domingo, diciembre 10, 2006

De clases sociales, y de don Jehová y Eva, señora de Adán.


Pinrreleaba enfrascado en mis cosas por un parque cercano a casa, cuando una pareja de náufragos, surgida de entre una turba de párvulos depravados, me abordó con la delicadeza de un tiro de mierda en la boca. Con un cigarrillo entre los labios ella, vestida todo de negro y calzada con algo así como peanas de santo en procesión, enhebró un gangoso monologo que no supe interpretar si como maldición, saludo o fanático recitado.



Mas bastó que yo hiciera ademan de escurrir el bulto para que él, tres cuartas más bajo que su compinche y con un careto como de títere agarrotado, introdujera una zarpa enemiga del jabón en un bolsón de lona semicerrado. De ahí a librarse de una contundente patada en sus partes privadas le salvo un milagro.


Es decir que durante ese instante en el que dude si sacudirle o no, pudo el hombre sacar un periódico y mostrármelo. Luego me lo ofreció por un precio exagerado. Contrito por mi sospecha infundada se lo compré sin ni siquiera mirarlo. Y aún no había tenido tiempo de borrar la sonrisa lela que llevaba pintada en la cara cuando ya los malsines -tras sortear a los escolares, reptar por entre la mierda de perro que punteaba el césped pelado y disgregar a un grupo de palomas-, regateaban a un grupo de madres ociosas para encaminarse hasta una panda de jubilatas que picardeaba a la solana.



Si no fuera porque hizo el "papel" de soga que tira del caldero, ahora mismo enfundaría sin gastar ni un cartucho mas en aquel mamut lanudo que la sorpresa y cierta lacerante hemiplejía mental me colocaron bajo el brazo. Si, he dicho mamut lanudo y para nada me desdigo, pues al poco me vi, al provecho de la terracilla abrigada de un bareto descategorizado, con una reliquia inexplicablemente viva entre las manos.



Se trataba de una publicación en papel basto e impresión miserable; en portada destacaba una gran estrella que quería pasar por roja sin conseguirlo, ornada con lo que se supone son signos revolucionarios. De su contenido de bouquet chequista ni hablar por alejado de los tiempos, por vacuo y de interés nulo; por lunático y, mas que nada, porque no conozco ni falsilla que seguir, ni excipiente que suavice el trago de lectura tan desquiciada. Si observe, sin embargo, que los hooligans de la "casa estrella" sostenían una devoción desmesurada por achacar todo mal a eso que ha venido en llamarse "diferencia de clases". Pamema que conociéndoles de primera mano vino a recordarme aquella seguidilla que dice:



«En cama el boticario

dice a su hijo:

- No me dés cosa alguna

de la botica.»



Y tal machaconería me trajo a las mientes algo recién leído sobre la intervención divina en la formación de las diversas clases sociales. Y es llegado a este punto donde me apetece -¡no sabéis cuanto!- largar lastre por lo menudo sobre los antecedentes de lo que continua. No lo haré empero. Nada diré, pues, del fincorro en proceso de recalificación que don Jehová tenía cabe los cuatro ríos, ni de sus guardeses: bobalicones y felices como conejos; tampoco lo haré sobre el numero de manzanos y sobre la variedad de los mismos que, abrigados y ahítos de agua, medraban a ojos vista; ni sobre si a don Jehová le chiflaba la compota y al guardes don Adán la mermelada; ni tan siquiera diré palabra sobre aquel ejemplar único de reineta del Bierzo por cuyo fruto don Timoteo Von Thaumaste, diablo de tercera, vino a ver como la mujer pariría con dolor y otras chorradas. Menos lo haré, por si la suelta de lengua me repara algún garrotazo, del cuerpo de sacamantas que con obediencia ciega al terrateniente servían.



Y tras este decir que es callar, esto es lo que me queda:


«Como exponente literario del arraigo de la idea estamental como ordenación providencial de la sociedad, quisiéramos aducir otro testimonio, no por menos conocido menos elocuente en su ingenua y primaria sinceridad. Si bien por la fecha no pertenece este testimonio propiamente a los siglos medios, está, sin embargo, henchido del ethos social medieval, el cual, por lo demás, sobrevivirá en pleno Renacimiento, no sólo en la tradición escolástica, sino también y con singular fuerza, aunque con marcada rigidez, en la teología luterana de la sociedad. En un auto de Carnaval y en un poema, ambos titulados Los desiguales hijos de Eva, Hans Sachs (1494-1576), el más célebre de los maestros cantores de Nuremberg, popularizados por Ricardo Wagner, describe con buen humor cómo Dios Nuestro Señor, después que hubo arrojado del Paraíso terrenal a nuestros primeros padres, les anuncia su visita a la tierra. Eva, madre presumida, sólo quisiera presentar al Señor a sus hijos bien criados y de buenos modales; y a los otros, mucho mayores en número, “torpes, groseros y romos”, los esconde en el granero, entre el heno y la paja, o los mete en la boca del horno. Cuando el Señor aparece, los obedientes niños se inclinan muy cortésmente, le dan la mano y se arrodillan ante El. Contestan respetuosos, como en la escuela, a las preguntas que les hace el Señor, después de lo cual Este les bendice, diciéndole a uno: “Tú serás un rey poderoso”; a otros, “tú, príncipe”; “tú, conde”; “tú, caballero”; “tú, un rico burgués”, y al último, “tú, un doctor sabio y erudito”. Al darse cuenta Eva de cómo el Señor distribuye con mano generosa tales mercedes entre sus hijos más agraciados, siente lástima por los demás, y, confiando en que la gracia del Sñor también les alcanzará, los hace salir de sus escondrijos. Pero cuando


“la turba tosca, despeinada,

tiñosa, piojosa y lacia,

llena de arañazos, sucia, desmañada, torpe,

ineducada y rústica”


aparece gritando ante el Señor, no puede menos de moverle a risa. Y como Eva pide también para ellos la bendición, distribuye entre éstos las profesiones inferiores: “Tú serás labriego; tú, pescador; éste, herrero; aquél, sastre; el otro, tejedor; el de allá, zapatero”, y así sucesivamente. Eva se queja de la desigualdad de las mercedes recibidas; pero el Señor le explica la necesidad de que haya superiores e inferiores en el orden total del mundo:


“No podrían los unos vivir sin los otros,

si todos fuesen príncipes y señores.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Que un oficio mantenga al otro.

Con ayuda de mi divino poder,

que se sustenten en la tierra todos,

cada uno en su estado,

que así el linaje humano

se articule en unidad

como en un cuerpo los miembros”»*



*ANTONIO TRUYOL Y SERRA.- ‘La FILOSOFIA JURIDICA Y SOCIAL EN LA CRISIS DEL MUNDO MEDIEVAL’.- Artículo publicado en la REVISTA INTERNACIONAL DE SOCIOLOGIA (Año V., Número 19, Julio-Septiembre de 1947)

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Publicado por Don Gaiferos en 5:45 p. m. |  
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