (blancas) -- S. Kudrin (negras), Berkeley, 1984... Ni defensa "Ben Oni" (la tengo ampliamente documentada como contrapunto a la apertura Indo-catalana) ni gaitas. Nada de nada. Cero pelotero.

Aparte de la tontuna que cultivo con esmero, esto mío debe de tener que ver con esa innegable carga de sensualidad que se da al manipular con las manos una pieza finamente labrada. ¡Vaya usted a saber, oiga!.

Y ni insinuar que no aprecio el regalo. Al contrario, puesto que no es esto una esquela de queja sino el sentido lamento de un pobre ignorante. Puto y pánfilo decoro. Venga, toca ahora empuñar el flagelo que mi ineptitud vocea: Lo cual que para la semana que viene, de paso por Madrid, invitare a cenar a Clarita, cónyuge y prole a esa bodega de la calle Moratín que tanto gusta a su emeritense marido. "Conspiradores", me parece que se llama. Recia pitanza extremeña y esas cosas...

Cansado de dar tumbos por los espejeantes desgalgaderos de lo personal, voy ahora con la patria estirpe de los "manguis" de museo. Nadie exija amenidad en ello, se trata de didáctica histórica y no de otra cosa.

Vale.

EL ROBO EN EL MUSEO DEL PRADO (Conti.)

Estos señores que disponían del Museo a su antojo eran -apresurémosnos a decirlo- los ilustres miembros del Patronato, y los Sres. D. José Villegas y D. José Garnelo, director y subdirector respectivamente. La obligación primordial de estos señores era la vigilancia, conservación y engrandecimiento del Museo Nacional.

Veamos cómo se cumplía esta obligación y qué abusivo empleo se hacía de los derechos otorgados por el Ministerio de Innstrucción pública y Bellas Artes.

Sin duda para vigilar mejor el Museo, los Sres. Villegas y Garnelo se habían apropiado de sendos locales de la parte alta para instalar allí magníficos estudios donde trabajaban, recibían visitas, dictaminaban acerca de la autenticidad de obras sometidas a su experta tasación y concebían los frecuentes traslados de cuadros que sorprendían e indignaban un poco a los habituales visitantes de la Pinacoteca Nacional.

Todos los días se descolgaban obras y se colgaban en diferente sitio, sin otra razón que el simple capricho de quien puede disponerlo. Todos los días eran oportunos para acordar restauraciones innecesarias o demorar las imprescindibles.

Mientras a unos pintores se les ha concedido el honor de una sala especial con todas sus obras reunidas, a otros, más importantes acaso, se les esparce por salas y aun pisos diferentes. Mientras a Murillo*, por ejemplo, se le otorga un buen sitio, Goya está colgado fragmentariamente en la antesala y en el salón de retratos -¡que arbitraria clasificación esta de retratos de diversas épocas y autores!-, y en las salas de abajo, donde se pudren rápidamente las maravillosas pinturas de los tapices.

Gracias al absurdo derecho de entrada, los domingos invade el Museo una muchedumbre excesiva, y, en cambio, el resto de la semana están las salas vacias, hasta tal punto que los vigilantes, aburridos, forman tertulia en una de ellas y abandonan la otra a la buena voluntad del solitario visitante o del ingenuo copista.

Era frecuente la entrada y salida de cuadros para los estudios de los señores Villegas y Garnelo. Unas veces cuadros para atribuciones y tasaciones particulares; otras veces lienzos originales de dichos señores. He aquí una costumbre peligrosa.

Tal ajetreo y constante ir y venir de lienzos antiguos, unido al meter y sacar del edificio gran cantidad de copias, algunas de ellas tan perfectas que podrían confundirse (a primera vista o a una luz deficiente y distinta de la habitual) con los cuadros originales, continúa el peligro de esa costumbre.

Tampoco existe un catálogo moderno y actual.

Uno de los deberes más inmediatos a cumplir del Patronato era la redacción de un nuevo catálogo, toda vez que el de D. Pedro Madrazo, fechado en 1872, es, a pesar de sus excelencias, deficiente y contiene muchos errores, subsanados después por la crítica y los eruditos.

