viernes, agosto 29, 2003

CRONICAS DEL AIRE VI.

Além da Terra, além do Céu

Além da Terra, além do Céu.
no trampolim do sem-fin das estrelas,
no rastro dos astros,
na magnólia das nebulosas.
Além, muito além do sistema solar,
até onde alcançam o pensamento e o coraçäo,
vamos!
vamos conjugar
o verbo transcendente, acima das gramáticas
e do medo e da moeda e da política,
o verbo sempre amar,
o verbo pluriamar,
razäo de ser e de vivir.

Carlos Drummond de Andrade


Con más estruendo que efecto, las cuatro gotas que caen redoblan a gloria sobre la mesa de la terraza. Herr Dürr, mi vecino, ha corrido el toldo y, ensimismado con el pincel en la mano, sigue con la copia de un cuadro de Balthus. El modelo por el que se guí­a es un estandarte movido por el viento que a veces tiene que detener con la mano. Entre las patas del caballete aprecio una botella mediada de vodka. No hay vaso, Herr Dürr bebe a morro, ducho como un cosaco. De la habitación de los belgas llegan, amortiguados por la bendita lluvia, tiros cinematográficos.

Acaban de irse de aquí un par de policí­as. Han venido a verme porque esta mañana, cuando la administrativa que tenemos salió a consultar unas cosas con el del almacén, algún cabroncete entró en la caravana y puso ruedas a un osciloscopio de muestreo digital, una sonda de suceptibilidad magnética, un CD de ZZ Top y otro de Orff, el bolso de la muchacha, unos prismáticos y una pera. Había instrumental de mayor calidad, pero los animalicos arramplaron con lo que estaba estuchado y, a saber por qué, con la puta pera.

Dice la poli que aproximadamente a esa hora fueron vistos dos tipos portando maletines en una moto y que lo están investigando. Pues eso, que lo investiguen bien y que les agarren pronto por los huevos. Será mejor para todos. Es decir, que para los cacos será más benigno que les eche mano la autoridad a que lo hagamos Jatav y yo, que tenemos nuestras pistas y a un par de sospechosos bajo el punto de mira de nuestro más profundo enojo. En oficios como el mío, que te llevan a cualquier ambiente y lugar, es imprescindible no dejarse amedrentar, actuar con contundencia ante la más mí­nima provocación, mostrar recursos, dar patadas en el culo y dejar meridianamente claro que nadie que te tome el pelo va a poder disfrutar mucho de ello. Ni contemporizar ni hostias. Los paños calientes que los pongan las abuelas. Así de claro, porque lo demás son putas pamplinas que te dejaran tirado.

Bueno, como dice Jatav: «No hay tigre tan grande como su boca, ni desierto tan solitario y áspero como el corazón de un avaro»

Herr Dürr tiene mala letra y una moto que compró a un gitano. La moto se llama... (lo tengo aquí apuntado pero ya he dicho que mi amigo tiene mala letra)..., se llama Taktstocck, que quiere decir "batuta"; el gitano no se como se llama. A Herr Dürr, desde ahora Herweg, no le gusta la cerveza pero le encantan el vino y el vodka . Herweg es alemán, casado (este fin de semana van a venir a visitarle su mujer y una nuera y está que echa las muelas. Mientras fragua un encofrado pensábamos irnos tres días al norte, a Oporto, donde mi colega quiere echar un ojo al Museo de Arte Contemporáneo. Servidor, antes que dar gusto a la vista, preferirí­a dárselo al gaznate en un par de tabernas no aptas para turistas que miran al Duero), cincuentón, melómano, de estatura media y tez morena, gruñón y distraído. Herweg me recuerda a Heinrich Böll, aunque tiene la mirada menos pesarosa y advertida. Vive en un tranquilo y acomodado barrio de Colonia, y corre estos pagos para recuperarse de una operación de vértebras que sufrió tras un accidente de tráfico. Aquí, lo que son las cosas, se ve feliz y libre y viste y se comporta como un viejo rockero. Se de buena tinta que está buscando, por los alrededores, una casita con huerta y sin pretensiones para dedicarse a la música y a la pintura y al morapio el dí­a que mande a tomar por el culo a los riñones ajenos, porque Herweg es nefrólogo... y columnista de una revista médica que tiene un título cabrón y largo.

Joder, a medida que uno va cumpliendo años empieza a conocer a cantidad de muertos y jubilados..., que es a lo que hay que pretender llegar, en su orden lógico, con alegrí­a, decencia y garbo.

Antes la tarareaba o silbaba entre dientes con más voluntad que acierto; ahora intento cantarla. Me la ha enseñado Herweg. Vere si se pasar a limpio su traumática letra.

Lili Marlen, se llama la cosa:

Vor der Kaserne, bei dem grossem Turm
Stad eine laterne und steht sie noch davor
Dort wollen wir uns wiedersehen
Bei der Laterne wollen wir stehen,
Wie einst, Lili Marlene
Wie einst, Lili Marlene
...


Algo así como:

Ante el cuartel, delante del portón
había un farol y aún se encuentra allí­.
Allí volveremos a encontrarnos, bajo el farol
estaremos como antes, Lilí Marlene.
Nuestras dos sombras parecían una sola;
nos queríamos tanto que daba esa impresión.
Y todo el mundo lo verá cuando estemos bajo el farol,
como antes, Lilí Marlene.


