jueves, julio 03, 2003

Darwin a secas II



Tanto ajetreo dio para que Darwin tomara notas para escribir un montón de libros; pero sobre todo, orientó definitivamente su vida por el camino de la ciencia. Forjó, digámoslo así­, un hombre nuevo repleto de inagotable paciencia, laborioso y con una agotadora minuciosidad a la hora de obtener y recopilar datos. Darwin regresó a Inglaterra el 2 de octubre de 1836, "fisicamente cambiado", a decir de su padre, y con la salud para siempre quebrantada. Pese a ello, desde su llegada hasta comienzos de 1839, Darwin curra como un negro por mil diablos poseído­. Prepara su journal, trabaja en la redacción de su diario de viaje y en la elaboración de dos textos en los que hace constar sus observaciones geológicas y zoológicas. El citado Journal (1839) y su obra posterior, "A Naturalist's Voyage Round the World in H.M.S. Beagle" ,se harán clásicos como libros de viajes. Residente londinense desde marzo de 1837, dedica parte de su tiempo a las relaciones sociales, actuando, más bien con desgana, como secretario honorario de la Geological Society.

Es durante este menein capitalino, por lo demás tan extraño al verdadero temperamento de Charles, cuando toma contacto con el que será su corresponsal y amigo Sir Charles Lyell, eminente geólogo escocés, autor de los imprescindibles: "Principles of Geology", que contribuyó a la aceptación de su propia teorí­a evolucionista, y "Elements of Geology", una obra capital en los trabajos de geologí­a estratigráfica y paleontológica. En julio de ese año (recordar que estamos en 1837) empezó a escribir su primer cuaderno de notas sobre sus nuevas ideas acerca de la "transmutación de las especies", pero, preocupado por no montar bronca, se abstuvo por un tiempo de escribir nada en serio sobre la misma. Será en junio de 1842 cuando se permitió un resumen de 35 páginas escritas a lápiz, las cuales amplio hasta 230 en el verano de 1844.

Por entonces, Darwin, durante una breve estancia en Maer Hall, la casa solariega de su fenomenal tí­o Josiah Wedgwood, se habí­a comprometido en matrimonio con su prima Emma, que era, en cierto modo, lo que toda la familia esperaba que hiciera. El matrimonio tuvo lugar el 29 de enero de 1839. Residieron en Londres (concretamente en el número 12 de la calle Upper Gower, frente a la Universidad de Londres y a un tiro de piedra del Museo Británico) hasta septiembre de 1842, cuando la familia se mudó a Down, en el condado de Kent, buscando el beneficio de una vida tranquila que se adecuase mejor a los padecimientos que Charles sufrí­a desde su crucero en el Beagle. Charles y Emma tuvieron diez hijos, seis varones y cuatro mujeres, de los que tres murieron en la infancia. George Howard Darwin , nacido en 1845, enseño astronomí­a y fí­sica experimental en Cambridge, siendo en su época toda una autoridad en cosmogonia.

Plantear alternativas a un sistema en el que se sustituy­an las esencias atribuidas por la divinidad a las cosas por formas transitorias que se iban adaptando al medio, fue nada menos lo que hizo Darwin. De ahí­, que no sean pocos los que defienden que "El Origen de las Especies" es el libro escrito en inglés más influyente en los últimos 200 años, el primero que planteó, metódicamente, unos orí­genes alternativos a los del Antiguo Testamento. Recordemos que por entonces la mayorí­a de los hombres de ciencia aceptaban la denominada teorí­a de la catástrofe, esa que daba por sentado que la Tierra ha experimentado una sucesión de creaciones de vida animal y vegetal y que cada creación ha sido extinguida por una catástrofe divina y repentina. Según tal teorí­a, el último hachazo divino habí­a sido el Diluvio Universal. Estas ideas, como a estas alturas ya habréis visto, fueron cuestionadas por primera vez por el geólogo Charles Lyell. Decir también que la teorí­a darwiniana debe mucho al "Ensayo sobre el principio de población", del economista británico Thomas Robert Malthus, pues fue esta obra, publicada cuarenta años antes, la que le sugirió la explicación de la evolución de los organismos. Después de dar aquí­ y allá con unos párrafos esclarecedores, Darwin anotó en su diario:

