sábado, agosto 25, 2007

De cuando las Elipses se reafirmaron en los cielos (III)



Si bien no estoy seguro de que mis gustos concuerden con el ritmo general de este tiempo (efímero en cuanto a la organización del pensamiento, camastrón y proclive al fiar de quienes "gobiernan" - en política todos somos cornudos pacientes- , banal y ñoño hasta saciar, consentidor y desculturalizado, resorte de pulsiones inmediatas, tabularrasente y sin noción de que, como los frutos y los arboles, el ser y madurar requiere tiempo...), si lo estoy, empero, de mi arrebatada incapacidad para enmerdarme en lo que debo. ¿A santo de qué, sino, iba a dejar un montón de papelones que me serán necesarios para hablar de Keplero?.

Digamos que para un carácter como el mío es inevitable. Qué igual me da. Qué al que no le guste le eche le eche azúcar; se asocie al Piercing Fans International Quartely; se inmole en fanáticas llamas; relate en no menos de diez mil palabras como el Japón ha migrado, desde un feudalismo tardío, hasta las mas avanzadas formas de organización industrial; tome jabón por el culo; cante y cantorizze sobre los grados de infinitud de los conjuntos infinitos; escriba redondillas o, por poner, traduzca y anote estas líneas que recuerdo: «Sed ubi, omnibus rebus exploratis. Petrejus tuba signum dat, cohortes paullatum incedere jubet; idem facit hostium exercitus. Postquam eo ventun est, unde a ferentaris praelium committi posset, maximo clamore, infestis signus concurrunt (de este venir a las manos con voces y encarnizamiento no estoy seguro, acaso marre): pila omittunt, gladiis res geritur. Veterani, pristinae virtutis memores, comius acriter instare, illi haud timidi resistunt; maxima vi certatur. Interea Catilina cum expeditis in prima acie versari; laborantibus succurrere; integros pro saucis sauciis accersere, omnia providere; multum ipse pugnare; saepe hostem ferire; strenui milites et boni imperatoris officia simul exequabatur (¿exsequebatur?)»

Mierda, otra vez el ego me ha perdido...

¡Keplero. Qué chaparrón me viene encima!

Trago saliva, tomo aire y corro como braco tras las calzas de la liebre malparida. Malparida en cuanto a aspecto, oigan, porque mira tu que no era feo este Keplero. Un aborto en la madurez redivivo. O no tanto, que, a veces, se me van los dedos en pijoterias literarias. Trato sin embargo con un retrato suyo que tengo a tres cuartas de la nariz y en base al cual le pretendo describir:

Tiene Keplero una cara enjuta que tras la barba se adivina alargada, flor de carrillos hundidos enmarcada por una alta gorguera tan característica como poco agraciada, que cae impoluta sobre unos hombros caídos y estrechos. La nariz la tiene un pelin larga y nada puntiaguda; la boca, apenas esbozada, proyecta unos bigotes largos y reciamente afianzados. La larga barba, bien recortada, apunta a blanco bajo los labios; las orejas llegan a intuirse algo grandes y separadas de la cabeza. Los ojos los tiene redondos y muy remarcadas las cejas. El semblante es a la vez sereno y advertido, de persona metódica y reflexiva. Porta en las manos regla y compás, instrumentos indisolubles de la figura del astrónomo....

Puta pario, saltémonos el paréntesis de esta comedia y hablemos en serio:

Hasta entonces, como he apuntado en capilladas anteriores, para los filósofos y astrónomos era evidente que los planetas se movían en órbitas circulares; idea que no varió tampoco cuando Copérnico desplazó a la Tierra de su posición central y, como a los demás planetas, la hizo girar alrededor del Sol. Fue pues, gracias a la precisión y habilidad observadora de Tycho y a la sagacidad matemática de Keplero que pudo establecerse el verdadero principio al que se subordinan todos los objetos que orbitan en el cielo.

El paso hacia adelante que la «Astronomía Nova» representó para la Astronomía moderna es, por lo menos, tan trascendental como el dado por Copérnico. Pensemos que lo teorizado por este era de momento pura Geometría. Sin embargo, con Keplero surgen preguntas nunca pronunciadas y empiezan a vislumbrarse cosas nuevas: ¿A santo de qué un planeta ha de moverse más veloz en las proximidades del Sol? ¿Existe alguna fuerza originada en el Sol que actúe sobre los planetas que le orbitan?... Asuntos que representaron, digámoslo claramente y con sencillez, un viaje sin retorno entre lo especulativo y cerrado y lo empírico, dinámico y abierto.

Decir además que de aquella andaba también en danza otro apasionado admirador de la teoría de Copérnico: se trataba nada menos que de Galileo Galilei (1564-1642), el primero de los físicos según el concepto que en la actualidad se tiene del oficio. Este, que había oído de la invención de un aparatejo que conseguía hacer como próximos a objetos lejanos, se construyó el mismo uno (telescopio, le llamo) y descubrió con el tubillo de marras -poco después- las cuatro lunas más brillantes de Júpiter [1], las manchas solares, los cráteres de la Luna, las fases de Venus y la conformación de la Vía Láctea por innumerables estrellas. Estas novedades, de las que por supuesto Keplero tuvo nuevas, movieronle a publicar en 1610 «Dissertatio cum Nuncio Sidero», y un año después, cuando hubo construido su propio telescopio [2], la afamada «Narratio de Observatis Quatuor Jovis Satellitibus», donde consignó sus propias observaciones sobre los satélites galileanos.