En compensación y puesto que estamos en Portugal yo le estoy enseñando:

Grándola, villa morena
Tierra de fraternidad
El pueblo es quién
más ordena
Dentro de ti, ¡oh! ciudad


Dentro de ti, ¡oh! ciudad
El pueblo es quién más ordena,
Tierra de fraternidad
Grándola, villa morena...


Taktstocck es grandota, ancha, crema y roja, de asientos bajos y tan vieja como la deriva continental, aunque afinada como un Stradivarius con ruedas anda que se las pela; anda tanto que puede encontrársela, naturalmente con su piloto a bordo y a veces con servidor mismo de paquete, en cualquier punto que caiga dentro de los limites comprendido entre el Cabo de Sines y Beja por el norte, Beja y Villa Real de San Antonio por el este, y el Océano Atlántico por el sur y el este. Taktstocck es gruñona en extremo; algo cojonudo de veras, porque donde quiera que va produce un revolú del carallo.

En estos trajines por esta imaginaria Mancha Lusa uno aprende mucho. Y se divierte y relaja, y conoce a personajes memorables que dan cien patadas a los estúpidos que los medios colocan en portada. Ayer mismo pasamos el día brujuleando por la costa. Quería Herweg comprar unas cosas para que su mujer las traslade a Colonia, así­ que gastamos la mañana en la caza de un quincallero ambulante que compra y vende objetos antiguos de cocina. No dimos con él, pero tal no hizo efecto en nuestro ánimo. Comimos en un coreano que está al final de una calle a rebosar de gilitiendas, estrecha y empedrada, congestionada por coches de matricula extranjera. El comedero estaba, fotograma a fotograma, sacado de una mala película de chinos. Ya el aparcamiento mismo daba risa con todas aquellas ringleras de gallardetes. Un cartel señalaba que en la parte trasera había una escalera que llevaba a la playa. El interior era un puto carnaval oriental: Lámparas inverosímiles que apenas alumbraban, paños de adorno que harían feliz al diseñador del catafalco de Dracula, pinturas enmarcadas de excelsos paisajes que en realidad nunca existieron, ceniceros monstruosos, budas gordotes de mirada obtusa, máscaras y pebeteros, muebles pesados y oscuros con orlas de dragones y bichos feos...

En fin, que comiámos prevenidos unos palitos de no sé qué, viscosos y especiados a voleo, cuando se presentó un hombre grandote, negro, de ciento treinta o ciento cuarenta kilos, con gruesos carrillos y papada colgante, enfurruñado y con un tono de voz que se sobraba y bastaba para perforarnos los oidos. Su indumentaria consistia en una túnica negra y desbarajustada, con manchas de lo que podía ser cualquier cosa, o muchas e ignotas cosas a la vez, constreñida y exornada en dorado y rojo con arborescencias coralinas. "El TAI-CHI es un antiquísimo concepto filosófico chino. Externamente se manifiesta en una continua sucesión de movimientos lentos, armónicos, suaves y circulares regidos por la mente y coordinados con la respiración, sin alternancias circulatorias ni nerviosas. Estos movimientos tienen como finalidad la consecución de equilibrio, armonia, larga vida, mejora de la sexualidad y capacidad para la defensa personal activa. Si desea vivir, moverse y respirar como la naturaleza exige, aprenda TAI-CHI", dice el fantasioso folleto que en primera instancia nos coloca sobre la mesa. Luego, despues de seis o siete agónicos ciclos respiratorios por su parte, el muy joputa intenta colocarnos varillas de incienso y (en realidad os cuento esta anécdota porque jamas en mi puta vida nadie ha intentado colocarme semejante cosa) un cojín de meditación. Así­, por las bravas. Con dos cojones y a pecho descubierto.

En vez de descojonarmos dijimos que no, que en otra ocasión, que "ahora" era mal momento. Y se dirigía la mole hacia otra mesa (pese a ser grande el comedero estaba ocupado casi en sus tres cuartas partes), acezante, cuando un tío repulido que parecia levitar sobre las puntas de los pies, se levantó de su mesa y se dirigió a un chinorris... o lo que fuera. Segundos despues, como treinta, un puñado de histericos monigotes conminan a la mole a abandonar la sala. Alertas mi colega y yo comprendimos, al fin, que nos encontrabamos en uno de los feudos de los dilectos seguidores de Dante... y Tomante. La bronca consiguiente y el marchar sin pagar os lo contaré otra dí­a. O no, ya veremos. Es decir, las situaciones kafkianas para mejor ocasión.

Pensar que en estas salidas he encontrado cosas que se avienen más a la filosofía de http://www.fractales.org es cosa de razón. Y veraz. Pero como ahora no tengo tiempo para ponerlas las dejo para más adelante.

Ahora, queridos colegas, poner los carros en circulo, avivar el fuego y aprestar las armas. Las abyectas bandas del Chunda Chunda y la Neurona Unica bajan de Sierra Morena.

Sanseacabó. Me voy a tirar piedras al agua para aligerar cuerpo y alma.

Ser felices y hasta otro rato
Publicado por Don Gaiferos en 10:05 p. m. |  
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