"Lo que sugiere y demuestra Malthus es que el hombre, pero seguramente también todas las especies, tiene una capacidad de incrementar el número de sus individuos en forma tal que puede llegar a ser explosiva; la limitación de recursos en su ambiente actúa como un potentisimo selector sobre el exceso de individuos; éstos, al ser diferentes uno del otro, varí­an en sus caracterí­sticas y, consecuentemente, en su capacidad de obtener los escasos recursos, escapar de sus depredadores. etc. Me es claro ya, por la domesticación de animales y plantas y por los datos que he obtenido con los agricultores y granjeros, que las caracterí­sticas de los individuos pueden ser transmitidas a su descendencia. Si los individuos más aptos son los que sobreviven y heredan estas caracterí­sticas a su progenie, entonces se establece un mecanismo que puede cambiar, diferenciar e incluso dar origen a las especies. ¡Finalmente tengo una teorí­a sobre la cual poder trabajar!"

Leí­do el libro de Malthus, transcurren 20 años sin que Darwin publique su teorí­a sobre el origen de las especies, aunque como ya apunté con anterioridad, escribiera algunos ensayos a modo de preliminares. Fue en abril de 1856 cuando tomando al toro por los cuernos empezó una redacción definitiva. Pero dos años más tarde, cuando se hallaba hacia la mitad del trabajo, un acontecimiento inesperado le tiró abajo el sombrajo: Llama dos veces el cartero a su puerta y, cuando se le abre, entrega una carta del naturalista Alfred Russell Wallace, que a la sazón se encontraba recogiendo especí­menes en las islas Molucas. La carta iba acompañada de un manuscrito que Wallace pedí­a Darwin que leyera y enviara a alguna revista cientí­fica si es que lo encontraba de mérito. Lo cual que Darwin rompe lacres, lee el manuscrito, trata de agarrarse al aire, no puede y cae de puto culo al suelo, conmocionado.

El manuscrito de marras contení­a una breve, pero explí­cita, exposición de una teorí­a de la evolución por selección natural, que en todo lo esencial coincidí­a con sus propios puntos de vista. "Jamas supe de coincidencia más total", escribió Darwin casi de inmediato a su amiguete Lyell, al tiempo que le comunicaba sus vacilaciones acerca de cómo proceder respecto a la publicación de sus propias teorí­as, llegando incluso a sugerir la destrucción de sus escritos antes que aparecer como usurpador de los derechos de Wallace a la "primogenitura".

Total, que un poco a la salomónica, la cosa se arregló de la siguiente manera: El primero de julio de 1858, los coleguis de Darwin, Charles Lyell y el botánico Joseph Dalton Hooker, presentaron ante la Linnean Society, el manuscrito de Wallace junto a algunos extractos de los manuscritos y cartas (fundamentalmente una remitida el 5 de septiembre de 1857 al botánico estadounidiense Asa Grey, en la que Darwin hací­a un esbozo de su teorí­a) de Charles a colegas y amigos. Wallace, un hombre excelente por demás, nunca puso en duda la corrección del procedimiento acordado por los cuates de Darwin; catorce años más joven que Charles mantuvo con este una amistad que durarí­a toda la vida; es más, satisfecho por la manera en que la coincidencia se habí­a resuelto, cuando tuvo en sus manos un ejemplar de El origen de las especies llegó a escribir lo siguiente refiriéndose a Darwin: "Ni en sueños me hubiera acercado yo a la perfección de su libro. Confieso mi agradecimiento de que no me incumbiera presentar la teorí­a al mundo"

Con todo, la teorí­a de Wallace diferí­a de la de Darwin en algunos aspectos interesantes: Wallace negaba, por ejemplo, que la selección natural fuera suficiente para dar cuenta del origen del hombre, de modo y manera que su teorí­a no excluí­a la intervención divina directa. Además, sostení­a que el proceso evolutivo habí­a tocado a su fin en los hombres y que la evolución serí­a imposible en adelante.

CONTINUARA

Salud y arriba lo victoriano
Publicado por Don Gaiferos en 9:35 p. m. |  
Etiquetas: