sábado, julio 28, 2007

De Aquelarres, Fruslerías y Mental Estiaje.

Esto es un hablar por no mantener la boca cerrada; un bla-bla-bla intrascendente que probablemente limite con lo prescindible. Esto es un torear de salón, una patada contra el aguijón de la lógica; esto es, dicho con indulgencia, apatía de estío, pura artificialidad, una fachada retórica sin contenido ni otra intención que no sea la de mantener a N-7, sin la acuciante necesidad de devanarme los sesos, con continuidad y vidilla. ¿O es que los esforzados de la gleba no tenemos derecho a vivir durante unos días como concejales, dentistas o liberados sindicales?.

Así que lo que sigue es una danzarina sinsorgada de la que culpo al escaso caudal de ideas que corren por mi mente. ¡Por supuesto que por el mismo precio y con similar esfuerzo hubiera podido posar otra cosa de mas sustancia!. Pero para qué, si mi moderada esquizofrenia veraniega me ha tornado sinuoso y vago. Además, hasta un pelo[1] da sombra y grano a grano se hace granero. ¿Pensamiento simbólico o cachondeo?...

¡Si, y los cubos de dos números consecutivos difieren en el triple del cuadrado del menor, más el triple del menor, más la unidad[2]; no te jode!. "Disculpas fuera de tono las suyas", D. Gaiferos.

En fin, ya hasta el cuello en el agua enfangada, no queda otro remedio que tornar a aquel libro que semanas atrás excarcele para tontear con las artes adivinatorias, y que hoy, merced a los servicios prestados, corre con libertad sin fianza por los lugares mas inverosímiles de la casa. Venga, sin mas dilación roamos hasta el tuétano...

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EL BONITO JUEGO DEL AQUELLARRE.
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La voz aquelarre se deriva del vascuence y significa «prado del cabrón». lugar que se denominaba así porque en él el demonio, instalado en una especie de bufete, presidía la «espantable orgía».

Hubo la creencia general de que esta ceremonia se celebraba los sábados, pero parece haberse demostrado que éstos eran días excepcionales. Las brujas, montadas en sus escobas, se dirigían al lugar de la cita diabólica. Sin embargo, esto no está tampoco muy claro. En las declaraciones de algunas brujas contra las que intervino el »inquisidor Alonso de Salazar, después de haber visitado las montañas de Navarra, consta que tales brujas lo que solían hacer era «dormirse en el punto de salir». Nadie las sentía cuando se escapaban ni se las echaba de menos porque «quedaba siempre en su lugar una persona supuesta».

En estas orgías -cuando menos en su forma más elemental- las brujas bailaban ante el Gran Cabrón que las presidía y a los sones de un pandero de «mal son». El cielo se ennegrecía y las más impenetrables sombras as rodeaban; espantosos murciélagos revoleaban sobre la escena. Para esta danza las brujas se disponían en circulo en torno al Gran Cabrón que se hallaba de pie sobre su plataforma de piedra, empuñando una vela de pez en cada mano y sosteniendo otra entre sus cinco cuernos. A la lívida luz de estas luminarias, alternativamente, brujas y demonios o íncubos, dándose las manos, comenzaban a danzar vertiginosamente en torno a la plataforma hasta que la danza se desbordaba en un verdadero frenesí y en una franca orgía. Entonces el Gran Cabrón descendía de su altar y se mezclaba en las danzas tomando parte en la horrible confusión. Este era el momento en que tenían efecto toda clase de aberraciones.

Según declaraciones de brujas, recogidas en sus procesos inquisitoriales, unas veces el demonio las golpeaba con los cuernos, otros con los rabos o con las pezuñas, y allí donde él trazaba una señal el lugar tocado se hacía insensible.

Una de las brujas que figuró en la relación del inquisidor Alonso de Salazar, cuenta que de su trato con el demonio, a la hora de parir, paría sapos.

El sapo, como hijo de bruja, tiene una gran importancia en multitud de relatos y relaciones inquisitoriales de la Edad Media y aun más acá. En la segunda década del siglo XVII, una vieja que vivía en Pasajes, y a quien llamaban Marichuloca, fue arrojada del pueblo por los propios niños a quienes ella quería llevar al aquelarre y que la corrieron a pedradas. Una de las criaturas a quien logró engañar regalándole nueces -que, al parecer, es regalo de brujas-, contó que la vieja lo recogía en la cama y lo llevaba al «lugar de costumbre», donde lo tenía guardando sapos hasta el amanecer, porque, como dice el duque de Rivas:

Diz que cuando el gallo canta
desaparecen de improviso
los Aquelarres de brujas,
los fantasmas y vestiglos.


Estos mismos sapos, hijos de bruja, son los que, según dicen todavía en Asturias, caen del aire cuando llueve con violencia. Porque, además, las brujas vienen a ser una especie de causantes de la lluvia, o nuberas, como se las llama en esa región.

Había también otra clase de aquelarres, entre los cuales los más importantes son el llamado imaginario y el que tiene por objeto las prácticas de magia negra. Para el primero, valíanse las brujas, según se supone, de la especie de ungüento antes aludido[3], a cuyo cocimiento se mezclaba un poco de hollín de la chimenea, savia de cáñamo verde, estramonio y otros ingredientes, en los que también tenía su representación la adormidera. A estos aquelarres hay que referir los relatos de machos cabríos encerrados en jarras o redomas y que salen de ellas y a ellas vuelven una vez han efectuado determinadas ceremonias; los polvos diabólicos recogidos «detrás» del cabrón, los festines en los que se comen abortos hervidos sin sal, junto con galápagos y serpientes, las danzas de monstruos y las orgías en las que los íncubos se entregaban a los más nefandos desenfrenos.

Pero tanto este tipo de aquelarre como el que tenía por objeto la práctica de la magia negra, mucho más complicado y macabro que el anterior -intervenían en él candelas de grasa humana, sangre de la víctima, clavos arrancados del féretro de un ajusticiado, cabeza de gato negro cebado durante cinco días con sangre humana, murciélago ahogado en sangre y cráneo de parricida-, no tenían nada que ver con los más elementales que celebraban las brujas y hechiceras españolas, «más ingenuas» quizá. Pocas posibilidades les ofrecía un país esencialmente católico como el nuestro, a pesar de que Francia y Centroeuropa se entregaban a lo que se ha dado en llamar «alta magia», simbolizada por Baphomet y las lunas blanca y negra de Chesed y Geburah.

Muy pocos han conseguido ver un aquelarre y no por ello pueden considerarse seres privilegiados. El P. Agustín del Río dice que un inquisidor llamado Bartolomé de Homate actuó en tierras de Italia contra las brujas, pero deseando saber cómo procedían se dirigió, acompañado de su notario, al lugar donde se juntaban. Ambos personajes tuvieron entonces ocasión de contemplar al demonio en forma de macho cabrío sentado entre las brujas, como si fuera un gran señor. Pero apenas las jorguinas se dieron cuenta de la presencia de los dos hombres, asieron sus escobas, se precipitaron sobre ellos y los molieron a escobazos. «No aconsejaré, pues, a nadie, que emprenda estas experiencias», termina.

En algunos lugares de Barcelona las brujas se reúnen a las once en punto de cada sábado, y dura la reunión hasta la primera campanada de las doce, pues si la última sorprende a la bruja sin haber efectuado su misión y sin hallarse en su casa, permanecerá en el mismo lugar en que se hallaba hasta el día siguiente por la noche. En Valencia ocurre también lo mismo, pero para poder salvarse cuando se han demorado, han de permanecer agarradas a la estaca del alfarje o a la tranca del establo. Las brujas del Ampurdán parecen haber sido las inventoras de la costumbre moderna de celebrar los aquelarres en casa de alguna de ellas, pero hasta el último instante no se sabe nunca en casa de quién va a celebrarse. Lo deciden en el aire, en pleno vuelo, y la distinguida con tal honor ha de invitar a las demás a una gran cena en la que no figurará jamás carne de cerdo curada o pan. Como quiera que las brujas ampurdanesas tienen un alto sentido de la hospitalidad, antes de echarse a volar dejan ya la mesa puesta para el caso de que las elijan.