El Patronato se creó en 7 de junio de 1912. Van transcurridos seis años y aun no se ha hecho más que una reedición del catálogo de Madrazo en 1913, con una notabilísima Noticia Histórica del inteligente secretario del Museo D. Pedro Beroqui.

Entre los enormes perjuicios de esa lentitud para confeccionar el catálogo, no ha sido el menor el de no poder asegurar, de un modo absoluto y definitivo, cuáles fueron las piezas robadas del Tesoro del Delfin. Entre las positivas ventajas que reportará ese catálogo hay que tener en cuenta la de poder comprobar si el número de obras de nuestro Museo no ha sufrido ninguna disminución o transformación.

En cuanto a los restantes deberes del Patronato eran estipulados en la siguiente forma en el preámbulo del Real decreto referente a su creación:

«Constante comunicación con los grandes Museos del mundo y con los otros de España, donde yace ignorada, y a veces con riesgo de perderse, una riqueza considerable artistica e histórica; preparación de exposiciones especiales y organización de conferencias, de crítica elevada las unas y de vulgarización las otras; revisión y confrontación de los antiguos inventarios de obras de arte confiadas en depósito a colectividades y corporaciones de varias clases; estimulación y guía para las donaciones particulares, contenidas hasta ahora en límites muy reducidos a causa de la evidentísima falta de compenetración que existe entre los ciudadanos y los Centros oficiales; plan de servicios subalternos del Museo a fin de evitar toda clase de riesgos al edificio y a las obras, y hacer fácil, agradable la visita de turistas y aficionados a las Bellas Artes; atención cotidiana, diligente, efusiva hacia el Museo y todos sus elementos constitutivos, con ese calor y esa ansiedad que no nacen, ni pueden nacer solamente de un contrato de servicios entre los funcionarios y el Estado que les retribuye, sino del culto íntimo y ferviente del arte y de sus glorias»

De cómo fueron cumplidos todos estos laudables propósitos del ministro que creó el Patronato del Museo, dieron cabal medida las conferencias del Sr. Lázaro Galdeano en el Ateneo.

Por una extraña casualidad era ministro de Instrucción pública y Bellas Artes el mismo que firmaba el Real decreto de 1912: D. Santiago Alba. Debió ser para él doloroso recibir la dimisión de aquellos a quienes “el culto del arte y sus glorias”, llevó unicamente a la vanidosa tarea de patronos, y la de aquellos a quienes liga “un contrato de servicios remumerados por el Estado”.

La importancia del robo, el alto precio de las joyas y la riqueza artística de ellas, hicieron suponer cierta elevada categoría en los autores del latrocinio y, sobre todo, la posibilidad de recobrallas en un plazo más o menos breve.

Sin embargo, desgraciadamente, la novela policiaca tuvo un triste desenlace. Se descubrió, se detuvo al ladrón, y éste confesó las circustancias de su delito.

Es un antiguo celador del Museo, un tal Rafael Coba, de tipo y vida chulescos, que alterna en el mundo heteroclíto de los bajos fondos sus vicios, su vagancia y su estupidez. Estas joyas, que iba sustrayendo poco a poco y desde hacia muchos meses, las destrozaba luego en su casa para vender los pedazos de oro cincelados, las piedras preciosas, los esmaltes, los camafeos, a precios infimos. El resto de las joyas que, a juicio suyo, eran invendibles o demasiado peligrosas, lo machacaba y lo arrojaba a una alcantarilla frontera de su casa en la penumbra ortal de las madrugadas. Dimitido el Patronato e incapacitado fisicamente el subdirector, destituido por la opinión pública el director, nos permitimos hacer en aquellos días al ministro de Instrucción pública y al director general de Bellas Artes las siguientes observaciones:

Si bien la Subdirección habrá de desempeñarla un profesional, en su doble carácter de conservador y restaurador, la Dirección del Museo del Prado -como las Direcciones de todos los Museos del mundo- no debe ser conferida a un pintor, sino a un crítico. Pero si, débil el ministro a las influencias de sus compañeros de Academias, cede con notorio error en este punto, no debe ser sin tres condiciones imprescindibles, a las que habían de añadirse otras, naturalmente:

• 1.ª Derogar esa cláusula absurda de que el director de Museos -como el director general de Bellas Artes, porque ya hablaremos también de esto otro- sea necesariamente un artista pensionado con medalla de honor.

