lunes, junio 16, 2003

De lo modesto como insuperable objeto de goce y alegría.

De lo modesto como insuperable objeto de goce y alegría.

Hoy estoy espeso como la pez. Veréis por qué: Hace un calor que derrite, tengo las ventanas abiertas hasta donde los quejumbrosos goznes permiten, y, sin barrera acústica alguna de por medio, el terco run-run de los acondicionadores de aire de los vecinos me está jibarizando el cerebro. Hoy estoy espeso, muy espeso, hace un calor que mata y echo en falta la confortable y fresca compañía de un botijo.

Me encantan los botijos. Pero claro, eso debe de ser porque soy hijo de tierras tórridas y sin agua: góticas, sin sombra, sedientas, de resoles, hoz y guadaña. Hijo de un pueblo de cuatro chopos pelados, paja y barro, donde detrás de cada puerta, a un paso del camino, a un amén del enfebrecido caminante, posaba con modesto orgullo un botijo pasado por cientos de honradas y encallecidas manos.

Y tengo para mi, en mi almario, que por imperativo universal cada ser humano debería de poseer un botijo a rebosar de agua clarita, fresca y sin sodomía. Porque esa es otra que nos pasa inadvertida: es el agua, su bastardez, su escasez o mala calidad el mayor de los azotes mortales para la raza humana. Cuando decimos "al enemigo ni agua", pecamos de igual manera que lo hacen los asesinos de masas, los genocidas y los tiranos. Comparada a la falta de agua el SIDA y las neumonías típicas, o atípicas, o crípticas, o peripatéticas, o como os salga de las napias, no dejan de ser una chorrada de "marca", una mariconada de niños pijos.

Perdón, ya he dicho que voy espeso y tengo como vahídos mentales. Enumerar a estas alturas las bondades del agua, no creo que tenga ningún sentido. Además, no hay mayor signo de "vuelta atrás" que pretender sentar cátedra de futuros y pasados políticamente tamizados. Mesías hubo uno, largó cuatro cosas que conocía de oído e iban contra las normas establecidas, contolas en los foros y la jodió. La jodió porque no hay cosa más enfadosa y ridícula que pretender ser el paradigma de las buenas costumbres.

Pero... ¿qué es un botijo?. Y esto, por pedestre que suene no es ninguna broma.

El botijo, flor figulina de los andamios, los campos de mies, los talleres artesanales, las eras y los prados, es tierra, y si de la tierra venimos y a la tierra vamos, bien podemos decir que el botijo es emblema de nuestra naturaleza apocada, borrosa y feble. Honrado producto de la cerámica nacional - acaso la manifestación más valiosa de la artesanía popular - ha decaído su uso, aunque siga vendiéndose debido a la función ornamental que la putañera manía burguesa del "souvenir" le ha conferido.

De barro "poroso", es su fin el de refrescar el agua; es de vientre abultado, con asa en la parte superior; a uno de los lados cuenta con una boca a propósito para llenarle de agua, y al opuesto un pitón para beber de ella. Dicho de otro modo: El botijo es una fresquera arcillosa, panzuda y pobre. De naturaleza porosa, a través de estos poros se filtra el agua que contiene: especie de sudorina que una vez en contacto con el medio ambiente se evapora. Esto debido al calor latente de vaporización. Me explico: Una parte del calor la suministra el medio ambiente, pero al no ser suficiente, el agua del botijo (por decirlo de algún modo), cede parte de sus propias calorías. Con estos antecedentes podemos concluir que el grado de enfriamiento es multifacético, pues depende del volumen de agua que contenga el botijo y de las condiciones ambientales (mayormente temperatura ambiental), de modo que si la temperatura ambiental es elevada, el proceso de evaporación será rápido (el botijo sudará como un ciclista en los Alpes), a la inversa que el proceso de enfriamiento.

Algo a la vez sencillo y complicado. Tales cosas tiene la ciencia.

A ser buenos y beber despacio.
Publicado por Don Gaiferos en 7:53 p. m. |  
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