Cuando son casadas toman, naturalmente, grandes precauciones para que sus maridos no las descubran. Algunas colocan en la cama un tronco de árbol, o un saco lleno de trapos o al diablo en persona.

Juan Amades nos habla de una de esas reuniones o aquelarres, muy semejantes a los ya descritos, pero que en el Rosellón tienen pequeñas variantes. Por ejemplo, el diablo puede presidir en forma de perro o mono, vigilando el contenido de una gran caldera en la que las clásicas hierbas de la botánica negra[4] hierven con serpientes, víboras, lagartos, salamandras, escorpiones, sesos de pardillo, de gato, cabezas de rana, mezclado todo con sangre de palomo y de murciélago. Este es -dice- un brebaje para hacer encantamientos y al mismo tiempo ungüento para volar y practicar la licantropía. «Para evitar que los no iniciados puedan presentarse a estos aquelarres, desencadenan vientos en todas direcciones y así hacen imposible el acceso al lugar donde se celebran. Antes de disolverse la reunión comercian con el diablo para reafirmar el pacto establecido y le besan bajo la cola en señal de acatamiento.»

Con una rigurosa documentación, Agustín G. de Amezúa, en su magnifica edición crítica de El coloquio de los perros, ha reconstituido uno de estos aquelarres celebrados en la Mancha. Elige como escenario «una cocina obscura y misteriosa, alumbrada por la tenue luz de un mísero candil, o por el reflejo rojizo de las ascuas». Por toda ella, en los rincones, estantes y alacenas se ven todos los utensilios y armas de la brujería. «Estampas de Santa Marta, San Erasmo o San Cristóbal, pegadas a las paredes, clavos hincados tras la puerta, bolsillas de paño, rojo por una vuelta y azul por otra, conteniendo sogas de ahorcados, ochavos de verdugos, barajas de 41 naipes, polvos quemados de piedra alumbre, piedra imán, cabos de cera blanca, hilillos de ombligo de niños, habas de mar y caracolillos, figuras de cera y atravesadas en ellas alfileres y agujas, sesos de asno, hienda de lagartos y otras mil porquerías, sin que falte su sapo entre dos velas, o su bien cuidada maceta de valeriana, regada con vino, muy propia para hechizos».

«En la cocina se encuentran dos, tres mujeres a lo sumo; salvo alguna moza curiosa y principianta, como se verá luego, todas son viejas, altas y huesudas, o arrugadas y contrahechas, de mala catadura, ojos de arpía, pelo revuelto, canoso y desgreñado, que les cae sobre el sucio y miserable corpiño».

Dos de estas mujeres son ya duchas en el oficio, pero la tercera es joven y novata que va a ser iniciada esa noche. «Juana la Izquierda, maestra de todas, comienza la ceremonia invocando al demonio dentro del necesario cerco. Para hacerlo desnúdase en carnes, suelta su cabello, ralo y canoso, de modo que le cubra las espaldas, ase de una escoba de palma, perfumada previamente con alcrebite, adorna su pelo con una toca y barre, ante todo, el espacio del suelo destinado a contener el cerco».

Con carbón o con sus mismos cabellos dibuja en el suelo un círculo y coloca en su contorno sal, carbón y azufre, y desgreñada y desnuda, como ya hemos dicho, entra en él armada de la escoba y con una candela encendida. Una vez dentro barre la sombra que de su cuerpo proyecta la candela, mientras salmodia en voz baja:

Ven, ven, marido,
cara de cabra,
que más vale lo mío
que tu barba.


Repite la invocación por tres veces, mientras las dos ayudantas cooperan, fuera del círculo, a la invocación, exclamando con voces lastimeras:

Ven, Belcebú, ven,
Ven, Satanás.


Si el demonio no acude a este llamamiento, entonces una de las tres brujas se abraza a la cadena que sostiene el perol en la chimenea y desde allí hace una nueva invocación.