• 2.ª La desaparición radical de los estudios del director y del subdirector en el lo0cal del Museo.

• 3.ª Prohibición absoluta de tasaciones y atribuciones por parte del director y subdirector de obras y autores de propiedad particular o con destino a otros Museos...

«Si creemos que no debe ser un artista el director del Museo, opinamos que debe existir un grupo de artistas en calidad de Comisión consultiva. Esta Comisión debe estar formada por académicos de San Fernando. Desde hace algún tiempo se está vejando y anulando a la Academia de San Fernando de un modo que ya no puede tolerarse»

«Ni en el Patronato, ni en la Dirección del Museo, debe entrar ningún coleccionista o anticuario más o menos ilustre»

«Por último, en un asunto de tal importancia bien merece la pena de que el ministro de Instrucción pública escuche toda clase de opiniones. Animado de mi deseo de facilitar su gestión dificilísima, me permito iniciar la idea de una reunión en el Ateneo o en la Academia a la cual concurrieran, presididos por el director de Bellas Artes, los académicos de San Fernando, los artistas premiados con primera medalla y los críticos de todos los periodicos»

«En esta reunión podría cambiarse impresiones, apuntarse iniciativas, indicar reformas y, sobre todo, constituir un Comité encargado de redactar el reglamento definitivo por el cual deberá regirse en lo futuro el Museo del Prado, y de redactar una candidatura de personalidades aptas para la dirección y subdirección del Museo»

«Después, y en Junta general, se elegirían por votación, firmada y rubricada, los dos señores que habían de desempeñar dichos cargos»

Si no todos estos consejos, la parte fundamental de ellos ha sido aceptada por el Gobierno.

Para el cargo de director se ha nombrado un crítico de tan reconocida competencia como Aureliano de Beruete y Moret. Para la subdirección, a un profesional de la pintura: Fernando Alvarez de Sotomayor.

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* Tropezar con Murillo y venirme a las mientes un gallo es automático. La asociación viene de lejos y "culpo" de ello a la lectura de Ceán Bermúdez (no confundir con su contemporáneo Cea Bermúdez -también escrito en ocasiones Zea-, político, negociador, secretario de Estado, realista moderado y a la vez absolutista, ministro de aquel Gobierno visto y no visto que fue el de Cleonard), pintor e historiador de arte español, académico de San Fernando y de la Historia, nacido en Gijón. Más famoso por sus críticas de arte que por su producción pictórica. En su Diccionario histórico de los más ilustres profesores de Bellas Artes en España (6 vols., 1800), aplica por primera vez el método crítico al arte español. Y es entre su follaje donde en el Curioso diálogo -sin nombre de autor pero notoriamente suyo- entre Megs y Murillo, sale a colación el dichoso gallo:

... Con tan lisonjeros presagios me atreví a pintar un gallo; y lo hice con más felicidad que el profesor del epigrama de Francisco Pacheco, suegro y maestro del gran Velázquez; pues no tuve necesidad de matar al vivo que me había servido de modelo; de aquel epigrama tan gracioso que ha quedado en proverbio entre nosotros los pintores sevillanos, pues algunos fueron también agudos poetas. No se me ha olvidado todavía y por si no le has oído, te lo quiero recitar:

Pintó un gallo un mal pintor,
Y entró un vivo de repente,
En todo tan diferente
Cuanto ignorante su autor.
Su falta de habilidad
Satisfizo con matallo;
De suerte que murió el gallo
Por sustentar la verdad.

Don Gaiferos (el "don" es imprescindible)


miércoles, septiembre 05, 2007

De Patrimonio Nacional y “Manguis”`(I).

Lo que sigue, un sugestivo trabajo de Don José Francés publicado en “EL AÑO ARTISTICO”, septiembre de 1918, iba complementado -obvias las razones- con una entradilla en la que me dio por comentar el cese de Rosa Regás como directora de la Biblioteca Nacional. Como se vera, tal exordio no ha llegado a ver la luz. En un acto de lucidez, aunque mas próximo a la autocensura que a otra cosa, lo he suprimido por innecesario. Aun así de justicia es que lo sepáis. Que sepáis que mostrabame en él duro e inapelable, agresivo en extremo, cínico y epigramático, desajustado; hablatin desbordado; odre de todos aquellos "vicios" que Fray Felix de Alamin determina como "pecados" propios del hablador desmesurado: revelar secretos, porfiar, hacer burla, irrisión o escarnio, chismorrear, decir chanzas, chistes y burlas, hablar a tontas y a locas, etc.. No penséis, sin embargo, que este guillotinar de lo propio es porque guarde alguna emoción positiva hacia la progresista con nómina en danza: de mocita voceada en publico como buenorra por aquellos grandes bribones que juergueaban a sus anchas por la Ciudad Estado de Barcelona... De índole ético son las razones.

Y basta ya de flagelarme como un penitente mochales. Mejor me voy a preparar una empanada de patatas con hierbas aromáticas.

EL ROBO EN EL MUSEO DEL PRADO

Vivió Madrid durante unos días la accidentada inquietud de una novela policiaca. Cada policía se imaginaba un detective de Conan Doyle, cada periodista un Rouletabille de Gaston Leroux, cada ciudadano leía su periódico favorito con idéntica fruición que podría leer libros de misterio y bandidaje de guante blanco, o sentía esa malsana curiosidad que despiertan las películas interminables de La mano que aprieta, La máscara de los dientes blancos, o Los vampiros.

No le faltaba al suceso apasionador ni un título sugestivo: El robo del tesoro del Delfín.

Luego fué aumentando la expectación pública. Pasaban dias sin descubrirse nada. El director, Sr. Villegas, acudía a declarar, acompañado de un lazarillo, porque le habían hecho una grave operación a la vista y estaba momentáneamente ciego. El subdirector, Sr. Garnelo, perdió la razón, y continúa recluído en su domicilio, sin recobrar las facultades mentales. Un miembro del Patronato, la ex entidad que debía vigilar y atender a la conservación y prosperidad del Museo, el Sr. Lázaro Galdeano, pronunció dos conferencias en el Ateneo, descubriendo negligencias terribles, abandonos vergonzosos e incapacidades punibles.

Y mientras tanto, por la Jefatura de Policía y por el despacho del juez encargado de la causa, desfilaban gentiles figuras de modelos o iba y venía un alemán misterioso, ese alemán que es siempre oportuno buscar en los delitos coetáneos de la guerra y en los asuntos artísticos.

Poco a poco, también, joyeros y plateros de baja estofa, conocidos algunos como encubridores de raterías, entregaban voluntaria o involuntariamente objetos de los robados o trozos de ellos.

Y la gente que no se cuidó jamás de las ricas joyas de metal, de piedras duras, de cristal finísimo, incrustadas de gemas y camafeos bellamente trabajados, se agolpaba frente a esas vitrinas que contenían el resto de las copas, ánforas; bandejas y arquetas más famosas por el robo que por los siglos.

¡Bello nombre tenían estos objetos de metalistería y de cristal, que eran fiesta para los ojos, deleite para el espíritu, contenidos en las dos vitrinas de la sala central de nuestro Museo!

Tesoro realmente de un príncipe del siglo áureo de la Francia galante. Evocaban con sus formas esbeltas o complicadas, con su centelleo de gemas, con sus claras transparencias y sus sensuales tonos, los pretéritos esplendores de una Corte pomposa. Por las salas contiguas veíanse retratos de personajes que acaso tuvieran en sus manos las copas, las ánforas, las arquetas, las salvillas; tal vez en sus dedos y sobre su pecho lucieran camafeos y entalles fraternos de aquellos que mostraban engastados los ricos metales; quizá los mismos artífices que trabajaron las joyas que ostentan las damas inmortalizadas por la pintura fueron los que permanecieron largo tiempo cincelando la bandeja o el cáliz donde una sierpe diabólica se enroscaba...

Tesoro de un delfín de Francia, con sus simbólicos delfines en los remates de las copas, nos detenía siempre como un hechizo ante la portentosa serie de jaspes, ágatas, pastas vítreas, esmaltes, camafeos, malaquitas, y ónices de calcedonia y toda clase de piedras gnósticas, que hacían pensar en el divino Dioscórides, cuyas obras son el más preciado ornato de las dactiliotecas; maravillas de la glíptica francesa que sugerían el recuerdo del lapidario Jacobo Guay; repujados y cincelados que parecían haber sido concebidos y realizados por Benvenuto Cellini.

Contraste de nuestra época vulgar, industrializada, las alhajas áureas, genmadas, cristalinas del Museo, ligaban con su inmóvil y rútila convivencia de las vitrinas diferentes países y remotos reinados.

Allí las genmatas potatorias, que inspiraron a Plinio estas bellas palabras: «Bebemos en una cantidad de piedras preciosas; cubrimos de esmeraldas nuestras copas, y para embriagarnos nos consideramos dichosos teniendo toda la India en la mano».

Allí la pokal, que se alzaba en los banquetes germánicos. Allí las semejantes a las que poseían las Corporaciones de los Paises Bajos; copas que tentaron los pinceles de Rembrandt y de Franz Hals.

Allí las venidas desde la Italia medioeval y cuyo secreto revelaba el monje Teófilo en su Diversarum artium schedula, en cuyo prefacio advertía:«Si profundizas atentamente en este ensayo hallarás todo cuanto Grecia conoce sobre las especies y mezcla de diversos colores; toda la ciencia de la Toscana relativa a las incrustaciones y variedad de cincelados; todo lo que distingue la Arabia respecto de la fundición y cincelado de los metales; el arte con que Italia decora las diferentes especies de vasos, sea por medio del oro y de la plata, sea con marfil y gemas...»

Allí, sobre todo, la extravagante riqueza que predominaba en la vajilla del rey Luis XIV, y que comentaba el predicador René en su famosa obra Epay des merveilles de nature: «On boit un navire de vin, une gondole, un boulevart tout entier. On avale une pyramide d'hypocra, un clocher, un tonneau. On boit un oyseau une baleine, un lion, toutes sortes de bestes, potables et non potables...».

Y una tarde del último junio, al detenernos frente a estas vitrinas, que tanta riqueza y tan extraordinrio poder evocador contenían, las vimos casi vacías. Faltaban muchos de estos objetos, cuya desaparición se ha hecho ahora pública.

Preguntamos al celador de aquella sala. El celador se encogió de hombros.

- No sé. Los han trasladado a otro sitio...
- ¿A cuál?
- No sé...

Y como en el Museo del Prado los cambios, trastrueques y otras arbitrariedades eran demasiado frecuentes y constituían una temeridad endémica, creímos que, efectivamente, las joyas habían sido trasladadas de sitio.

Tres meses después, el 21 de septiembre, descubre un empleado del Museo y comunica al subdirector Sr. Garnelo lo mismo que nosotros descubrimos a primeros de junio. Claro es que al Sr. Garnelo no se le puede contestar que habían sido trasladadas las joyas.

En su prólogo al Cátalogo de Madrazo, dice D. Pedro Beroqui:

«En 14 de agosto de 1839 se entregaron al director del Museo, D. José Madrazo, las alhajas que Felipe V heredó de su padre, el Delfín de Francia».

«Estas alhajas las conservó mucho tiempo el pintor D. Domingo Sauni, conserje y aposentador del Palacio y Sitio Real de San Ildefonso, y en el reinado de Carlos III, sin duda, como estaban "pasadas de moda", y de ellas no se hacía uso ni se estimaba su mérito, se destinaron por Real orden de 1.º de septiembre de 1775 al Gabinete de Historia Natural, y allí estuvieron hasta 1813, que se las llevaron los franceses a París, sin tener el cuidado de embalarlas, siendo restituídas en 1815 y depositadas nuevamente en el mencionado Gabinete hasta que se llevaron al Museo»

«En 1866 se limpiaron las alhajas y se compusieron, sin poner ni quitar piedra alguna. La reproducción la hizo D. Pedro Zaldos»

«Al año siguiente colocáronse las joyas en en los escaparates ochavados, en forma de linterna -proyecto de D. Juan de Madrazo-, que se encuentran en la galería central del Museo»