Todo esto entreverado de pesadumbre y amargura, pues al fallecimiento de su hijo Friedrich en 1611 siguió, casi sin solución de continuidad, el de su esposa, con la que había tenido tres hijos: Susana, el citado Friedrich y Ludwing. En 1612, tras el fallecimiento también de Rodolfo II, Keplero deja Gratz para ocupar un cargo de matemático en la ciudad de Linz, puesto en el que se sostuvo hasta 1626. En esta ciudad austríaca sita en la banda derecha del Danubio, nuestro paciente Keplero contrae segundas nupcias con una tal Reuttinger, enseña, estudia y calcula y calcula...

A raíz de su bendito empecinamiento en explicar de un modo general los movimientos planetarios en su conjunto, Kepler pudo en su «Harmonices mundi» presentar su tercera ley del movimiento de los planetas. Esto fue en 1619. Para ello, tras un poco de filosofía sobre la belleza armónica del sonido, mucho cálculo, baños de geometría y los conceptos enumerados en sus leyes anteriores como punto de partida, Kepler estableció la proporción respectiva de la velocidad angular de un planeta en la proximidad y lejanía del Sol -no digo afelio y perihelio, como debería, por no joder-, observada desde este, y comprobó que estos coeficientes concordaban armónicamente. Luego, mediante un cuasi secreto procedimiento de cálculo (K. desarrolló un sistema de calculo infinitesimal para su propio uso), logró reducirlos a los intervalos de las escalas musicales mayor y menor. Pitagórico y hermoso a la vez. Un hacha este Don Keplero. Veamos ahora esta tercera ley:

3ª.- El cuadrado del periodo[3] de cualquier planeta es proporcional al cubo de la distancia media del planeta al Sol.

Esta tercera ley establece que si T1, T2, ..., son los períodos y r1, r2, ..., los respectivos semiejes mayores, se cumple:

T1^2 / (2r1)^3 = T2^2 / (2r2)^3 = k

o lo que es lo mismo:

T1^2 / r1^3 = T2^2 / r2^3 = ... = constan.

Como veis hemos relacionado el período de un planeta con su distancia media al Sol, que es igual al semieje mayor de su órbita elíptica. En forma algebraica (T = período de revolución; r = distancia media planeta - sol) la cosa quedaría de la siguiente manera:

T^2 = Cr^3 donde la constante C tiene el mismo valor para todos los planetas.

Pasa el tiempo y de nuevo recaen sobre Keplero penas propias de la jodida época que le tocó vivir. En el año 1620 la inquisición incoa contra su madre un proceso por brujería; dejando por los caminos tiempo, salud y dineros, corre el hijo al terruño para salvarla; logra su liberación pero eso no es sino un breve respiro. Tras unos años intermitentemente benignos la Guerra de los Treinta Años había comenzado a causar víctimas y estragos. Kepler y familia se mueven con cautela de uno a otro lugar. Lejos de permanecer ocioso durante este tiempo de mudanza compone, basándose en las observaciones de Tycho, las «Tabulae Rudolphinae», que extremadamente precisas reducen los errores medios de la posición real de un planeta de 5º a 10'. Corto de bolsa y por recomendación del emperador Federico II, allá por 1628 se presentó Kepler a Wallenstein (un militarote bastante tacañete que había sido capitán en las campañas de Hungría a las órdenes de Rodolfo II y a la sazón general), para cobrar unos duretes que se le adeudaban desde sus tiempos de Praga. Viaje en balde y pretensión vana. Mala jugada del destino, mejor dicho, porque mientras papeleaba y papeleaba intentando hacer valer sus derechos ante el Parlamento, en Regensburg (Ratisbona), falleció de rabia rabiña + pena penosa + desaliento + exceso de fatiga. Esto fue el 15 de noviembre de 1630.

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NOTAS:

•1.- Recordar que Júpiter es el mayor de los planetas, y que está rodeado por la más numerosa family de de satélites: trece para ser exactos, divididos en dos grupos; el denominado galileano, compuesto por las cuatro lunas mayores, y el de los otros nueve de dimensiones más mermadas. De estos últimos solo uno, "Amaltea", es interior a los cuatro observados por Galileo, que en orden de distancia al planeta son Io, Europa, Ganimedes y Calixto.

• 2.- Debo hacer notar que Kepler también puso su granito de arena en el campo de la óptica. En 1611 afirmó que para pequeños ángulos de incidencia el ángulo correspondiente era proporcional al de refracción, principio con cuya aplicación se pudo dar una idea general de la teoría del telescopio.

• 3.- Periodo de revolución: tiempo T que tarda un planeta en describir una órbita.

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CORRESPONDENCIAS:

<> "GALILEO GALILEI" -> Moti dei corpi celesti.

<> Instituto de Física Rosario -> La música de los planetas.

<> Jet Propulsión Laboratory -> Solar System Simulator.

<> UNIVERSIDAD DE PIURA (Facultad De Ingeniería) -> LA IGLESIA Y LA ASTRONOMÍA, AÑOS 1200 A 1800.

Don Gaiferos (el "don" es imprescindible)


Publicado por Don Gaiferos en 10:35 a. m. |  
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