Inmediatamente se oyen extrañas palabras y grandes alaridos mezclados con tremendos ruidos y confusión, pero entre toda esta batahola se oye claramente una voz que dice: «¡Guárte, guárte!». Y aparece el demonio.

Este hace acto de presencia según la forma tradicional; es decir, como macho cabrío, aunque puede, como ya hemos visto, adquirir otras formas diferentes, incluso las de conejo, lobo o mula parda, «si es que, presumido y vanidoso, no entra vestido de negro, con negra barba y negra gorra también».

Es éste el momento de la presentación de la neófita, el demonio la abraza y entonces todas bailan alegremente hasta que el diablo desaparece.

Recógense a la lumbre las jorguinas, desnudándose todas con presteza hasta de la camisa misma y, tomando la olla de barro, úntase las coyunturas de los pies y de las manos, diciendo al mismo tiempo la oración a Satanás u otras fórmulas y palabras misteriosas:

Lucifer,
hijo de príncipe, sobrino de Corer,
pan y quesito - te daré a comer.
Lo que te pidiere - dámelo a entender
por hombre que pase o agua que vacíe,
o perro que ladre;
que te doy palabra, si me lo otorgas,
de no santiguarme en la cama ni en la iglesia,
ni delante del santo que encontrare


Dicho esto aparece de nuevo el diablo y las brujas se sienten alzadas sobre el suelo cosa de un palmo, e inmediatamente emprenden el vuelo diciendo sin descanso:

Vamos viga por viga,
en la ira de Santa María..


Llega después el aquelarre propiamente dicho. Las brujas, tañendo diversos instrumentos, bailan en torno al macho cabrío. De pronto una de ellas comienza a cantar:

¡Qué buena es la ruda!

y responde el coro:

No vale nada.

Luego repite otra:

¡Qué buena es la verbena!

y el coro contesta:

No vale nada.

Y una tercera dice:

¡Qué buena es la hierbabuena!

Pero el coro insiste:

No vale nada

Hasta que, por último, hay una que exclama:

¡Qué bueno es el orégano!

Y todas dicen:

El orégano es bueno.

A cada uno de estos cantos el macho cabrío bala y las brujas lo besan donde ya se ha dicho. Luego, contentísimas porque el orégano es bueno, se ponen todas a bailar cantando:

Huevos cocidos
para nuestros maridos;
huevos asados,
para nuestros enamorados;
el carnero
para mí lo quiero.


Y entonces da comienzo la orgía mientras el carnero se va por las patas abajo.

Desdichado de aquel que, cuando el coro de brujas se dirige al aquelarre alborotando por las calles, asome la nariz por la puerta, porque entonces las brujas lo untan con sus untos y como éstos tienen propiedades aéreas, se lo llevan en volandas. Al regreso, antes de que cante el gallo o apunte el alba, suelen, para divertirse, sacar a algún pobre hombre de su cama y dejarlo en la calle en camisón.

Ya de vuelta en la cocina, desaparece otra vez el diablo, y las brujas, apresuradamente, empiezan a vestirse, repitiendo otra vez a toda prisa:

Vamos viga por viga
en la ira de Santa María.


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NOTAS:

 1.- Pelo que me viene al pelo para dejar caer una anécdota que me contó un tipo -bastante mas excéntrico que yo- en una librería de Leeds. Decir que mi interlocutor era uno de esos chiflados que babean ante un juego de ingenio bien planteado, y que la anécdota esta relacionada con el pusilánime e inefable reverendo Dogson, por otro nombre Lewis Carroll.

De todos es sabido que Carroll realizo numerosos dibujos y fotografías de las hermanas Liddell (Lorina Charlotte, Alice Pleasance y Edith, por orden descendente de edad), donde Alicia, la víctima de nuestro interés, invariablemente aparecía con media melena azabache al estilo paje. Así era y así continuo siendo cuando de su persona nació la Alicia del país de las maravillas.

No obstante, la representación iconográfica de la niña poco tuvo que ver con la idea del autor, lo que llevo a este, apocado y mansueto por demás, a calzar un severo e inédito cabreo. Y es que dicen pareció poseído por las furias, cuando el ilustrador John Tenniel le envió los bocetos para su aprobación. No era para menos aquel iracundo arrebato, digo yo, pues Alicia, Su Querida Alicia, se había transformado en una rubita de melena bien plantada.

Luego de que se le hubo pasado el sofión y pudo enfrentarse al papel sin rociarle de indignada salivilla, Dogson envío una carta al ilustrador incluyendo en ella un puñado de bocetos de su mano. Tenniel, contemporizador, accedió a devolver a Alicia su negra y recortada melena. Mas no pudo ser, los editores consideraron que la mudanza era una pejiguera que, además, iba a salir cara, puesto que las primeras planchas habían entrado ya en la imprenta.


 2.- No, no se trata de uno de esos trabalenguas al uso. Digo verdad.

Sea n un número cualquiera; el siguiente será n + 1

El cubo de n es n^3

El cubo de n + 1 es (uso cuenta de la vieja) n^3 + 3 x n^2 x 1 + 3 x n x 1^2 + 1^3 = n^3 + 3n^2 + 3n + 1

Restando de este último resultado el primero, se obtiene:

n^3 + 3n^2 + 3n + 1 - n^3 = 3n^2 + 3n + 1



 3.- La referencia es, naturalmente, a capítulos anteriores. Leídos estos con impaciencia y premura he dado con un par de descripciones dignas de ser referenciadas, aunque la que sigue es, a mi juicio, la que mas se ajusta a la intención de esta nota:

«Ni brujas ni especialistas están de acuerdo con respecto a los ungüentos más eficaces para salir por las chimeneas. No parece que se haya inventado hasta ahora el ungüento tipo, aunque, bien es verdad, todos parecen estar de acuerdo en la excelente propiedad de determinados componentes base de tales preparados. Se supone que el más antiguo de los ungüentos conocidos se preparaba según una fórmula salvaje heredada de las lamias, strygas y empusas de Tesalia, que costaba siempre la vida a un niño, con cuya grasa, beleño, belladona y jugo de adormidera, confeccionaban una especie de afrodisíaco»


 4.- Lo juro, me he dado un notable calentón espigando entre librotes que pudieran contener algo sabroso con lo que aderezar esta nota. Puta mierda, a lo que se ve no debo de ser yo muy amigo de la botánica oscura o criptobotanica o botánica mágica o gilibotanica por mejor decir. Resultado: Como casi siempre que me enfango en temas semejantes, la solución ha pasado por la consulta - no diré que exhaustiva porque mentiría- de un par de buenos diccionarios sobre mitología. Sigue, sin enlaces ni hostias, lo mas interesante que he encontrado:

SALVIA (Salvia officinalis).- ROMERO.- PERICON (Hypericum perforatum).- ADORMIDERA.- ARTEMISA (Artemisis vulgaris).- ROBLE o CARBALLO.- CENTAURA (Centarium umbellatum).- DIGITAL (Digitalis purpúrea).- OMBLIGO DE VENUS (Umbilicus pendulinus).- RUDA (Ruta graveolens).- VERBENA (verbena officinalis).- TORVISCO (Daphne gnidium).- MARRUBIO (Marribium vulgare).- ESCORODONIA (Teucrium scorodonia).- PULSATILA (Anémone pulsatila).- HIERBA DE SANTIAGO (Senecio jacobaea).- CINAMOMO.- CONSUELDA (Symphytum officinale).- ARNICA (Arnica montana).- CARDO SANTO (Cnicus benedictus).- SAUCO (Sambucus nigra).- CICUTA (Conium maculatum).- MENTA.- OREGANO.- MALVA REAL (Althaca rosae).- VINCAPERVINCA (Vinca minor).- MALVAVISCO (Althaea officinalis).- ORTIGAS (Urtica dioica).- HIERBA MORA (Solanum nigrum).- AIPO (Smyrnium olusatrum).- CARQUEXIA (Genistella tridentada).- CELIDONIA (Chelidionium majus).- LLANTEN MENOR (Plantago lanceolata).- HINOJO ...

¡Que cojones, no sigo, me canse!

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