«En el primero de éstos, según se entra, están las piezas de orfebrería de mesa y tocador, primorosamente labradas en el siglo XVI. Son 78 objetos de los 86 inventariados en tiempo de Carlos III; 36 en el andén inferior, 29 en el medio y 13 en el superior»

«En el segundo se colocaron los vasos de cristal de roca, de tan bellas formas, que, en opinión de D. Pedro de Madrazo, sólo pueden ser de Valerio Viccutino, los Misseronis o Sarrachis. En el andén inferior hay 25 piezas, 15 en el segundo y siete en el superior»

De todas estas alhajas han sido robadas las siguientes:

Vaso afilado con pie y base de género de bolla, todo de piedra sanguínea, labrado. La base, guarnecida con cuatro delfines y otros detalles. Todo de oro tallado y con un peso total de siete onzas en oro.

• Otro con hechura de copón, de ágata, con tapa hendida de oro tallado y esmaltado de blanco, azul, rojo verde translúcido, de ocho onzas de peso en oro.

• Otro de forma ovalada y armillerado de piedra blanca, pie y base de oro tallado. El rebajo es blanco, azul y verde translúcido, 10 onzas.

• Otro de ágata, hechura copón, terminado en dos cabezas de águila, ocho piedras ovaladas y ocho medios cuerpos representando figuras de Emperadores; otras siete piedras y tres figuras esmaltadas en blanco representando la Prudencia, Justicia y Templanza, de colores y transparente, 16 onzas.

• Otro con las figuras de la Fortaleza, Esperanza y Templanza. Remata en dos figuras.

• Otro de ágata, esmaltado. En la base 20 camafeos de varios tamaños. Tres onzas.

• Otro de dos piezas de plata dorada y ágata. En el remate, cuerpo y pie, 16 camafeos. Seis onzas.

• Otro forma copón, de ágata, con ocho piedras pequeñas, guarnecido de oro a modo de llama. El pie, de hojas, cintas y género de gallones.En la base una figura de cuerpo entero mantiene el vaso en una mano. Todo esmaltado. Nueve onzas.

• Otro abarquillado, de jaspe oriental y plata dorada, figuras de delfines tallados. Seis ochavas de oro.

• Otro forma barco, un filete de ágata, filigranas de plata dorada. Una onza de plata.

• Otro hechura de taza, de lapizlázuli. Cinco ochavas de oro.

• Jarro con tapa y asa de ágata. La tapa simula una negrita de medio cuerpo y de la misma piedra. En la cabeza de la figura un magnifico rubí. Dos onzas de oro.

• Vaso pequeño, forma de barco, de ágata. Onza y media de oro.

• Pieza forma pirámide, de piedra de diaspero de Egipto, en dos pedazos, tornillos y tuercas de oro embutidos, 51 rubíes (falta uno) y seis esmeraldas de gran tamaño. Onza y media de oro.

• Copa de piedra sanguínea, tallada de oro; orlas de plata con 12 diamantes de varios tamaños y 12 rubíes. Una onza.

• Un vaso, forma copón, de piedra blanca. La tapa representa un sátiro, y debajo tres ninfas esclavas. Tres mascarones esmaltados. En el pecho del sátiro un mascarón hueco. Doce onzas.

• Vaso de jaspe, de Sicilia, guarnecido de oro, con 56 esmeraldas grandes. Seis onzas de plata. En la boquilla tiene 40 camafeos.

• Otro de ágata con seis pájaros. Seis diamantes, 11 rubíes y 11 esmeraldas de varios tamaños. Dos y media onzas de oro.

El Museo del Prado era -y ojalá no lo siga siendo- feudo de unos cuantos señores que le miraban como cosa propia y no en el sentido de prestarle aquella atención y aquel amor con que rodeamos a nuestras cosas, logradas por el esfuerzo personal y el trabajo fecundo. Le miraban como propio, en el sentido de la indiferencia que sugiere el trato cotidiano y de la libre disposición que autoriza la consecuencia posesoria.

CONTINUARA.

Don Gaiferos (el "don" es imprescindible)



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